Este sarcófago visigodo lleva más de mil años escondido en el bosque cántabro
Un monasterio del siglo IX, una necrópolis altomedieval y una ruta hacia unas de las cascadas más bellas del norte de España
En lo más profundo del Valle de Cabuérniga, en el municipio cántabro de Ruente, se esconde uno de los vestigios más antiguos del cristianismo en Cantabria: la ermita de San Fructuoso de Lamiña, un templo rural que conserva en su interior restos prerrománicos de incalculable valor histórico y artístico. Pero no solo es su patrimonio lo que asombra, sino también el entorno natural que lo rodea: bosques umbríos, ríos cristalinos y las impresionantes cascadas de Úrsula, uno de los paisajes más mágicos del norte peninsular.
Un origen visigodo y altomedieval
San Fructuoso de Lamiña fue inicialmente un cenobio visigodo, citado por primera vez en un documento del año 978. Se erigía en una zona aislada, a unos dos kilómetros del actual pueblo de Lamiña, y con el paso de los siglos dio lugar a una necrópolis altomedieval y a una ermita barroca, levantada entre los siglos XVII y XVIII sobre los restos del antiguo monasterio. Hoy en día, esta pequeña iglesia guarda en su interior una riqueza arqueológica excepcional, que salió a la luz en los años ochenta gracias a una serie de excavaciones impulsadas por el Instituto de Prehistoria y Arqueología Sanz de Sautuola.
Un sarcófago prerrománico excepcional
Entre los elementos más singulares que se conservan destaca el sarcófago de Lamiña, datado en el siglo IX, que sobresale por su detallada decoración en relieve. Esta joya del arte prerrománico asturiano presenta cruces procesionales, rosetas y esvásticas inscritas en círculos. Además, se hallaron nueve tumbas de lajas y una lauda sepulcral con inscripción visigótica fechada en el año 967. También se conservan columnillas decoradas, un epitafio, una pila benditera hoy expuesta en el Museo Diocesano de Santillana del Mar, y un sarcófago antropomorfo reutilizado como pilón en la cercana Fuente de Arriba.
Naturaleza y espiritualidad: la ruta hacia las cascadas
Pero la experiencia de San Fructuoso no se entiende sin caminar por su entorno. Desde Lamiña parte una sencilla ruta circular de unos siete kilómetros que conduce hasta las Cascadas de Úrsula, un paraje donde confluyen los arroyos Moscadoiro y Barcenillas y que ofrece una sucesión de saltos de agua de una belleza hipnótica. Es un recorrido que puede iniciarse también desde Barcenillas y que atraviesa prados, pasos canadienses y bosques de ribera antes de internarse en un bosque tupido, siguiendo el murmullo del agua.
Una joya poco conocida del arte medieval cántabro
San Fructuoso de Lamiña se mantiene como uno de los testimonios más antiguos del monacato en Cantabria, y aunque su modesta apariencia actual pueda engañar, esconde una de las obras funerarias más importantes del prerrománico del norte de España. Las pinturas murales rojizas, los restos arquitectónicos reutilizados y el aura mística del lugar lo convierten en una parada obligada para quienes buscan redescubrir el alma medieval de Cantabria, lejos de los focos turísticos.
El 9 de septiembre, coincidiendo con su festividad, se celebra una romería popular, oportunidad ideal para visitar este enclave en todo su esplendor. Pero en cualquier época del año, San Fructuoso de Lamiña ofrece una lección viva de historia, espiritualidad y conexión con la naturaleza.

