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Siete años después: Sánchez huele a lo que prometió ventilar

La figura de Leire Díez, las maniobras judiciales y el silencio oficial marcan un giro ético difícil de disimular
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / Juan Barbosa
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / Juan Barbosa

Pedro Sánchez llegó a La Moncloa en 2018 impulsado por un mandato que él mismo definió como "higiene democrática". La sentencia del caso Gürtel contra el PP, con su demoledora confirmación de una caja B y una financiación ilegal sistémica, le sirvió de base ética para derribar al Gobierno de Mariano Rajoy mediante una moción de censura que marcó un hito institucional.

Pero siete años después, ese impulso regenerador se ha diluido. El Ejecutivo socialista navega a la deriva en un océano de grabaciones comprometedoras, filtraciones interesadas, maniobras judiciales y presunta corrupción que huele, irónicamente, a lo que Sánchez juró ventilar: las cloacas del poder.

De la regeneración prometida al hedor del poder sin control

El Gobierno se encuentra sumido en una espiral que recuerda cada vez más al final del mandato de Rajoy. La trama Koldo, con comisiones millonarias y contratos adjudicados durante la pandemia, ha sido solo el principio. Lo que parecía un episodio aislado ha terminado salpicando a figuras cercanas a Moncloa y a miembros del propio Partido Socialista.

A esta red de escándalos se ha sumado ahora la figura de Leire Díez, vinculada históricamente al PSOE y que aparece en una grabación —publicada por El Confidencial— insinuando tener la capacidad de influir en la Fiscalía y en la Abogacía del Estado. En la conversación, se refiere al jefe de la UCO, Antonio Balas, como si fuera una ficha a derribar para proteger intereses políticos. El silencio gubernamental ante este episodio ha sido, cuanto menos, atronador.

Relatos cruzados: “Esto no es una trama del PSOE, sino contra el PSOE”

La estrategia del Ejecutivo ha sido reactiva. Se ha revivido el argumentario del pasado, invocando nombres como "Bárcenas", "El Bigotes" o "el pequeño Nicolás", con el objetivo de relativizar la actual crisis y enmarcarla dentro de un supuesto marco de persecución política —el ya recurrente “lawfare”—. La Moncloa insiste en que no hay caso, que todo es una cacería de la derecha y los medios hostiles. El paralelismo con la defensa de Rajoy en su etapa final es evidente: el expresidente alegaba que todo cuanto se publicaba no era una trama del PP, sino contra el PP.

Hoy, el PSOE copia esa lógica. Pero los hechos judiciales, las imputaciones y los testimonios desmienten la narrativa oficial.

La política convertida en sótano: cuando el poder pierde su aire fresco

Sánchez escribió en su Manual de resistencia que su moción fue un acto de principios frente a un sistema que necesitaba regeneración. Sin embargo, el PSOE actual se tambalea sobre el mismo terreno resbaladizo de privilegios, opacidad y deterioro institucional que un día denunció.

El caso de la asesoría paralela dentro del Ejecutivo, los movimientos para aforar a dirigentes salpicados por la justicia —como Miguel Ángel Gallardo en Extremadura—, o los intentos de desprestigiar a cuerpos como la Guardia Civil, alimentan la sensación de impunidad. Las promesas de transparencia se han desvanecido en los laberintos de intereses cruzados y autodefensas institucionales.

Todo presidente acaba teniendo su propio acta de defunción política. Rajoy la firmó en 2018. Y aunque aún no esté escrita la de Sánchez, la tinta ya empieza a gotear. El ideal de ventilación democrática ha terminado viciado por el aire rancio de los pasillos del poder, donde se cuecen los pactos, se filtran los favores, y se cultivan las inmunidades.

Siete años después, la Moncloa ya no huele a limpieza, sino a sótano húmedo. Y el relato de regeneración que un día encumbró a Pedro Sánchez hoy agoniza bajo el peso de su propio discurso.

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