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Otra farsa electoral en Venezuela: sin garantías, sin resultados, sin democracia

Las elecciones municipales de este 27 de julio se celebran en un clima de depresión colectiva, silencio forzado y estrategias de supervivencia política

Nicolás maduro durante una visita a Rusia. / EP
Nicolás maduro durante una visita a Rusia. / EP

Venezuela acude este domingo a unas elecciones municipales sin ilusión, sin garantías y sin participación significativa. El chavismo vuelve a poner en marcha su maquinaria electoral en condiciones democráticamente nulas, justo un año después del que muchos consideran el mayor fraude electoral de la historia reciente de América Latina, perpetrado el 28 de julio de 2024.

Aquel día, millones de venezolanos desafiaron el aparato del Estado para respaldar al candidato opositor Edmundo González Urrutia, quien obtuvo siete millones de votos frente a los tres millones de Nicolás Maduro, según las actas que la ciudadanía logró preservar y transmitir desde el interior del país. Sin embargo, el Consejo Nacional Electoral (CNE) nunca publicó los resultados oficiales ni permitió auditoría alguna. La dictadura los ignoró.

Una dictadura en fase de endurecimiento

Desde entonces, la represión se ha intensificado. Lo que algunos aún llamaban "dictablanda" ha dado paso a un régimen abiertamente autoritario. La Corte Interamericana de Derechos Humanos lo define como “terrorismo de Estado”. Cientos de opositores fueron encarcelados, perseguidos o forzados al exilio. Al menos 853 presos políticos siguen en prisión, entre ellos 81 extranjeros y 14 españoles, según el Foro Penal.

Las nuevas elecciones municipales no escapan al mismo guion: ausencia de condiciones democráticas mínimas, manipulación de las reglas del juego y una abstención prevista cercana al 85 %, tal como ocurrió en las parlamentarias de mayo. El oficialismo acude acompañado de una oposición simbólica, judicializada o cooptada, que apenas disimula el montaje electoral.

Trump, Chevron y la nueva realpolitik

El contexto internacional tampoco favorece un cambio. El reciente canje de presos entre los gobiernos de Maduro, Trump y Bukele, que permitió la excarcelación de 80 presos políticos a cambio de 238 venezolanos retenidos en El Salvador y 10 ciudadanos estadounidenses, revela una diplomacia pragmática donde los derechos humanos quedan fuera de la mesa.

El regreso de la petrolera estadounidense Chevron al país ha sido interpretado como una claudicación geopolítica. “La Administración Trump ha demostrado que sus prioridades están en los negocios, no en la democracia venezolana”, señala la politóloga María Puerta Riera. La llegada de Marco Rubio como secretario de Estado ha reforzado esta línea, centrada en frenar la inmigración antes que en fiscalizar regímenes represivos.

Una sociedad en repliegue táctico

El miedo reina. Muchos líderes opositores están presos o en la clandestinidad. María Corina Machado, gran impulsora del cambio, permanece desaparecida del escenario público desde hace semanas. Las nuevas generaciones se enfrentan a detenciones arbitrarias, acusaciones de terrorismo y torturas en centros de reclusión como el Cecot de El Salvador.

“El chavismo se ha fortalecido por la fuerza bruta, no por el respaldo popular”, resume el analista Luis Peche. La Venezuela actual se debate entre el repliegue emocional y la esperanza latente. “La represión de este año no la ha hecho más estable, solo más frágil en su legitimidad”, sostiene la consultora Carmen Beatriz Fernández, quien cree que el país sigue buscando una vía para expresar su ambición de cambio, incluso desde el silencio.

A 27 años del inicio de la Revolución Bolivariana, Venezuela vive uno de sus momentos más oscuros. Las elecciones municipales de este domingo no son más que una simulación de soberanía para consolidar el control del chavismo. Mientras tanto, la ciudadanía —de dentro y fuera del país— sobrevive entre el miedo, el duelo y la memoria de un 28-J que sigue siendo símbolo de resistencia democrática.

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