Trump ya tiene listas sus represalias contra España por el viaje de Sánchez a China
El viaje del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a China —el tercero en dos años— ha reabierto un frente diplomático de alto voltaje con su principal aliado militar y comercial: Estados Unidos. La visita a Pekín, en plena escalada de tensiones comerciales y estratégicas entre Washington y el régimen de Xi Jinping, ha sido interpretada en círculos internacionales como un movimiento arriesgado y unilateral, que podría pasar factura a España en términos económicos y diplomáticos, sobre todo con Donald Trump en la Casa Blanca.
Un socio ‘imprescindible’… y un aliado incómodo
Durante su comparecencia en Pekín, Sánchez no dudó en definir a China como un “socio imprescindible”, al tiempo que recalcaba que la política exterior de España “no va contra nadie”. Sin embargo, ese mismo argumento ya lo había empleado en mayo de 2024 cuando reconoció al Estado palestino, un gesto que tensó —y aún mantiene tensas— las relaciones con Israel.
Ahora, la historia se repite. Esta vez, el malestar proviene de Washington. La administración estadounidense ha recibido con recelo el acercamiento de Sánchez al régimen chino, al que Europa y EE.UU. acusan de competencia desleal, espionaje tecnológico, y prácticas autoritarias internas. En un momento en que Bruselas intenta mantener una posición común respecto a Pekín, el viaje del presidente español no ha sido coordinado con la Comisión Europea, aunque Moncloa insiste en que se notificó con antelación.
“Es como cortarse el cuello”
La frase del secretario de Estado norteamericano para calificar el acercamiento de España a China no deja lugar a dudas: “Sería como cortarse el cuello”. Y no es retórica vacía. En juego están las represalias comerciales de EE.UU., la cooperación en materia de defensa, y la posición estratégica de España dentro de la OTAN.
La amenaza no es teórica. Con Trump al frente, la cultura de la represalia comercial es una constante. Aranceles al acero, al aluminio o a productos agrícolas, restricciones al acceso a contratos internacionales, o incluso presiones sobre empresas españolas con intereses en EE.UU. son cartas que Washington podría jugar si considera que España ha roto filas con Occidente en su estrategia con Pekín.
China: muchos gestos, pocos resultados
Pero más allá de los riesgos con Estados Unidos, la pregunta clave es: ¿qué ha conseguido España con esta apuesta por China?
Pedro Sánchez anunció con entusiasmo la firma de varios acuerdos bilaterales: cooperación en ciencia, tecnología, innovación, cine, cosmética y agricultura. Destacó dos protocolos en porcino y cerezas que, según él, amplían las oportunidades para el sector agroalimentario español.
Sin embargo, las cifras no respaldan el optimismo presidencial. Desde el primer viaje de Sánchez a China en 2023:
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Las exportaciones españolas a China han caído, pasando de 8.048 millones en 2022 a 7.467 millones en 2024.
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Mientras tanto, las importaciones chinas han seguido creciendo, hasta los 45.173 millones de euros el año pasado.
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El desequilibrio comercial sigue siendo brutal: por cada euro exportado, España importa seis.
Por tanto, lejos de corregir el déficit comercial, la estrategia de Sánchez no ha mejorado ni los intercambios ni las condiciones para las empresas españolas en un mercado notoriamente cerrado, opaco y sujeto a los designios del Partido Comunista.
Moncloa insiste en que no es un viaje “contra nadie”
La línea argumental del Gobierno es clara: se trata de reforzar la posición de España en Asia, abrir mercados y actuar con autonomía diplomática. En rueda de prensa, Sánchez insistió en que “España tiene derecho a tener una política exterior propia”, y que el viaje “no se ha hecho a espaldas de Bruselas”.
Sin embargo, fuentes europeas y diplomáticas citadas por El Debate y Vozpópuli afirman que el viaje fue totalmente unilateral y que no sentó bien ni en Berlín ni en París. Desde el Partido Popular, Borja Sémper calificó la visita de “grave irresponsabilidad” y de gesto que “no ha gustado en la UE”.
Italia se alinea con Trump
El contraste con la postura de Italia no puede ser más evidente. Mientras Sánchez estrecha lazos con Pekín, Giorgia Meloni se prepara para viajar a Washington la próxima semana, con el objetivo de pactar la supresión de aranceles bilaterales y reafirmar la alianza atlántica.
Meloni se sitúa así en una línea de continuidad con la estrategia de Von der Leyen, que propone una defensa coordinada de los intereses industriales europeos frente al proteccionismo de EE.UU., sin renunciar al diálogo con China, pero sin caer en una política exterior de equidistancia.
La visita de Pedro Sánchez a China puede leerse como un ejercicio de autonomía estratégica, pero también como un movimiento descoordinado, poco productivo económicamente, y con efectos colaterales que aún están por calibrarse. En un mundo cada vez más marcado por alianzas geopolíticas rígidas, la política exterior ambigua puede generar más costes que beneficios.