El espejismo de los grandes planes: Sánchez promete un dinero que no llega
El Gobierno ha vuelto a presentar un plan millonario —esta vez contra el impacto de los aranceles de EE.UU.— sin que existan Presupuestos que lo respalden
En la era de la inmediatez, lo urgente ha desplazado a lo importante. Y en la política española actual, lo anunciado ha sustituido a lo ejecutado. Esta semana, el Gobierno ha presentado un nuevo “Plan de Respuesta y Relanzamiento Comercial” para hacer frente al impacto de los aranceles de Estados Unidos. El anuncio llega —como tantos otros— envuelto en cifras ambiciosas: 14.100 millones de euros. Pero, una vez más, detrás del titular se oculta una constante: no hay Presupuestos que lo respalden. Solo queda el eco de promesas pasadas, aún pendientes.
De esa cifra, solo 400 millones son ayudas directas. El resto son créditos, avales y una reordenación de fondos europeos que ya estaban comprometidos. Es decir, una operación contable, no un estímulo real. Lo que se presenta como un escudo protector para empresas y trabajadores, se reduce en la práctica a un ajuste técnico de impacto limitado.
Y este no es un caso aislado. Forma parte de un patrón ya demasiado reconocible: el plan para La Palma, el plan de vivienda, la respuesta a la DANA… Todos ellos comparten la misma estructura: un gran anuncio, una narrativa épica, y una ejecución mínima. A cinco meses del desastre en la Comunidad Valenciana, menos de un tercio de las ayudas han sido abonadas. Más de 320.000 solicitudes siguen atascadas en la burocracia. El compromiso declarado por el presidente —“todo el tiempo que sea necesario”— empieza a parecer un eslogan vacío.
El caso de la vivienda no es distinto. De las 184.000 viviendas públicas prometidas, la mayoría ni siquiera están en fase de proyecto. Aun así, el presidente sigue presidiendo entregas de llaves con 218 viviendas como decorado de una ambición incumplida. “No pararemos hasta que el derecho a la vivienda sea el quinto pilar del bienestar”, dijo. Pero no hay quinto pilar sin cimientos.
Y todo ello bajo una anomalía institucional que se prolonga: España sigue sin Presupuestos Generales para 2025. Todos estos planes están atados a las cuentas prorrogadas de 2023, incapaces de absorber las nuevas promesas. Es un Gobierno que anuncia como si legislara, pero que legisla sin ejecutar.
El problema no es sólo la falta de resultados. Es una forma de entender el poder: la política del titular. Se gobierna en función del impacto mediático, no del impacto real. La política se convierte en espectáculo. El poder, en escenografía. Lo que antes era programa, ahora es relato. Lo que debería ser gestión, se convierte en una liturgia semanal de anuncios huecos.
Se apela constantemente a la responsabilidad institucional, pero se practica poco. Se invoca el Estado del bienestar, pero se gobierna desde la propaganda. El resultado es un Ejecutivo atrapado en su propio guion, con un presidente que anuncia sin ejecutar, que promete sin cumplir.