Los chefs más top de España desvelan sus restaurantes favoritos en Cantabria
Con el invierno ya a las puertas, Cantabria se prepara para una de las épocas más apetecibles del año en lo gastronómico. Los días fríos invitan a desayunos reconfortantes, aperitivos con carácter, platos de cuchara, pescados salvajes y mesas con vistas donde el tiempo parece detenerse. En este recorrido, algunos de los cocineros más reconocidos del país comparten sus direcciones favoritas para comer bien en la región, lejos del protocolo y cerca del sabor auténtico.
La jornada comienza con desayunos que marcan el ritmo del día. En pleno centro de Santander, la histórica Gómez Fusión, abierta desde 1860, es una parada imprescindible para Nacho Solana, que no duda en destacar su emparedado de hojaldre caramelizado, un clásico que combina tradición pastelera y placer inmediato. Muy cerca, Amarella Café, impulsado por Jesús Sánchez, apuesta por un café cuidado al detalle y un bizcocho casero que se ha convertido en referencia para quienes buscan desayunar sin prisas y con calidad.
A media mañana, el cuerpo pide aperitivo y Cantabria responde con personalidad. En Liérganes, la cervecería DouGall’s ofrece cerveza artesana elaborada en la región, ideal para acompañar una charla relajada. En Santander, el mítico Solórzano es sinónimo de barra clásica, vermut bien servido y unas rabas de peludín que ya forman parte del imaginario gastronómico local. Aquí, el aperitivo es ritual, memoria y disfrute compartido.
Cuando el hambre aprieta y se busca algo informal pero bien ejecutado, las recomendaciones apuntan a dos direcciones claras. En Camargo, The Duke’s destaca por sus hamburguesas de carne ecológica de raza Tudanca, servidas en pan de masa madre, una combinación que une producto local y cocina contemporánea. En la capital, La Carnaza propone una carta pensada para compartir, donde brillan platos como la lechuga viva de Anero con bonito del norte o las Bravas New School, reinterpretadas con torreznos y alioli, demostrando que la cocina informal también puede ser honesta y memorable.
Para quienes prefieren sentarse a la mesa con calma, el interior de Cantabria guarda auténticos tesoros. En San Roque de Riomera, Casa Vicente conquista con bistec, cocido montañés, papas con carne y croquetas, una cocina directa que enamora a Borja Marrero. En Penagos, muy cerca de Cabárceno, La Yerbita apuesta por platos como los huevos trufados, mientras que en Ogarrio (Ruesga), Casa Tomás mantiene viva la hospitalidad de siempre, con una atención cercana y una cocina que respeta el legado familiar.
Santander también ofrece paradas imprescindibles para disfrutar sin artificios. La Malinche sorprende con una fusión cantabrizada llena de matices; Querida Mar apuesta por una carta corta y fiel a la temporada; y Mesón Gele seduce con su pastel de cabracho y una bodega con más de 1.200 referencias, siempre acompañadas de su mítica tapa de patatas con cebolla.
El recorrido se completa en entornos privilegiados, donde la gastronomía se funde con el paisaje. En Ribamontán al Mar, El Puntal Tricio combina pescados salvajes, carne cántabra y picoteo frente al mar, un lugar que Francis Paniego define como paradisíaco. En la ría de Mogro, Avrile ofrece una experiencia completa que va del desayuno al espectáculo nocturno, pasando por brunch, comida y sobremesas largas, siempre con producto local y calma. Y para quienes buscan vistas inolvidables, El Cazurro, en Piélagos, o BNS, frente a la Playa de la Magdalena, confirman que en Cantabria comer bien y mirar lejos forman parte del mismo plan.
Así, en este momento del año en el que el frío empieza a notarse, Cantabria se reafirma como un destino gastronómico de primer nivel, donde bares con historia, restaurantes honestos y mesas con paisaje invitan a disfrutar sin prisas de una cocina que es memoria, territorio y emoción.