Sabores que se cruzan entre montañas, costa y valles

El mejor laberinto de Cantabria no es el de Villapresente, es este y se come

Este recorrido une mar, montaña y tradición en siete paradas donde cada bocado cuenta una historia y cada plato sabe a paisaje
Dos personas disfrutan de una ruta en Cantabria. / A.S.
Dos personas disfrutan de una ruta en Cantabria. / A.S.

Empieza en un puerto marinero y termina en un prado de Liébana. O al revés. El orden no importa: Cantabria es un mapa de sabores que se recorren con los sentidos bien despiertos. En cada curva, un guiso humeante; en cada pueblo, una receta centenaria; en cada bocado, un paisaje. Si buscas un viaje que se saborea a cada paso, entra en este laberinto gastronómico y déjate llevar por lo que la tierra, el mar y la historia han cocinado durante siglos.

1. Santoña y las anchoas: el sabor del mar en su máxima expresión

Comienza la ruta en Santoña, capital indiscutible de la anchoa del Cantábrico. Aquí no solo se come: se aprende. En sus fábricas puedes ver cómo se filetea, se sala y se presenta este manjar artesanal. En bares como El Pirata o La Mutua, acompáñalas con vermut o txakolí y entenderás por qué esta villa pesquera es el primer puerto del sabor cántabro.

2. San Vicente de la Barquera y el sorropotún: tradición en cada cucharada

Siguiendo la costa hacia el oeste, San Vicente de la Barquera no solo enamora por su estampa. Aquí se guisa el “sorropotún”, una marmita de bonito con patata que ha alimentado generaciones de marineros. Prueba también el arroz con bogavante y los pescados frescos de la rula. En el puerto, el aroma a caldo y mar es la mejor bienvenida.

3. Comillas y sus hojaldres: arte en la mesa

En Comillas, entre joyas modernistas como el Capricho de Gaudí y el Palacio de Sobrellano, te espera el dulce. No puedes irte sin probar los hojaldres artesanos, crocantes y bañados en glasa, ni las quesadas pasiegas que algunos obradores elaboran con leche fresca local. Un lujo para el desayuno o la sobremesa.

4. Liébana: cocido montañés y queso picón

De la costa a la montaña. En Liébana, la gastronomía se hace robusta y ancestral. El cocido lebaniego —con garbanzo pedrosillano, cecina, chorizo, berza y relleno de pan— se sirve humeante en los mesones de Potes, Mogrovejo o Espinama. Completa el viaje con el queso Picón Bejes-Tresviso, un azul de altura madurado en cuevas naturales. Marídalo con orujo local y el paisaje se vuelve aún más intenso.

5. Soba y el Valle del Asón: carnes, miel y productos de la tierra

En el interior oriental de Cantabria, el Valle de Soba ofrece carnes ecológicas de pasto, productos de huerta y mieles de montaña. Aquí la cocina es silenciosa, lenta, de casa. Prueba los platos de caza y los postres de leche fresca como arroz con leche o natillas. Cada bocado sabe a monte, a refugio.

6. Torrelavega y los postres conventuales

En Torrelavega y los alrededores, la repostería alcanza cotas casi místicas. Acércate al convento de las Clarisas o a obradores como Blanco o Santos y déjate tentar por pastas de almendra, polvorones y bizcochos que siguen recetas centenarias. Perfectos con café o con un vaso de leche fresca pasiega.

7. Laredo y Castro Urdiales: marisco con vistas

Finaliza la ruta en los puertos del este, donde las mariscadas con nécoras, almejas, centollos y langosta son una fiesta en sí mismas. Los restaurantes del paseo de Castro y la zona vieja de Laredo ofrecen también pescados de roca, rape, cabracho o rodaballo, preparados con elegancia y respeto. Un broche perfecto con vistas al Cantábrico.

 

Cantabria no se recorre: se saborea. Este laberinto de sabores es una invitación a perderse entre fogones, mercados, lonjas y casonas rurales. Porque aquí, el plato es también paisaje, historia y cultura. Y quien se adentra, lo sabe: hay rutas que se hacen con los pies, y otras con el paladar.

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