Los Corrales de Buelna guarda una joya barroca que no todos conocen y está declarado Bien de Interés Cultural
El Santuario de Las Caldas, declarado Bien de Interés Cultural en 2002, destaca por su retablo churrigueresco, su valiosa colección de lienzos y su estrecho vínculo con la historia dominicana
Escondido entre los pliegues de la roca, abrazado por el rumor del río Besaya y protegido por la hoz del macizo del Dobra, el Santuario de Nuestra Señora de Las Caldas se yergue como uno de los tesoros patrimoniales más singulares de Cantabria. Situado en la localidad de Las Caldas de Besaya, en el municipio de Los Corrales de Buelna, este conjunto arquitectónico barroco, declarado Bien de Interés Cultural el 15 de abril de 2002, encierra en sus muros siglos de historia, espiritualidad y arte.
Sus orígenes se remontan, según la tradición, a tiempos de la dominación musulmana, cuando una modesta ermita medieval guardaba la imagen de la Virgen junto a un manantial de aguas termales, origen del topónimo "aquas cálidas" o "caldas". En el año 1605, los dominicos del convento Regina Coeli de Santillana del Mar se hicieron cargo del templo, y en 1611 se convirtió en convento independiente. Su época de esplendor comenzó con el prior Malfaz (1628-1680), bajo cuya dirección y con el patrocinio de Ana María Velarde de la Sierra, comenzaron las obras del santuario actual en 1663, concluidas veinte años después.
El conjunto, restaurado a partir de 1943 y sede del Seminario Mayor de la Orden de Santo Domingo hasta 1970, está formado por iglesia, claustro y dos cuerpos conventuales, destinados a celdas, biblioteca, capítulo y ofertorio. En 1960 se incorporó también la Casa de Ejercicios Espirituales, ubicada en la casona solariega del conde de las Bárcenas.
La iglesia, de planta de cruz latina, presenta una nave amplia con capillas laterales entre los contrafuertes, cubiertas con bóveda de lunetos decorada con ricas yeserías vallisoletanas. El crucero está coronado por una cúpula sobre pechinas y la portada principal, en la fachada norte, incluye una hornacina con Santo Domingo y el escudo de la orden. El claustro, conocido como “de las Procesiones”, de planta cuadrada, conserva una destacada serie de lienzos barrocos que ilustran la vida del fundador de la orden.
El retablo mayor, una obra maestra del siglo XVIII en madera de nogal dorado, es considerado uno de los más espectaculares de Cantabria junto al del santuario de la Bien Aparecida. Está presidido por la imagen gótica de Nuestra Señora de Las Caldas, patrona del valle del Besaya. El conjunto escultórico, de estilo churrigueresco, se organiza en tres calles verticales y un ático semicircular, con columnas gigantes de orden corintio y una compleja iconografía dominicana que incluye a San Vicente Ferrer, Santo Tomás de Aquino, Santa Catalina de Siena y San Miguel arcángel, entre otros.
Las capillas laterales conservan igualmente un valioso conjunto de retablos barrocos, apenas alterados desde su instalación en el siglo XVIII. Entre ellos destacan el de Santo Domingo de Guzmán, con su emblemático perro con antorcha, el Retablo del Calvario, con la cruz flanqueada por María, San Juan y María Magdalena, y el de Santa Rosa de Lima, con símbolos marianos y figuras de Santiago peregrino. También merecen mención los retablos de San José, San Joaquín y Santa Ana —cuya Virgen Niña fue robada en 2010—, y el singular retablo de San Pío V y San Martín de Porres, policromado en azules y blancos jaspeados.
Al fondo del templo, el coro alto conserva su rejería original del siglo XVII, con la sillería y la imagen de Santo Domingo presidiendo. Un órgano moderno completa este espacio, que ofrece no solo armonía musical, sino también una atmósfera de recogimiento y grandeza litúrgica.
El Santuario de Nuestra Señora de Las Caldas, además de su importancia arquitectónica y artística, continúa siendo un centro espiritual activo, profundamente arraigado en la vida religiosa del valle del Besaya. Su silueta, recortada contra el verde de la montaña, no solo habla de historia y fe, sino también de la persistencia del arte como forma de devoción y de la memoria como patrimonio vivo.

