Lo llaman ‘el pueblo olvidado de Cantabria’, pero cuando lo visitas, no quieres irte
En pleno corazón de Cantabria, enclavado en la comarca del Besaya y a las puertas de la Reserva Nacional de Caza del Saja, se encuentra el municipio de Cieza, una localidad de tradición agropecuaria y pasado milenario que, pese a los vaivenes demográficos del último siglo, sigue conservando su esencia montañesa y su valor patrimonial. Con una superficie de 44,7 km², es un territorio marcado por su geografía montañosa y su historia, donde el río Cieza, afluente del Besaya, estructura el paisaje y define la vida de sus habitantes.
La historia de Cieza se remonta a tiempos prerromanos, con vestigios de la Edad del Hierro en el castro del Cueto del Agua, y se hace aún más tangible en su legado romano. El municipio conserva tramos de la calzada romana que unía Pisoraca (actual Herrera de Pisuerga, Palencia) con Portus Blendium (hoy Suances), una vía estratégica que conectaba el interior peninsular con la costa cantábrica y que atravesaba los valles de Buelna y Cieza, funcionando durante siglos como arteria comercial y militar. Ya en la Edad Media, el castillo de Cieza, documentado en el siglo XIV, aparece como propiedad de Garcilaso I de la Vega, lo que subraya su relevancia en la historia regional.
La distribución actual del municipio se conformó a partir de diversos caseríos surgidos en la Edad Media que, con el tiempo, se transformaron en núcleos habitados. En el ámbito monumental, destaca la iglesia parroquial de Villayuso, del siglo XVIII, una construcción de sobria belleza que combina elementos góticos y barrocos, como sus bóvedas de terceletes y combados, rematada por una imponente espadaña de dos alturas.
En las inmediaciones se ha documentado una necrópolis medieval con tumbas de lajas, un testimonio más de la larga ocupación humana del valle. También en Villayuso se conserva la ermita del Carmen, sencilla en su estructura, con nave única y un ábside rectangular abovedado que guarda un retablo popular del siglo XVII, austero pero cargado de simbolismo.
En Collado, otro de los núcleos del municipio, se puede apreciar también la arquitectura tradicional montañesa en sus casas del siglo XVII, junto a una iglesia parroquial de estilo barroco-montañés, que guarda la identidad espiritual y social de la comunidad. A pesar de las dificultades de la vida rural, estas construcciones han resistido al paso del tiempo, simbolizando la permanencia de las raíces culturales del municipio.
Durante décadas, Cieza se dedicó principalmente a la agricultura y la ganadería, pilares de su economía hasta que la cercanía con núcleos industriales como Torrelavega y Los Corrales de Buelna propició una transformación socioeconómica. Muchos habitantes comenzaron a compaginar las labores del campo con empleos fabriles, una transición que, sin embargo, no logró frenar el envejecimiento de la población ni la progresiva despoblación.
Ante esta situación, el municipio ha apostado por impulsar el turismo rural y natural, aprovechando su entorno privilegiado, su patrimonio histórico y su proximidad a rutas y espacios de gran valor ecológico. La esperada construcción de la Autovía de la Meseta también se ve como un factor de revitalización económica, al mejorar las conexiones con el interior peninsular y facilitar la llegada de nuevos visitantes o residentes.
El lema que define al municipio, aut Cieza, aut nihil (es decir, "o Cieza, o nada"), refleja con orgullo la singularidad y la identidad de este enclave cántabro. Sin necesidad de grandes pretensiones ni alardes turísticos, Cieza ofrece al viajero una inmersión auténtica en el alma rural de Cantabria, enmarcada por la historia, la naturaleza y la hospitalidad de quienes aún habitan esta tierra. Un lugar donde la historia se pisa al andar, y donde cada piedra, cada camino y cada retablo tienen algo que contar.

