El teleférico que nunca llegó: el sorprendente lugar que estuvo a punto de tener uno con vistas al mar
Durante un breve pero intenso periodo, entre la fiebre del turismo de los años setenta y los debates del desarrollo racional en los ochenta, Comillas soñó con elevarse al cielo. La idea no fue literaria ni metafórica. Fue técnica, calculada, con planos, presupuestos y firmas oficiales. Un teleférico, moderno, silencioso y panorámico, que uniría el casco histórico con la altura del Seminario Pontificio o incluso más allá, hacia los riscos del entorno.
Hoy, aquel proyecto real y aprobado, no figura en folletos, no se estudia en escuelas de arquitectura y ni siquiera aparece en las rutas del olvido. Pero existió. Y su historia es un caso ejemplar de cómo la política, la estética y el miedo al exceso pueden torcer el rumbo de una infraestructura sin que una sola piedra haya sido colocada.
El sueño que nació del hormigón
España, años 70. La costa norte, hasta entonces remota, empieza a formar parte de los mapas del turismo de interior y del llamado “viaje ilustrado”. Comillas se sitúa en un cruce único: su herencia indiana, su arquitectura modernista, su Universidad Pontificia, su mar. Pero también su topografía, escalonada, desigual, montañosa. La necesidad de conectar los puntos altos con el centro urbano se convierte en una oportunidad.
El Ayuntamiento de Comillas, en colaboración con la Dirección General de Turismo, impulsa un proyecto que era, al mismo tiempo, funcional y ambicioso: un teleférico que comenzaría cerca de la playa o el paseo marítimo y llegaría hasta las inmediaciones del Palacio de Sobrellano o el Seminario. Se planteaban incluso fases posteriores hacia los acantilados o el cementerio monumental, para crear un “anillo aéreo cultural” con vistas al mar y a la montaña.
Los planos existen. También los boletines oficiales. El proyecto fue registrado, evaluado técnicamente y publicitado en una nota de prensa fechada en 1979 como “un avance en el turismo panorámico de calidad”.
¿Qué prometía ese teleférico?
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Un recorrido de menos de cinco minutos con cabinas para 6-8 personas.
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Impacto ambiental “mínimo” según los criterios de entonces.
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Posible extensión a zonas menos accesibles para personas mayores.
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Creación de empleo vinculado al mantenimiento y la operación.
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Consolidación de Comillas como referente de turismo cultural y sostenible.
La idea no era extravagante: en Suiza, Austria y Alemania ya existían teleféricos urbanos de perfil similar. Y en España, el éxito del teleférico del Teide o del Tibidabo validaban este modelo.
¿Por qué no se hizo?
La respuesta es una mezcla compleja de factores, donde el relato cambia según a quién se pregunte.
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El coste. La transición democrática y la crisis del petróleo dejaron los presupuestos regionales en tensión. El teleférico de Comillas pasó de ser “deseable” a “demasiado ambicioso”.
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El impacto visual. Las asociaciones de vecinos, arquitectos y expertos en patrimonio modernista alzaron la voz: los cables cruzarían visualmente las perspectivas de Gaudí, Martorell y Llimona. Aquello no se podía permitir.
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Falta de consenso político. Algunos sectores veían el proyecto como un capricho elitista, otros como una amenaza a la identidad del pueblo. El cambio de gobierno local en 1982 fue la estocada final: el expediente fue archivado sin declaraciones públicas.
El futuro que no llegó… ¿y que tal vez no debía llegar?
Hoy, casi nadie en Comillas habla del teleférico. Ni como fracaso ni como herida. Simplemente se desvaneció. Lo curioso es que hay un consenso tácito: fue mejor así. El pueblo creció sin perder del todo su escala. Los turistas siguen caminando cuestas. El mar sigue siendo visible sin postes ni torres.
Pero en una carpeta, en una sala de archivo municipal poco consultada, el teleférico aún vive. Su diseño técnico sigue siendo sólido. Sus promesas, intactas. Y su historia nos obliga a pensar el urbanismo como narrativa moral: ¿qué estamos dispuestos a alterar en nombre del progreso?
Quizá lo más importante del teleférico de Comillas no es que no se hiciera, sino que fue pensado con la convicción de que era posible. Representa una época en la que el futuro aún era un lugar que se proyectaba, no solo que se gestionaba.
Hoy, en una España marcada por el desarrollo turístico desbordado, la historia de este teleférico no realizado puede leerse como una victoria del paisaje sobre la presión, o como una oportunidad que se dejó escapar.
Pero en cualquier caso, fue un sueño verídico. Y los sueños, incluso los que no se cumplen, definen a quien los tiene.