El misterio sumergido de Comillas: aseguran que hay trenes en el fondo del mar
Comillas oculta una historia fascinante: la leyenda de unos trenes sumergidos frente a su costa, sin documentos, pero con muchos testigos
Entre la bruma salina del Cantábrico y la línea tranquila de la arena mojada, Comillas oculta una historia que nunca fue escrita. O, mejor dicho, que se escribió con voces en vez de tinta. Una historia que, como muchos fantasmas de este litoral, vive en la memoria oral: la de los trenes hundidos frente a su playa.
Los pescadores más viejos de Comillas —los pocos que aún salen con redes de nailon azul y ojos endurecidos por el salitre— hablan de ello sin parpadear. “Ahí abajo hay hierro”, dice uno, señalando al horizonte con la barbilla mientras encaja un cigarro. La historia es siempre la misma, con pequeñas variaciones: una locomotora o varios vagones cargados de mercancía que cayeron al mar mientras se transportaban desde los acantilados próximos, en una operación logística de la que nunca hubo papel alguno.
¿Qué hay debajo de las olas?
La playa de Comillas no ha sido objeto de estudios arqueológicos submarinos extensos. La batimetría es modesta, el lecho marino está cubierto de fango denso, perfecto para tragarse secretos. En los años 60 y 70, cuando España vivía su particular fiebre del desarrollo, muchas infraestructuras se levantaron o cayeron al margen del registro público. Algunos hablan de un proyecto frustrado: una vía férrea que pretendía conectar Comillas con puntos industriales de la costa occidental, que habría sido abandonado antes de tiempo. Los trenes, entonces, no habrían sido accidentes, sino desechos de un futuro abortado.
En 1982, una fuerte marejada sacó a la superficie una estructura metálica oxidada, que fue rápidamente retirada sin explicaciones. La memoria popular lo asocia con “los trenes”. Los jóvenes de entonces recuerdan haber visto “una rueda gigante” sobresaliendo de la arena como un monstruo dormido. Los registros oficiales del Ayuntamiento son ambiguos: no hay constancia directa, pero sí hay menciones a una “limpieza de material industrial en zona marítima” en aquel año.
El mito como verdad paralela
Lo que fascina de este tipo de historias no es tanto su veracidad documental, sino su potencia simbólica. Los trenes hundidos son la metáfora perfecta de las promesas no cumplidas, de un Cantábrico que durante décadas se vio excluido del eje de modernización que unía el centro con el sur. Comillas, pese a su grandeza arquitectónica de otros siglos, se quedó mirando al mar como quien mira un tren que no para.
Hay algo profundamente nostálgico en esta historia: la sensación de que un progreso alternativo estuvo a punto de suceder aquí, y que fue enterrado con el silencio institucional y el óxido de la resignación.
¿Verdad o leyenda?
Como todo mito contemporáneo, el del tren hundido vive en una zona intermedia entre lo posible y lo real. Hay quien ha propuesto una intervención arqueológica, aunque los costes y el escaso interés político la hacen improbable. Pero quizás, como en tantas otras cosas, el mito sobrevive porque nadie quiere del todo que se resuelva. Saberlo todo significaría enterrar definitivamente el misterio.
Y mientras tanto, cada vez que una tormenta levanta la arena en Comillas, los que saben mirar esperan ver aparecer de nuevo la sombra metálica de un vagón olvidado.