“Todos sabían que eran sus últimas horas”: la enfermedad que arrastró Mario Vargas Llosa
Su muerte no fue un epílogo, sino una última página escrita con elegancia. El Nobel peruano vivió con intensidad hasta el final, rodeado de los suyos, fiel a su causa: la literatura como patria, la libertad como bandera
Mario Vargas Llosa, uno de los escritores más influyentes de la lengua española y Premio Nobel de Literatura, ha muerto en Lima el pasado 14 de abril a los 89 años, tras una semana de deterioro físico que vivió con la entereza que siempre le caracterizó. El autor de La ciudad y los perros, La fiesta del chivo y Conversación en La Catedral falleció a consecuencia de una neumonía, según reveló su amigo y antiguo jefe de campaña presidencial, Enrique Ghersi, en una entrevista. Su partida, aunque esperada por su entorno más cercano, ha causado una profunda conmoción en el mundo literario, político y cultural.
Una despedida a la altura de su elegancia
Vargas Llosa murió en su casa, en paz, rodeado de su familia, tras pasar sus últimos días acompañado por sus tres hijos —Álvaro, Gonzalo y Morgana—, sus siete nietos, y por Patricia Llosa, su exmujer y figura esencial durante más de medio siglo de su vida. Fue un final tranquilo, consciente y cuidado. Su última aparición pública fue apenas 15 días antes, el 28 de marzo, durante la celebración de su cumpleaños número 89, un encuentro íntimo y emotivo que reunió a familiares y amigos llegados desde el extranjero. “Estuvo contento, hizo chistes, comió tarta… Nadie pensaba que dos semanas después estaría muerto”, confesó Ghersi con emoción.
Tal como era su deseo, no se celebró ninguna ceremonia pública. Su cuerpo fue incinerado en la más estricta intimidad, cumpliendo con la voluntad de un hombre que siempre distinguió lo esencial de lo accesorio. “Todos sabían que eran sus últimas horas”, revelaron fuentes familiares a ¡Hola!.
La enfermedad que calló pero no detuvo
Desde 2020, Mario sabía que padecía una enfermedad incurable. Nunca quiso hacerla pública. “La muerte no me angustia”, había dicho en una entrevista en 2019. Durante cinco años, vivió como si el tiempo aún le perteneciera. Publicó, viajó, escribió un último prólogo, asistió a homenajes y celebraciones literarias. Su retiro de la escritura fue paulatino, sereno. Su última novela, Le dedico mi silencio, fue también su último acto de creación pública.
Incluso en sus días finales, mantuvo la costumbre de escuchar música clásica y de visitar, en lo posible, los rincones clave de su juventud literaria: el colegio militar Leoncio Prado, los barrios limeños de Zavalita, los escenarios de sus primeras novelas. Su vida se replegó hacia el origen.
Una vida escrita como una gran novela
Desde su debut literario en 1963 con La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa se convirtió en un cronista feroz de la condición humana, un novelista que retrató tanto la corrupción política como la tragedia íntima, el deseo, el poder, la violencia y la libertad. Fue, junto a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, uno de los padres del boom latinoamericano, movimiento que llevó la literatura de Hispanoamérica a la primera línea mundial.
En obras como Conversación en La Catedral, La casa verde, La guerra del fin del mundo, La tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, La fiesta del chivo o El héroe discreto, construyó una narrativa compleja, híbrida entre el realismo más crudo y el simbolismo político. Fue un maestro de la estructura, del diálogo interior, del punto de vista múltiple y de la prosa lúcida y envolvente.
Además, cultivó el ensayo, el periodismo y la crítica literaria con el mismo rigor. Su ensayo La verdad de las mentiras, y su emblemático estudio sobre García Márquez, Historia de un deicidio, aún se leen como referencia para comprender la narrativa contemporánea.
El intelectual que abrazó la política y la libertad
Más allá de las letras, Vargas Llosa fue un intelectual comprometido. En sus inicios simpatizó con la izquierda revolucionaria, pero a partir de los años 70 rompió con el castrismo y abrazó una defensa apasionada de la democracia liberal y el pensamiento ilustrado. Fue candidato a la presidencia del Perú en 1990, enfrentándose a Alberto Fujimori, elección que perdió, pero que le dejó una cicatriz ética que sublimó en sus memorias, El pez en el agua.
Desde entonces, nunca dejó de opinar ni de polemizar. Fue un crítico implacable de los populismos, ya fueran de izquierda o de derecha, y defendió la libertad individual como valor supremo. Recibió, entre muchos otros, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Cervantes, el Rómulo Gallegos, y en 2010, la consagración definitiva: el Premio Nobel de Literatura.
Un hombre de amores intensos
Su vida privada también fue digna de una novela. Su primer matrimonio fue con Julia Urquidi, su tía política, relación que inspiró La tía Julia y el escribidor. Después, su gran compañera de vida fue Patricia Llosa, madre de sus hijos, a quien dedicó palabras conmovedoras en su discurso del Nobel: “La prima de naricita respingada y carácter indomable”. Su relación con Isabel Preysler, iniciada en 2015 tras 50 años de matrimonio, lo convirtió en protagonista involuntario de la prensa del corazón. Aquella ruptura en 2022, aunque mediática, no eclipsó su legado. Finalmente, volvió a encontrar serenidad al lado de Patricia y su familia.
La tribu, su refugio
Mario hablaba de su familia como “la tribu”. Fue a esa tribu a la que recurrió en los últimos años, tras la tormentosa ruptura con Isabel Preysler, una relación que lo mantuvo en el foco de la prensa rosa durante siete años, y de la que nunca renegó, aunque terminó con discreción.
Fue también esa tribu —sus hijos, su exesposa, sus nietos— la que acompañó al escritor en su última travesía, devolviéndole una paz que durante años se vio alterada por la exposición mediática. Lo cuidaron, lo celebraron, lo escucharon y lo dejaron partir en su Lima natal, su ciudad de siempre, la de sus novelas, la de su memoria literaria.
Un legado que seguirá creciendo
Mario Vargas Llosa no solo deja una biblioteca completa: deja una brújula. Para lectores, para escritores, para ciudadanos. Fue un creador que no eludió las contradicciones ni la polémica. Que vivió, escribió, polemizó y amó con intensidad, y que logró lo que muy pocos: convertir su vida en literatura sin renunciar a su humanidad.
Su muerte marca el fin de una era, pero también el comienzo de una relectura necesaria de su obra. Porque como dijo Álvaro Vargas Llosa al anunciar el fallecimiento de su padre: “Su obra lo sobrevivirá”. Y en ella, Mario seguirá preguntando, una y otra vez: ¿En qué momento se jodió el Perú? ¿En qué momento se jodió el mundo? Preguntas sin respuesta… pero con historia.
Y Mario, como Zavalita, seguirá sentado en su Catedral imaginaria, esperando que alguien más se atreva a escuchar.