El Mundial 2026 demuestra que organizar un torneo entre varios países sí es posible
Durante años, la idea de repartir un Mundial entre varios países generó dudas. Se hablaba de la complejidad logística, de las diferencias normativas o de los problemas de coordinación. Sin embargo, la Copa del Mundo de 2026 está demostrando que, con planificación y objetivos compartidos, un campeonato de estas dimensiones puede desarrollarse con éxito entre tres anfitriones distintos: Estados Unidos, México y Canadá.
Más allá del interés deportivo o de la emoción que despierta el torneo, también ha aumentado el seguimiento de todos los pronósticos del mundial, reflejo de un campeonato que concentra la atención global durante más de un mes. Pero, al margen de los resultados, el verdadero aprendizaje puede estar en el modelo organizativo que deja este Mundial de tres países.
Una organización mucho más coordinada de lo que parecía
El mayor reto no era únicamente distribuir los partidos entre 16 ciudades repartidas en tres estados soberanos, también era necesario coordinar cuestiones relacionadas con la seguridad, el transporte, las telecomunicaciones, la acreditación de miles de profesionales, los servicios sanitarios o la atención a millones de aficionados.
La organización ha requerido una estrecha coordinación entre la FIFA, los comités organizadores de los tres países y las administraciones locales responsables de cada sede.
El reparto geográfico tampoco ha sido aleatorio. Estados Unidos concentra la mayor parte de los encuentros gracias a su extensa red de grandes estadios y conexiones aéreas, mientras que México y Canadá aportan experiencia organizativa, identidad futbolística y una distribución estratégica que facilita los desplazamientos.
Las infraestructuras ya existían
Uno de los aspectos que más valoran los especialistas es que la mayoría de las sedes ya disponían de instalaciones de primer nivel. No ha sido necesario construir una gran cantidad de estadios nuevos, lo que reduce costes y favorece un legado mucho más sostenible desde el punto de vista económico.
La utilización de aeropuertos internacionales consolidados, redes ferroviarias, carreteras de alta capacidad y una potente infraestructura hotelera también ha contribuido a que los desplazamientos entre sedes resulten más sencillos para equipos, periodistas y aficionados.
Los primeros datos de asistencia respaldan esta planificación. La competición ya ha batido el récord histórico de espectadores acumulados en una Copa del Mundo incluso antes de finalizar el torneo, confirmando que la distribución de sedes no ha reducido el interés del público.
Un modelo que puede marcar el futuro
La experiencia norteamericana abre la puerta a que futuras competiciones internacionales adopten fórmulas similares. Compartir la organización permite repartir inversiones, aprovechar infraestructuras ya existentes y reducir la presión financiera que supone albergar un evento de esta magnitud en un único país.
Naturalmente, siguen existiendo desafíos. La coordinación entre legislaciones diferentes, la gestión de fronteras o determinadas cuestiones diplomáticas continúan siendo factores que requieren una planificación muy precisa. Algunos episodios relacionados con restricciones de movilidad o situaciones geopolíticas han evidenciado que todavía existen aspectos mejorables.
Aun así, el balance general resulta claramente positivo. La capacidad para coordinar tres administraciones nacionales, decenas de ciudades, miles de trabajadores y millones de desplazamientos confirma que este formato puede funcionar cuando existe una estructura organizativa sólida.
El Mundial 2026 pasará a la historia por ser el primero con 48 selecciones, por disputarse entre tres países y ser el precedente que cambie para siempre la forma de organizar los grandes acontecimientos deportivos internacionales. Si las conclusiones que deje esta edición se consolidan, es muy probable que en los próximos años las candidaturas compartidas dejen de verse como una excepción para convertirse en una alternativa perfectamente viable.