La AEMET desmonta la coartada de Sánchez: 2025 no ha tenido la ola de calor más larga
El Ejecutivo insiste en culpar al cambio climático de los incendios mientras recorta la flota aérea de extinción y reduce la inversión en prevención
Por más que uno quiera atribuirle al calor un valor simbólico —como metáfora de urgencia o de castigo natural—, el verdadero incendio que atraviesa España no es meteorológico, sino político. Mientras el país arde en sentido literal, el Gobierno de Pedro Sánchez insiste en atribuir los fuegos a un enemigo ubicuo y conceptual: el cambio climático. Así, la “emergencia climática” ha devenido coartada política, una herramienta retórica con la que evitar rendir cuentas por carencias estructurales y decisiones presupuestarias cuestionables.
El presidente del Gobierno compareció recientemente en el puesto de mando avanzado de Jarilla (Extremadura), epicentro de uno de los incendios más devastadores del verano, con más de 12.000 hectáreas calcinadas. Allí, lejos de anunciar refuerzos operativos, reconoció que “España ha sufrido 16 días de ola de calor, la más larga desde que tenemos registros, desde 1975”. La intención era clara: enmarcar la catástrofe en una narrativa global, incuestionable, inapelable.
Pero los hechos, como siempre, son tercos. La AEMET (Agencia Estatal de Meteorología) desmintió de forma directa esa afirmación: desde 1975 ha habido al menos cuatro olas de calor igual o más prolongadas que la actual. La de 2015 duró 26 días, la de julio de 2022 se prolongó 18, y otras dos —en 2003 y también en 2022— duraron lo mismo que la de este año. El relato de una ola inédita se deshace ante los datos.
El camuflaje retórico
Que Pedro Sánchez recurra a la “ciencia” para justificar la parálisis institucional no es, en sí mismo, sorprendente. La ciencia —cuando se invoca de manera selectiva— se convierte en un escudo perfecto: es técnica, impersonal, incuestionable. Pero cuando esa invocación se usa para desplazar responsabilidades políticas concretas, lo que se produce no es un avance del conocimiento, sino una huida moral.
La crisis climática existe, sin duda. Pero la gestión de las consecuencias de esa crisis pertenece a los gobiernos. Sánchez no lo ignora. Simplemente elige eximirse de su cuota de responsabilidad.
Menos medios, más discurso
La paradoja no puede ser más nítida. Mientras el presidente alerta sobre los efectos devastadores del calentamiento global, su gobierno ha reducido los medios para combatir sus consecuencias más inmediatas.
Según los propios datos del Ministerio para la Transición Ecológica, la flota de aviones de extinción de incendios ha pasado de 50 en 2024 a 42 en 2025, con esa cifra congelada hasta 2027. Esta reducción no responde a una mejora en la gestión forestal ni a un cambio tecnológico: responde, lisa y llanamente, a un ajuste presupuestario incompatible con el discurso de urgencia climática.
A esto se suma la denuncia implícita que emite Bruselas: según un informe publicado en junio, España destina apenas 26 euros por cada 100 que invierten países como Grecia o Portugal en prevención de incendios. El Gobierno español ha empleado 221 millones de euros de fondos europeos para este fin, lejos de lo que correspondería a un país con una de las mayores superficies forestales de Europa y una de las tasas más elevadas de incendios por año.
Si el cambio climático es una prioridad, ¿por qué no lo es también el presupuesto que debería combatirlo?
El desgaste de la legitimidad
El problema de fondo no es meteorológico, sino moral. Cuando un gobierno instrumentaliza el lenguaje de la ciencia para justificar omisiones, la consecuencia no es la pedagogía política, sino la erosión de la confianza cívica. El ciudadano no necesita lecciones sobre el clima: necesita bomberos, medios, gestión.
Que la AEMET haya corregido públicamente los datos del presidente no es una anécdota, es un síntoma. Indica que el Ejecutivo ha cruzado una línea peligrosa: la de utilizar una narrativa de emergencia como cortina de humo para eludir responsabilidades concretas. No es la primera vez que lo hace. Pero en esta ocasión, el contraste entre el relato y la realidad se mide en hectáreas calcinadas, pueblos desalojados y medios ausentes.