Crisis eléctrica y desorden retórico: las mentiras del Gobierno de Sánchez ante el apagón nacional
Pedro Sánchez ha iniciado su enésima ofensiva política contra el sector privado tras el mayor colapso eléctrico de la democracia
Cuando un sistema nacional colapsa, lo mínimo que puede exigirse a quien lo lidera es precisión en el diagnóstico y claridad en las responsabilidades. Sin embargo, la respuesta del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, tras el histórico apagón eléctrico del lunes 28 de abril, ha sido cualquier cosa menos eso. Lo que debía haber sido una comparecencia institucional de serenidad y transparencia, derivó en un ejercicio de tergiversación y oportunismo político.
Según relata Vozpópuli, el jefe del Ejecutivo ha encadenado tres intervenciones públicas en menos de 24 horas. Todas con un tono común: señalar culpables externos, evitar la autocrítica y construir un relato ideologizado en torno a un problema eminentemente técnico.
1. La falacia nuclear
El primer objetivo del presidente fue la energía nuclear, contra la cual lanzó acusaciones que, en el mejor de los casos, revelan desconocimiento; en el peor, deliberada mala fe. Según Sánchez, las centrales nucleares “fueron parte del problema”, ya que estaban “apagadas” y hubo que redirigir hacia ellas energía para “mantener sus núcleos estables”.
Esto no solo es técnicamente impreciso, sino que distorsiona el rol real de las nucleares en el mix energético español. Las centrales no solo no entorpecieron la recuperación, sino que, como apunta la propia información técnica y confirma el medio, fueron decisivas en el restablecimiento gradual del sistema. Su carácter de generación base permite precisamente la estabilización de la red en momentos de crisis.
Más aún, Francia —que genera el 65% de su electricidad con fuentes nucleares— fue quien sostuvo buena parte de la recuperación a través de la interconexión eléctrica. Un dato incómodo que el Gobierno omite sistemáticamente en su cruzada ideológica contra una fuente energética que, guste o no, sigue siendo estructural para la seguridad del suministro.
2. El error de concepto: demanda vs. oferta
La segunda gran inexactitud del discurso gubernamental fue atribuir el colapso a un “fallo en la demanda”. Esto implicaría que los consumidores dejaron de requerir electricidad, generando un vacío de 15 gigavatios.
Pero como se vio pocas horas después —y como Red Eléctrica de España se vio obligada a matizar—, el fallo se produjo en la oferta: una anomalía técnica en la red durante dos episodios de cinco segundos. Sánchez rectificó, pero demasiado tarde. El mensaje ya había calado y el imaginario público, una vez más, fue manipulado para presentar el caos como una falla imprevisible del sistema de mercado, en vez de un problema de gobernanza.
3. La demonización sistemática de las eléctricas
Lo más preocupante no es el error técnico ni siquiera el sesgo ideológico. Es el uso sistemático del poder gubernamental para erosionar la credibilidad del sector privado. Sánchez anunció una comisión de investigación, prometió medidas contra los operadores y sugirió responsabilidades privadas en un sistema que, en su parte más crítica —las redes de transporte y seguridad del suministro— es de titularidad y gestión estatal.
A sabiendas de que Red Eléctrica de España es presidida por Beatriz Corredor, una figura nombrada por el propio Ejecutivo y vinculada al PSOE, la intención del presidente no parece la de buscar la verdad, sino diseñar un relato político funcional para evitar costes reputacionales. En lugar de liderar con rigor, Sánchez prefiere gobernar con consignas.
El sector energético, por su parte, ha respondido con dureza. Compañías como Iberdrola han advertido que “valorarán medidas para defender sus derechos y los de sus clientes”, ante lo que consideran un intento burdo de trasladar responsabilidades técnicas a actores que no las ostentan.
Una estrategia de poder, no de solución
Lo ocurrido tras el apagón revela algo más profundo que una mala gestión de crisis. Revela un patrón: la instrumentalización de los fallos estructurales del país para alimentar una narrativa polarizadora, en la que siempre hay un “enemigo externo” a quien culpar —las eléctricas, la oposición, los jueces, la prensa crítica— y un Gobierno que se erige como único bastión moral frente al caos.
Pero gobernar no es narrar. Gobernar es asumir. Y esta vez, como en tantas otras, la verdad ha sido víctima colateral de una maquinaria de comunicación cuyo único interés es preservar el relato, no resolver los problemas.
La interrupción del suministro fue temporal. Pero la opacidad gubernamental se ha instalado con carácter permanente. El país necesita energía, sí. Pero también necesita liderazgo adulto, no discursos diseñados en departamentos de propaganda.
La cuestión, al final, no es si las centrales nucleares ayudaron. Ni siquiera si Red Eléctrica falló. La cuestión es si, en mitad de una crisis, podemos permitirnos que quien ocupa el Palacio de la Moncloa se comporte como si aún dirigiera un comité de campaña.

