camino lebaniego

Cinco días, un monasterio milenario y paisajes de otro mundo: así es el camino más mágico de Cantabria

Un viaje que no solo se recorre con los pies, sino con la memoria, la fe y los sentidos
Senda fluvial del Nansa. / C.L.
Senda fluvial del Nansa. / C.L.

En el norte de Cantabria, donde la costa da paso a los valles interiores y las montañas custodian silenciosas los pasos del peregrino, discurre el Camino Lebaniego, una de las rutas más antiguas y emblemáticas de la Península. Su destino: el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, guardián del Lignum Crucis y uno de los lugares santos del cristianismo. El trayecto, que comienza en la villa marinera de San Vicente de la Barquera, ofrece un viaje tan físico como simbólico, trazado en cinco etapas que atraviesan pueblos centenarios, desfiladeros vertiginosos y bosques cargados de leyendas.

De San Vicente a las rías interiores: inicio junto al mar

La primera etapa arranca en San Vicente, en las inmediaciones del histórico puente de La Maza, testigo de siglos de tránsito comercial y espiritual. Aunque el camino señalizado evita el casco histórico, merece la pena desviarse unos metros para visitar la iglesia gótica de Santa María de los Ángeles, ubicada en lo alto de la Puebla Vieja. El peregrino abandona la villa atravesando La Acebosa, desde donde se dirige hacia Serdio, un pequeño pueblo con varias opciones de alojamiento y un bar que ha adquirido fama entre los caminantes por ofrecer “el mejor pincho de tortilla del camino”.

En Serdio aún se pueden contemplar los últimos atisbos del mar, antes de internarse en el paisaje de interior. La ruta continúa hasta Muñorrodero, junto a la ría de Tina Menor. Aquí comienza la transición definitiva entre el litoral y la montaña. La etapa es breve pero intensa, y en Muñorrodero, además de un par de alojamientos, el peregrino puede reponer fuerzas en el único restaurante del pueblo, regentado por Marisela.

El río Nansa y la entrada al mundo rural

Desde Muñorrodero, el Camino sigue hacia el sur por la bellísima Senda Fluvial del río Nansa, que acompaña al peregrino entre alisedas, puentes de piedra y pasarelas de madera hasta el pueblo de Cades. En el trayecto, uno puede desviarse hacia Camijanes o Cabanzón, este último conocido por su torre medieval, declarada Bien de Interés Cultural, y por una encina centenaria de más de diez metros de altura.

Aunque la ruta oficial hacia Cades continúa junto a la carretera, muchos optan por regresar al río y continuar por la senda fluvial, más agradable y segura. Al llegar a Cades, el visitante encuentra el centro de interpretación de la antigua ferrería hidráulica, restaurada como testimonio vivo de la actividad industrial tradicional de la zona.

Carreteras estrechas, valles profundos: el esfuerzo comienza

La tercera jornada es una de las más exigentes. Desde Cades, el peregrino se adentra en el estrecho valle de Lamasón, siguiendo la carretera CA-282 hasta Lafuente, tras haber atravesado Sobrelapeña, una aldea sin servicios pero rodeada de una belleza agreste y melancólica. En Lafuente, además de un albergue municipal y una surgencia de agua que da nombre al lugar, se conserva la joya románica de Santa Juliana, una pequeña iglesia del siglo XII.

Desde allí comienza la ascensión al collado de la Hoz, una subida que obliga al cuerpo pero regala vistas espectaculares sobre los valles que se dejan atrás. La recompensa llega en forma de paisaje: la panorámica desde lo alto muestra bosques infinitos, montañas recortadas en el horizonte y, más adelante, la silueta de Cicera, encajada en el fondo del valle. Este pequeño pueblo es también punto de partida para visitar el Mirador de Santa Catalina, al que se accede por la Senda Mitológica del Monte Hozarco, flanqueada por figuras de la tradición cántabra.

De los hayedos al románico: hacia Lebeña y Cabañes

La cuarta etapa comienza en Cicera y se dirige hacia Lebeña por un itinerario rediseñado en 2017. Esta variante, más suave, discurre por la Ruta de las Agueras, un sendero boscoso que atraviesa hayedos y praderías hasta desembocar en el desfiladero de La Hermida.

Poco antes de llegar a Lebeña, el peregrino encuentra una fuente de agua potable y una de las varias máquinas expendedoras que salpican el camino. El acceso a Lebeña permite detenerse en uno de los templos prerrománicos más notables de España: la iglesia de Santa María de Lebeña, declarada Monumento Nacional en 1893. Desde allí, una pista hormigonada sube hasta Allende, y de este pequeño núcleo rural parte un sendero que discurre entre el barranco del río Rubejo hasta Cabañes, final de etapa. La entrada a esta aldea se realiza casi en silencio, entre pastos abiertos y piedra antigua, con el albergue de peregrinos como primer edificio en recibir al viajero.

La meta a la vista: de los castañares a Santo Toribio

La última jornada es corta pero simbólicamente poderosa. De Cabañes se desciende primero hasta el castañar de Pendes, conocido como “el Habario”, donde los árboles centenarios, de troncos gruesos y ramas retorcidas, imprimen una solemnidad especial al paso del peregrino. Desde Pendes, el camino avanza entre curvas suaves hasta llegar a Potes, capital comarcal y joya arquitectónica de Liébana. Su casco histórico, declarado Monumento Histórico-Artístico, alberga la Torre del Infantado, actual sede del Ayuntamiento y de una magnífica exposición sobre los “beatos” de Liébana.

Pero aún queda una última subida. Por la carretera CA-185, señalizada con firmeza y adornada con una escultura de peregrino en bronce, se inicia el ascenso final al Monasterio de Santo Toribio, enclavado en las estribaciones de los Picos de Europa. Allí, tras superar una última cuesta, el peregrino cruza la Puerta del Perdón, abraza la fe —sea cual sea la suya— y completa el viaje con la satisfacción de haber seguido, paso a paso, un camino que es parte esencial de la historia espiritual y geográfica de Cantabria.

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