10.08.2022 |
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De nuevo, la escuela

José Quintanal Díaz . Profesor titular de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) de Madrid

Clase con protecciones ante el covid.
Clase con protecciones ante el covid.
De nuevo, la escuela

Nos aproximamos a un nuevo curso escolar. Y, tras la experiencia que acabamos de pasar, con la pandemia, nuevos interrogantes surgen ante la incertidumbre de cómo podrá ser este nuevo curso. Los medios de comunicación van dando pautas de acción inmediata. Pero eso no es todo. O no puede serlo, puesto que, tras la puerta del centro escolar existe toda una vida (académica) que también tiene su importancia. A la cual, será necesario prestar atención. Por ello, me van a permitir ustedes, que dirija la reflexión en tres frentes concretos, que en mi opinión debieran focalizar nuestro interés ante la llegada de este nuevo curso.

Parece que ya hemos superado la contrariedad que nos supuso, en plena pandemia, abrir el aula a formas de comunicación interactiva. Las plataformas llegaron para quedarse y aún no tenemos claro de qué manera pretenden acomodarse. Además, si en pedagogía algo nos dejó claro tan traumática experiencia, fue conocer el papel fundamental que juegan los maestros o las maestras, como agentes motivadores de la curiosidad y el interés infantil. Incluso frente a la sobrevalorada tecnificación del aula, que en algunos casos incluso se ha apoderado de la vida escolar de manera exhaustiva, sin subsumir de ningún modo, la fundamentación didáctica de su incorporación. Tecnología, no es necesariamente sinónimo de calidad, ni de mejor formación, pues puede en algunos casos llegar a encubrirla o incluso, anularla. De ahí que su necesidad se haya cuestionado, en algunos contextos tras la puerta del centro escolar, basándose en el necesario y sustancial avance que metodológicamente, se está reclamando. Incluso hasta se han incorporado formas de trabajo revestidas del rimbombante título de “novedosas”, cuando se trata únicamente de cambiar el soporte a un estilo educativo tradicional. La tecnología puede enmascarar formas poco innovadoras de trabajar, que no serán capaces de responder a la mínima exigencia que puede llegarnos con la realidad que cada día se vive en el aula. El cambio ha de venir con un nuevo paradigma educativo, en el que la técnica juegue un papel importante, pero sometido al interés y a la acción pedagógica. Lo importante no será hacer las cosas bonitas, ni tampoco muy modernas, o muy lúdicas, por más que eso sea lo que guste o nos haga parecer actuales. Lo realmente importante, será conseguir que nuestros educandos consigan una solidez formativa y unos recursos potencialmente adecuados para alcanzar plenitud en su desarrollo social y personal. Los recursos, son eso, recursos, medios que contribuyan a ello. De ningún modo pueden ser el fin.

La segunda cuestión que tendremos que plantearnos ante la llegada del nuevo curso, tiene que ver con los movimientos sociales que se dan en torno a la cuestión educativa. Tenemos una nueva ley educativa en ciernes. Otra que, como las anteriores, se nos vislumbra depauperada. Y es una pena. Porque las ideas están sobreponiéndose a los sentimientos. Y en educación, eso no es bueno. El aula es un lugar de igualdad, donde todos caben. Porque, independientemente de la forma de pensar o afrontar la vida que tengamos cada uno, la diversidad siempre va a ser algo evidente. Entonces, ¿por qué empeñarse en imponernos al resto? ¿Tan difícil resulta buscar fórmulas para entenderse (comprenderse y aceptarse), o de consenso, como se dice ahora? Pues nada. Tenemos la reforma servida y, con ella, la disputa también.  La pena es que la divergencia aparezca en lo más esencial, en lo pedagógico: ¿qué tratamiento se le va a dar a las necesidades especiales? ¿Por qué se va a seguir relativizando la problemática convivencial? ¿Para cuando piensa la escuela integrar los especialistas en atender la educación social? ¿Servirá tanto esfuerzo para algo, o tendremos que seguir vagando, los próximos cursos, en este particular destierro? Vaya forma más tonta que tenemos de perder el tiempo. Y digo tonta, porque lo que perdemos es otra generación más, como si ya lleváramos pocas,… y nosotros mientras, dejando pasar el tiempo.

Por último, hemos de reconocer que lo que hace unos años nos parecía de inminente necesidad, el devenir histórico parece irlo apartando, cuando no debiera ser así. Me refiero a la formación de los profesionales de la enseñanza. Un modo de proceder que tiene muchos frentes abiertos. Pero ninguno cierra. O más bien se cierran en falso: programas de formación inicial que nos responden a las necesidades actuales de la escuela; una universidad, que no acaba de encontrar la forma de establecer un vínculo de relación directa con la vida escolar; un estilo de formación permanente basado en la moda del momento; un modelo de integración laboral (oposiciones) apoyado en criterios academicistas que nada tienen que ver con la realidad del aula; un máster que abre la puerta a la enseñanza que reciben nuestros adolescentes, sin ningún estilo metodológico, con un fundamento que no se parece en nada, a la siempre reconocida y valorada vocación; un modelo de carrera docente, aún por definir,…. Vamos que tenemos un cuerpo profesional en el que la pedagogía si no brilla por su ausencia, es porque la sustenta la buena voluntad y la entrega que demuestran muchos de los profesionales implicados. Pero nada más. Falta una base pedagógica y una estructura legal que lo arme y le confiera consistencia.

Y con estos mimbres, nos lanzamos a la búsqueda del nuevo curso. Apoyándonos en una tecnología que aún desconoce su función en el marco escolar, con una problemática social y normativa, que nos seguirá turbando el sueño, pues no se aborda en su esencia y, con unos profesionales, que se lanzan a la conquista de toda una generación, con la noble intención (y convicción) de hacerlo lo mejor que puedan, pero sin medios ni recursos para ello. Confiemos que salga bien. O al menos, lo mejor posible.

De nuevo, la escuela
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