Derogar el sanchismo… ¿o heredarlo?

Prometer derribar el sistema es fácil… la duda es si luego conviene usarlo.
Prometer derribar el sistema es fácil… la duda es si luego conviene usarlo.

Alberto Núñez Feijóo ha convertido en lema una promesa de alto voltaje político: “derogar el sanchismo”. La expresión es potente, movilizadora y clara en su intención. Pero cuando el eslogan se enfrenta a la realidad del poder, las preguntas empiezan a acumularse.

Porque el llamado “sanchismo” no se limita a un conjunto de leyes. Es también una forma de ejercer el poder basada en una fuerte presencia en las instituciones, en reformas estratégicas y en una gestión muy directa de los centros de decisión públicos y semipúblicos. Desmontar eso implicaría algo más que cambiar discursos o modificar normas concretas.

Llegado el momento, si el PP alcanza La Moncloa, la cuestión será evidente: ¿renunciará Feijóo a utilizar las mismas herramientas que hoy critica? Empresas como Telefónica, RENFE o Correos, donde el peso accionarial del Estado es determinante, han sido tradicionalmente objeto de influencia política bajo gobiernos de distinto signo. La historia reciente demuestra que la tentación no es patrimonio exclusivo de una sigla.

Lo mismo ocurre con RTVE. El líder popular ha cuestionado reiteradamente la imparcialidad de la corporación pública. Pero si llega al Gobierno, ¿apostará por un sistema de elección verdaderamente independiente que limite la influencia del Ejecutivo? Sería un precedente relevante en un país donde los cambios en la dirección de los medios públicos han solido coincidir con los cambios de mayoría.

En el terreno legislativo, la promesa es aún más ambiciosa. Derogar la Ley de Amnistía, revisar reformas penales vinculadas al “procés” o replantear concesiones en materia competencial a Cataluña y al País Vasco. Todo ello requiere mayorías sólidas y una estrategia política que vaya más allá de la declaración de intenciones.

Porque una cosa es el compromiso desde la oposición y otra muy distinta la aritmética parlamentaria una vez en el poder. Las dinámicas institucionales tienden a consolidarse, y muchas veces quienes llegan prometiendo cambios profundos descubren que determinadas herramientas resultan útiles cuando se ocupa el despacho presidencial.

El debate, por tanto, no es solo si se puede “derogar el sanchismo”, sino si existe voluntad real de alterar las estructuras de poder cuando estas pasan a estar al alcance propio.

En política española, los relevos suelen modificar nombres y estilos, pero no siempre los mecanismos. Y ahí reside la incógnita.

El lema suena bien. La práctica, como siempre, será más compleja.

Comentarios