El dios romano de las dos caras tuvo templo en Cantabria… y casi nadie lo sabe
En una pequeña elevación de terreno al sur de Torrelavega, hoy absorbida por la expansión urbana del municipio, se esconde la historia de uno de los enclaves romanos más curiosos y menos conocidos de Cantabria: el cerro de Somahoz, lugar donde existió, según los hallazgos arqueológicos del siglo XIX, un santuario dedicado al dios Jano.
A diferencia de otros asentamientos romanos ampliamente estudiados en la región, como el campamento de Camesa-Rebolledo o la ciudadela de Julióbriga, el templo de Jano apenas ha sido divulgado. Sin embargo, su existencia está perfectamente documentada a través de inscripciones epigráficas, informes decimonónicos y la conservación de restos en el Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC).
Un dios con doble rostro en un cruce de caminos históricos
Jano (en latín, Ianus) es una de las divinidades más peculiares del panteón romano. Representado con dos caras, simboliza el principio y el fin, el pasado y el futuro, las puertas y los cruces. Por eso, era habitual erigir santuarios en lugares de tránsito: cruces de caminos, entradas a ciudades, pasos de montaña.
Y eso era precisamente el cerro de Somahoz en época romana: un alto estratégico que dominaba dos rutas fundamentales del norte peninsular. Una descendía desde la Meseta por el Escudo y llegaba a la costa, y otra seguía el cauce del Saja-Besaya hacia los valles de Reocín y Puente San Miguel. Era, en términos romanos, un lugar perfecto para Jano, el dios que abre y cierra el paso.
El hallazgo de 1875: inscripciones y restos dispersos
El descubrimiento se remonta a 1875, cuando durante unos trabajos agrícolas se hallaron fragmentos de una inscripción en piedra caliza, parcialmente rota, pero claramente legible en su parte inferior: IANO SACRUM, es decir, “Consagrado a Jano”.
La pieza fue documentada por el erudito cántabro Luis de Hoyos Sainz y trasladada al entonces Museo Arqueológico de Santander (hoy MUPAC). En años posteriores se hallaron también capiteles de estilo romano sencillo, fragmentos cerámicos de época altoimperial y monedas de bronce del siglo II, lo que confirmó que no se trataba de un hallazgo aislado.
Aunque no se conservó la estructura del templo como tal (probablemente de materiales mixtos: piedra, adobe y madera), los indicios apuntan a un pequeño santuario abierto, quizá rodeado de columnas o pilares, como era costumbre en templos rurales romanos.
Un lugar de paso, oración y protección
Los expertos creen que este santuario no era monumental, pero sí funcional y simbólicamente potente. Servía como lugar de oración para viajeros, comerciantes y tropas que cruzaban la región. También es probable que actuara como frontera espiritual, marcando el paso entre el ámbito rural interior y el mundo litoral, más romanizado.
Los soldados, por ejemplo, podían dejar ofrendas antes de descender hacia Portus Blendium (Suances), mientras que los mercaderes que subían hacia la meseta realizaban promesas para tener un viaje sin asaltos ni percances.
La desaparición del santuario y la huella que queda
A medida que el Imperio romano se retiró del norte peninsular y el cristianismo sustituyó a los cultos antiguos, el templo de Jano quedó abandonado, probablemente desmontado para usar sus piedras en otras construcciones. Con el tiempo, el cerro fue cultivado, edificado y parcialmente urbanizado, lo que ha dificultado cualquier excavación arqueológica moderna en la zona.
Sin embargo, la inscripción original aún se conserva en el MUPAC, catalogada bajo número de inventario epigráfico y considerada una de las escasas dedicaciones a Jano encontradas en toda Hispania, lo que otorga a Cantabria un papel especial en el estudio del culto romano periférico.
Un símbolo del tránsito en el corazón de Cantabria
La historia del templo de Jano en Somahoz es una historia de caminos, de miradas en dos direcciones, de culto y de paso. Pocas veces la geografía y la mitología se encuentran con tanta claridad: un cerro que divide rutas, y un dios que lo observa con dos rostros.
Hoy, entre urbanizaciones y rotondas, poco queda visible del templo, pero su memoria resiste en la piedra tallada y en la mirada de los investigadores. Y quien conoce esta historia, no vuelve a ver Somahoz de la misma forma. Porque ahí, entre los campos y la historia, aún vigila Jano, el dios de los umbrales.

