cuevas de cantabria

Una de las cuevas más desconocidas de Cantabria que guarda secretos de hace 25.000 años

Mucho antes de que existieran templos o ciudades, el arte ya habitaba en la oscuridad
Interior de la cueva de Chufín. / A.R.
Interior de la cueva de Chufín. / A.R.

Hay lugares donde la historia no se conserva en archivos ni en bibliotecas, sino que late directamente sobre la roca. Espacios donde no se cuenta el pasado: simplemente se habita, como si todavía pudiera oírse el eco del primer trazo, del primer miedo o del primer ritual. La Cueva de Chufín, también conocida como Cueva del Moro Chufín, es uno de esos espacios esenciales. En las inmediaciones de Riclones, en el municipio cántabro de Rionansa, se esconde uno de los santuarios menos transitados —y más hondos— del arte paleolítico europeo. Un lugar discreto, eclipsado durante décadas por la gloria de Altamira, pero que susurra los mismos misterios con voz propia.

Protegida desde 2008 como parte del conjunto declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, bajo la denominación de "Cueva de Altamira y arte rupestre paleolítico de la cornisa cantábrica", Chufín no necesita la grandilocuencia para ser extraordinaria. Se basta con su pequeño tamaño, su ubicación estratégica al borde de los ríos Lamasón y Nansa, y su entrada modesta para recordarnos que hubo un tiempo en que lo sagrado no se levantaba hacia el cielo, sino que descendía bajo tierra, donde las sombras podían hablar.

Un hallazgo y una resistencia

Que fuera el fotógrafo Manuel de Cos Borbolla, natural de Rábago, quien redescubriera la cueva no es casualidad. Solo un observador entrenado en la escucha lenta de los paisajes podría haber percibido su presencia. Porque en Cantabria, estas cavidades no son solo vestigios arqueológicos: son parte de la piel del territorio, grietas por las que aún asoma el temblor de lo que fuimos.

Y no es casualidad tampoco su nombre popular: "Moro Chufín", ese personaje que, según la tradición oral, habría escondido un tesoro entre sus paredes. Pero la ironía de la leyenda es que el auténtico tesoro de Chufín no es otro que el arte rupestre que custodia, suspendido desde hace milenios sobre sus muros.

Muestras del arte presente en la cueva. / A.R.
Muestras del arte presente en la cueva. / A.R.

Arte para sobrevivir al olvido

La cueva fue empleada como hábitat durante el Solutrense Superior, hace aproximadamente 18.000 años, aunque sus manifestaciones rupestres, adscritas al Arte Paleolítico, podrían remontarse a entre 20.000 y 25.000 años atrás. Si algo distingue a Chufín no es solo la cronología de sus grabados y pinturas, sino su capacidad para contar sin palabras.

En sus paredes laten todavía las siluetas de ciervas, cabras, caballos y bisontes, representados con una sobriedad conmovedora, como si bastara apenas un trazo para captar la esencia de lo vivo. Pero si algo convierte a esta cueva en un enclave singular es la ubicación de sus grabados: en el vestíbulo, expuestos a la luz exterior. Algo infrecuente en el arte rupestre del norte peninsular, como si los primeros habitantes de Chufín hubieran querido que sus símbolos no solo habitaran la intimidad de la caverna, sino también la frontera entre el adentro y el afuera, entre lo visible y lo oculto.

Junto a las figuras animales aparecen también los símbolos abstractos. Destacan los del tipo "bastones", repitiéndose con precisión matemática, y sobre todo un grupo de puntillajes concentrados alrededor de un hueco en la roca que los arqueólogos interpretan como una vulva. Un gesto, un signo, una afirmación de lo que importa: la vida, la fertilidad, la continuidad.

Aislada en su entorno abrupto, cercada por el rumor del agua y el musgo que trepa por los cortes del relieve, la cueva sigue hablando a quien sabe escuchar. Y lo hace con la autoridad de quien ha resistido miles de inviernos, guardando en su interior algo más que arte.

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