Gastronomía

Este restaurante en uno de los pueblos más bonitos de Cantabria sirve uno de los mejores cocidos del norte

Su cocido montañés, que debe reservarse con antelación, es un homenaje a la cuchara de siempre, acompañado por carnes locales, postres artesanos y un entorno de postal
Uno de los platos de la posada El Puente. / P.P.
Uno de los platos de la posada El Puente. / P.P.

Ubicado a la entrada de Carmona, uno de los pueblos más bellos y mejor conservados de Cantabria, el Restaurante El Puente se alza como una de las joyas gastronómicas del Saja-Nansa. Esta casona montañesa, decorada con encanto rústico y rodeada de naturaleza, ofrece una experiencia culinaria única basada en la cocina tradicional cántabra, elaborada con productos locales y de elaboración propia.

Este establecimiento, de carácter familiar y acogedor, combina el saber hacer de antaño con una atención cercana, donde cada plato cuenta una historia y cada ingrediente tiene un origen. Además, en el mismo edificio funciona una posada rural con seis habitaciones, perfecta para quienes desean prolongar su estancia y disfrutar del entorno.

Su cocina se define por el mimo en la elaboración, el respeto por la tradición y el uso de ingredientes de primera calidad. Muchos de los productos proceden de su propia huerta, de sus animales, o de matanza propia, lo que garantiza frescura y autenticidad en cada bocado.

Entre sus platos estrella destaca, sin duda, el cocido montañés, uno de los más auténticos que se pueden degustar en la región. Elaborado con alubias blancas, berza fresca y un compango casero (chorizo, morcilla, tocino y carne), este plato, que debe reservarse con antelación, representa a la perfección el alma de la cocina de montaña.

Otros imprescindibles de la carta son la cecina casera, de sabor intenso y curación impecable; el revuelto de morcilla, sabroso y meloso; los escalopines con queso picón, que combinan la cremosidad del queso con la jugosidad de la carne; y la carne de Tudanca, raza autóctona cántabra, conocida por su calidad y ternura.

Y para finalizar, nada mejor que sus postres caseros, hechos con el mismo cariño que el resto del menú. El flan de queso, cremoso y con un toque especial, o las torrijas acompañadas de natillas, son el broche de oro a una comida inolvidable.

El comedor interior está decorado con objetos etnográficos tradicionales, lo que lo convierte en un espacio lleno de historia y autenticidad. Las mesas, amplias y bien vestidas, junto con un servicio cercano y amable, completan la experiencia. En días soleados, su terraza interior con vistas al valle añade un plus de belleza y tranquilidad a la visita.

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