26.01.2022 |
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El filial del Valladolid humilla al Racing

El conjunto cántabro, con Pablo Torre en el banquillo y un planteamiento de equipo pequeño, se quedó en nada tras perder su solvencia defensiva y perdió 3-0 en el José Zorrila

 

Un jugador del Pucela dribla al del Racing.
Un jugador del Pucela dribla al del Racing.
El filial del Valladolid humilla al Racing

Puede parecer que perder 3-0 contra un filial en posiciones de descenso es un golpe directo en el orgullo del Racing, pero el que más daño le hizo ayer como institución fue la forma que tuvo de hacerlo y, sobre todo, el pobre y timorato planteamiento con el que apareció en el José Zorrilla. El conjunto cántabro jugó a correr detrás del balón, a esperar atrás y, sencillamente, confiar en la velocidad y la calidad de sus delanteros. Nada hizo por llevar a éstos el balón en buenas condiciones porque lo prioritario fue hacerse fuerte atrás y esperar a que pasara el tiempo sin que sucedieran demasiadas cosas. Pero sí que sucedieron. Y esos tres goles que recibieron debieron generar el sonrojo de los jugadores verdiblancos y de su entrenador no tanto por el resultado, sino porque fueron un castigo merecido. ‘Toma, por rácano’, debió decir el dios del fútbol desde las nubes. 

En el fondo, el plan del Racing fue el de siempre, pero salió fatal. Ayer no se encendió el técnico ningún puro, sino que le tocó agachar las orejas porque cuando no le funciona la solvencia atrás, su equipo se queda en nada, un poca cosa, en un proyecto pequeño que sólo confía en mantener la categoría. Ni siquiera fue capaz de marcar un gol a un chollo de defensa, que a poco que le apretaban mostraba sus costuras y que venía de encajar ocho goles en tres partidos. Y ni daño le hizo el conjunto cántabro, que apostó por una alineación que ya era toda una declaración de intenciones.

A Fernández Romo le gusta provocar. No se puede explicar de otra manera. Si ocho días atrás se había dado el gustazo de dejar a dos extremos zurdos como Camus y Bustos en el banquillo para colocar a su mejor medio centro en banda, ayer sacrificó a Pablo Torre. Rock and roll. ‘Haters’ a mí, dirá el entrenador madrileño. Ayer le sobraban centrocampistas porque los tenía a todos disponibles y se cargó al más joven, al de casa, al más fácil. Y lo hizo porque el equipo salió a jugar, una vez más, a pequeño, a intentar que no pasara nada hasta que le entrara un golpe de inspiración convertido en excepción. Al técnico madrileño le sobra el de Soto de la Marina porque desprecia el balón y, por tanto, no necesita talento ni imaginación.

Fue doloroso ver al Racing, que tiene el segundo presupuesto más potente del grupo, salir a jugar como si fuera un equipo de Regional al campo de un bisoño filial en puestos de descenso al que le venían haciendo goles hasta sin querer. No olió el balón en prácticamente todo el primer tiempo, se pasó esos primeros 45 minutos corriendo detrás de la pelota y viendo cómo los jóvenes jugadores blanquivioletas disfrutaban y se sentían el Barça de Guardiola por lo fácil que lo hacían. Antes de que llegaran los goles ya ganaron un par de veces la espalda de la defensa teniendo que hacer Satrústegui de apagafuegos. Incluso cuando el marcador estaba igualado se mascaba la tragedia. Sobre todo, porque el equipo de Fernández Romo no ofrecía nada. El balón no le duraba y sólo vivía de que alguno de sus extremos desbordaran y acertaran con el centro.

Y a punto estuvo de suceder a los diez minutos, cuando Marco Camus arrancó, dejó atrás a su rival y centró al primer palo, donde Cedric remató de primeras. El balón se fue fuera pero quedó clara la intención. A eso se la jugó el Racing, a mostrarse sólido y fiable atrás y a que corrieran los de arriba. Lo malo es que, a parte de no ver la pelota, esa solidez mostrada ante Bilbao Athletic y Zamora, que fue el guión que quiso repetir el entrenador, no se intuyó por ninguna parte. Y cuando pierde eso, se queda en poca cosa.

Al Racing le quedó el comodín de reclamar al árbitro, que pitó un penalti por derribo de Parera cuando Arroyo iba a rematar un pase de la muerte de Víctor Narro, que se coló por banda derecha como si fuera la cocina de su casa. Es cierto que el portero verdiblanco se lo llevó por delante, pero fue después del remate. La pena máxima subió al marcador. Y a nadie le pudo resultar injusto. Marcó quien más lo había buscado. Sin más.

Intentó el equipo verdiblanco adelantar la presión tras el tanto inicial para, por lo menos, incomodar al filial vallisoletano, pero no fue mucho más allá. Su productividad ofensiva siguió siendo nula y, de hecho, su primera lanzamiento entre palos tuvo que esperar al segundo tiempo, cuando el Racing ya salió con otro ánimo, con prisas y con, por lo menos, intención de ir a por el gol en vez de esperar a que alguien se le encienda la luz. Lo malo es que para entonces ya iba perdiendo 2-0.

Y ese segundo gol llegó en el descuento. El colegiado había alargado dos minutos y ya se había cumplido el 47, pero el Racing acababa de perder un balón en campo rival, el filial corrió y no tenía sentido parar la jugada. Cualquiera lo entiende.  Fue Arroyo quien presionó, quien se hizo con el balón ante las dudas de Satrústegui y quien cedió a Carro para que se plantara ante Parera y le batiera con solvencia. Alguno dirá que fue un gol psicológico, pero el verdadero golpe fue el triste planteamiento de partido que hizo el conjunto cántabro.

Ayer no hizo Fernández Romo como contra Unionistas, cuando tardó sesenta minutos en cambiar su planteamiento inicial para disimular y hacer como si no sucediera nada y todo fuera bien. El resultado le obligó a actuar ya en el descanso e hizo lo más lógico, que fue meter a Pablo Torre en escena. El sacrificado fue Fausto Tienza. Ya no servía de nada apostar por una fortaleza por dentro que, además, no se estaba viendo por ninguna parte. Le tocó, por lo tanto, al de Soto de la Marina intentar arreglar el desaguisado. Pero su presencia no sólo aporta el juego que lleva dentro, sino también una declaración de intenciones que acaba contagiando a todo el grupo.

En la primera pelota que tocó el canterano, ya fue capaz de dar otro ritmo a la posesión, de apretar la tecla y buscar a Cedric, que, a la media vuelta, lanzó un misil desde la esquina del área que hizo intervenir al guardameta local por vez primera en todo el encuentro. El balón se fue a córner y éste lo botó Pablo Torre con tanto acierto que le regaló un gol a Pol Moreno. El central pudo plantar la pelota en el piso en el corazón del área sin que le presionara absolutamente nadie. Remató a placer pero el disparo lo despejo Nieto bajo palos.

Lo cierto es que el segundo equipo pucelano dio muestras de toda su endeblez atrás a poco que le apretaban. De hecho, era un desastre en el juego a balón parado. Al igual que Pol Moreno pudo rematar completamente solo en esa acción, en el sesenta fue Soko quien cabeceó sin presión alguna, pero el disparo se lo atajó el guardameta. Para entonces, el resultado ya era de 3-0 porque al Racing le volvieron a coger en otra contra en la que la retaguardia volvió a demostrar que estaba lejos de su mejor día. Fue Arroyo quien fue a la presión ante el que parecía que iba a ser un balón fácil para Pol Moreno, un tipo que no había podido mostrar más seguridad en su juego hasta la fecha. Sin embargo, el delantero local le comió la tostada mostrando una fe y una determinación que tuvo el regalo del gol, ya que dejó atrás al catalán, a quien no le quedó ni el recurso de hacer falta porque ambos estaban ya en el área. La acción terminó con un mano a mano y la definición del atacante no pudo ser mejor.

El golpe fue tremendo. El Racing había salido con fe pero se le quitaron las ganas tras el 3-0. Aquello fue un golpe en su orgullo importante. Tampoco desde el banquillo parecía haber demasiada fe en la remontada porque los cambios del técnico no cambiaron nada. Hombre por hombre. Se fue Borja Domínguez para que entrara Sergio Marcos y Camus para que lo hiciera Bustos. Poco después, incluso apartó a Cedric para poner a Harper arriba y, ya en la recta final, para proteger a sus mejores hombres, a Manu Justo por Soko. Nada de jugársela. El dibujo sólo lo cambia para anular al peligrosísimo lateral derecho de Unionistas.

Con el tres a cero acabó el encuentro. La chapuza ya estaba hecha. Quiso el Racing regalar minutos y para cuando se quiso dar cuenta ya estaba en urgencias. Es obvio que empezó a jugar mucho más en campo contrario y siempre cerca del área rival, pero los hombres de Julio Baptista ya tenían un tesoro que defender y ese movimiento de líneas, unas hacia arriba y otras hacia atrás, era pura lógica. El Valladolid Promesas no hizo como el equipo verdiblanco, el segundo clasificado y el que quiere ascender, sino que se fue a por la victoria desde el primer momento por mucho que supiera que lo más probable es que no la consiguiera, y recibió su premio. Uno gordo, además. Tres goles. Por eso fue lógico que se dedicara a proteger ese tesoro que había adquirido. Y lo consiguió porque, de hecho, la última ocasión de marcar del Racing fue aquel cabezazo de Soko a la hora de partido. Ganó el Valladolid Promesas e incluso le sobró media hora de encuentro. Como un grande ganando a un pequeño.

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