La auténtica historia de la Diada: del 1714 real al mito separatista
El asedio de Barcelona terminó en una rendición pactada, sin el heroísmo ni las matanzas masivas que los mitos románticos posteriores atribuyeron al episodio
En la Diada, la fiesta de Cataluña que se celebra cada 11 de septiembre, se recuerda la rendición de Barcelona en 1714. Aunque históricamente la rendición real ocurrió el 12 de septiembre, la fecha fue escogida por su valor simbólico dentro del nacionalismo catalán. Según los documentos de la época, fue una rendición pactada, sin los episodios heroicos o trágicos que han formado parte de la mitología independentista.
En efecto, cuadros románticos que muestran a Rafael Casanova herido, murallas caídas y cientos de muertos en el Fossar de les Moreres responden más a la fantasía histórica que a los hechos documentados. Aunque sí hubo enterramientos en ese lugar desde el siglo XII, no hay constancia de que allí yacieran los supuestos centenares de defensores fallecidos.
El origen de la Diada como símbolo nacionalista
La conmemoración del 11 de septiembre comenzó en 1886, impulsada por el canónigo Jaume Collell Balsells y otros militantes catalanistas como Valentí Almirall y Narcís Roca Farreras, este último considerado el primer independentista moderno. En aquella época se promovía la idea de que Cataluña tenía una historia nacional independiente, lo que llevó incluso a la invención de términos como la «corona catalano-aragonesa».
Roca calificó la caída de Barcelona como un evento comparable al 2 de mayo madrileño, afirmando que «Barcelona combatió como Madrid contra el invasor extranjero». No obstante, Felipe V, rey de la casa de Borbón, fue quien dirigía las tropas que tomaron la ciudad, y tanto Casanova como Villarroel luchaban por la Casa de Austria, no por una independencia catalana.
A partir de 1891 se empezaron a organizar veladas y ofrendas florales a Casanova, quien no murió en combate, sino que vivió hasta 1743 y juró fidelidad a Felipe V, incluso recibiendo una pensión. En 1901 se dio la primera manifestación de la Diada con altercados. En 1913 se institucionalizó la visita al Fossar de les Moreres, añadiéndose en 1915 la famosa frase de Frederic Soler «Pitarra»: «Al Fossar de les Moreres no s’hi enterra cap traïdor, fins perdent nostres banderes será l’urna de l’honor».
Evolución y politización de la Diada
Durante el régimen de Primo de Rivera y después bajo el franquismo, las celebraciones estuvieron prohibidas. No fue hasta 1976, ya con Adolfo Suárez, que se reanudaron, primero en Sant Boi de Llobregat y luego en Barcelona en 1977, donde se reunieron hasta 1,5 millones de personas, según algunas fuentes. La proclama de aquella Diada fue: «Libertad, amnistía, Estatuto de Autonomía».
Desde entonces, el Estatuto de Autonomía de Cataluña reconoce la Diada como fiesta nacional. A partir de 2012, se convirtió en una exhibición masiva del independentismo, con marchas como la de «Catalunya, nou estat d’Europa», estimada entre 350.000 y 1,5 millones de asistentes según la fuente.
En 2014, la llamada «Vía Catalana» alcanzó cifras similares. Desde entonces, la participación ha ido decreciendo progresivamente:
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2018: 1.000.000 de asistentes
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2021: 108.000 personas
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2023: 115.000 personas
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2024: 72.000 personas
Aunque los organizadores (ANC y Òmnium Cultural) han mantenido cifras elevadas, los datos oficiales apuntan a un desgaste del movimiento en la calle.
La Diada del 11 de septiembre ha pasado de ser una jornada de memoria histórica a una herramienta política del separatismo catalán. La mitificación de los hechos de 1714, el uso de figuras históricas como Casanova y la reinterpretación de eventos reales han servido de base simbólica para justificar aspiraciones políticas contemporáneas.
Sin embargo, el rigor histórico señala que la fecha, los personajes y los símbolos han sido en gran parte distorsionados. La historia documentada difiere considerablemente del relato político dominante en los actos de la Diada.
Cataluña, como parte fundamental de la historia común de España, tiene derecho a conmemorar su pasado, pero también tiene la responsabilidad de diferenciar entre memoria, mito e instrumentalización política.