Obituario

El médico que cocinaba recuerdos: muere Gabriel Argumosa, defensor incansable de la cocina cántabra

Aún resuena su voz en los pasillos, hablando de cocidos, de recetas heredadas, de fogones humildes con alma grande | Hoy la gastronomía regional pierde a uno de sus más queridos divulgadores

Gabriel Argumosa Trueba. / Sociedad Cántabra de Escritores
Gabriel Argumosa Trueba. / Sociedad Cántabra de Escritores

En tiempos en los que la memoria colectiva parece diluirse entre titulares fugaces y modas importadas, hay figuras que luchan contra el olvido con herramientas tan simples y poderosas como una cuchara de palo o una receta manuscrita. Una de ellas fue el doctor Gabriel Argumosa Trueba, que falleció esta semana en Santander a los 69 años. Hombre de ciencia y de sabores, médico traumatólogo de profesión y gastrónomo de vocación, su pérdida deja un vacío difícil de llenar en la vida cultural y culinaria de Cantabria.

Una vida entre bisturíes y garbanzos

Nacido en Rumoroso en 1956, Argumosa se licenció en Medicina por la Universidad de Cantabria en 1979. Completó su especialidad en Cirugía Ortopédica y Traumatología en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla y ejerció durante más de dos décadas en el sistema público de salud. Desde 2002, mantenía su consulta privada en Torrelavega, donde era una figura respetada tanto en el ámbito sanitario como entre fogones.

Pero lo que distinguía a Argumosa no era solo su habilidad médica, sino su talento para contar historias a través de los platos. “La comida típica de Cantabria es una forma de resistir al olvido”, solía decir. Para él, cada cocido, cada plato de alubias, cada hojaldre era una declaración de amor hacia la tradición y las raíces.

El divulgador gastronómico

Con una voz cálida y una pluma precisa, Argumosa se convirtió en uno de los principales divulgadores de la cocina popular del norte. Presidente de la Cofradía de los Cocidos de Cantabria desde 2019, miembro fundador de la Academia Castellana y Leonesa de Gastronomía, y colaborador habitual de El Diario Montañés, donde desde 2018 escribía semanalmente en el suplemento Cantabria en la Mesa, también firmó títulos que ya son referencia, como El Cocido Montañés (2021), Nuestra Olla Podrida (2024) o Gastronomía a través de la obra de Pereda.

“Con él se va una de las pocas personas capaces de traducir la cultura popular en palabras sencillas y sabrosas”, afirma el escritor y amigo Pedro Crespo, que también subraya la humildad con la que Argumosa abordaba su tarea: “Nunca quiso ser estrella, pero todos sabíamos que era luz”.

Entre la cocina y la identidad

Gabriel Argumosa entendía que la cocina no es sólo un acto de alimentación, sino una forma de narración y pertenencia. Donde otros veían un plato más en la mesa, él veía un legado. Hablaba del cocido lebaniego como se habla de un rito ancestral, del sobao pasiego como una reliquia afectiva. Su blog Con Sincio, hoy convertido en archivo sentimental, reunía anécdotas, historia, recetas y algo más difícil de clasificar: emoción.

En una entrevista,dijo: “Si un niño aprende a cocinar con su abuela, aprende también a escuchar. En la cocina no se heredan sólo técnicas: se heredan silencios, cuentos, maneras de querer”.

La cocina como forma de resistencia

El doctor Argumosa era, en esencia, un humanista de la cuchara. Supo encontrar en la tradición culinaria una forma de defender la memoria, la comunidad y el arraigo. En un país donde las recetas familiares se ven amenazadas por las prisas de la vida moderna, su figura emergía como un guardián discreto de lo esencial: el valor del tiempo lento, del cariño puesto en una olla, del conocimiento transmitido de generación en generación.

En su funeral, celebrado en la más estricta intimidad en Santander, se le despidió con respeto y con agradecimiento. A lo largo del día, las redes sociales y los medios locales se llenaron de mensajes de cariño. Muchos le recordaban no sólo como médico o escritor, sino como alguien que hizo de cada comida una forma de estar en el mundo.

Un legado que huele a alubias y memoria

Gabriel Argumosa Trueba no necesitó estrellas Michelin para dejar huella. Su legado está donde de verdad importa: en las casas que aún cuecen garbanzos los domingos, en los pueblos que celebran sus cocidos como fiestas mayores, y en cada lector que, gracias a él, entendió que un puchero puede ser también una patria.

Porque para Argumosa, cocinar era resistir. Comer juntos, recordar. Y escribir sobre ello, un acto de amor duradero.

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