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Koldo defiende a Cerdán: lealtad en vez de ley

Koldo García defiende públicamente a Santos Cerdán, su superior jerárquico en la presunta trama de corrupción, revelando la lógica de lealtades personales que socava el principio de responsabilidad institucional.
El exasesor del exministro José Luis Ábalos, Koldo García,. / Eduardo Parra
El exasesor del exministro José Luis Ábalos, Koldo García,. / Eduardo Parra

Koldo García, exasesor del Ministerio de Transportes, ha irrumpido esta semana en el espacio mediático no con datos sino con lealtades. En una entrevista televisiva emitida por RTVE, García ha defendido al exsecretario de Organización del PSOE Santos Cerdán, actualmente investigado por su implicación en una presunta trama de comisiones vinculadas a obra pública. “Es una salvajada lo que han hecho con ese señor”, dijo, con una contundencia emocional ajena a la moderación jurídica.

Más allá del contenido de sus palabras, lo inquietante es el principio que las sustenta. Koldo no argumenta con base en el derecho ni en los hechos procesales, sino en el vínculo personal. La fidelidad sustituye al escrutinio. El afecto desplaza al procedimiento. Y así, la defensa se convierte en testimonio involuntario de una política que ha dejado de ser institucional para volverse tribal.

Un lenguaje que encubre una estructura

Koldo ha negado haber cobrado comisión alguna y ha sostenido que ayudaba a quien se lo pidiera, “sobre todo empresarios españoles”. Pero lo verdaderamente revelador es cómo describe su relación con Cerdán: la misma que con muchos otros. “Estaba trabajando en un lado, él en otro”, explicó, como si esa contigüidad laboral justificara la opacidad relacional.

La lealtad en política no es delito, pero sí puede ser síntoma de decadencia institucional. En un Estado de derecho, las funciones públicas se rigen por principios objetivos, no por afinidades personales. Y sin embargo, la reiteración con la que actores involucrados en escándalos de corrupción recurren al lenguaje del compañerismo sugiere algo más profundo: que la cultura política dominante tolera —o incluso recompensa— la sustitución del mérito por la pertenencia.

Una defensa que compromete

Como Edmund Burke advirtió en su día, “cuando los hombres combinan, el interés público tiembla”. La defensa de Cerdán no es un episodio aislado: es parte de una atmósfera en la que las responsabilidades legales se diluyen en camaraderías opacas. Koldo no solo defiende a su exjefe; defiende un modo de hacer política que transforma el servicio público en lealtad privada.

Negó haber amañado contratos. Negó haber grabado audios. Y, sin embargo, pidió su secuestro judicial inmediato. La contradicción es, al menos, sugestiva. Pero más aún lo es la idea de que puede mantenerse un discurso de inocencia sin renunciar a una cultura de favores que ha sustituido al civismo constitucional.

Lo que está en juego no es Cerdán, sino el Estado

El caso Koldo —como antes Gürtel, ERE o Kitchen— no es tanto una desviación como un síntoma. Una cultura política en la que las redes pesan más que las reglas es incompatible con una democracia funcional. Cuando la estructura del poder se basa en relaciones personales, el ciudadano deja de ser sujeto de derechos para convertirse en espectador de lealtades.

Los jueces decidirán sobre las pruebas. Pero la opinión pública debe decidir sobre los principios. ¿Queremos una administración que opere bajo criterios universales o bajo vínculos personales disfrazados de diligencia?

Una advertencia para el futuro

Las repúblicas no mueren por golpes militares, sino por negligencia cívica. Cuando la obediencia al jefe suple el respeto a la ley, el Estado no se fortalece: se vacía.

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