España al borde del colapso económico... Y que la fiesta siga

La fiesta continúa… aunque el suelo ya esté cediendo.
La fiesta continúa… aunque el suelo ya esté cediendo.

España se acerca, según algunos analistas, a un punto de tensión económica cada vez más delicado. Y lo que más preocupa no es solo la magnitud de la deuda, sino el escaso debate público que genera el uso de determinados recursos extraordinarios.

En los últimos días ha trascendido que parte de los fondos europeos podrían estar utilizándose para cubrir obligaciones estructurales como el pago de pensiones. No se trata de inversiones en infraestructuras o digitalización, sino de gasto corriente destinado a garantizar compromisos mensuales del Estado.

El matiz es importante. Cuando un país recurre a financiación extraordinaria para sostener gastos ordinarios, el debate deja de ser coyuntural y pasa a ser estructural.

Las pensiones no son un gasto secundario: constituyen uno de los pilares del sistema público y representan una parte muy relevante del presupuesto. Si su sostenibilidad depende en parte de mecanismos excepcionales de financiación, surge inevitablemente la pregunta sobre la viabilidad a medio y largo plazo del modelo.

El Gobierno defiende que estos instrumentos están dentro de la legalidad europea y forman parte de la flexibilidad presupuestaria aprobada tras la pandemia. También subraya que el empleo y los ingresos fiscales han crecido en los últimos ejercicios. Sin embargo, la deuda pública continúa en niveles elevados y el gasto estructural mantiene una tendencia ascendente.

El problema de fondo no es únicamente contable. Es una cuestión de equilibrio entre lo que el país genera y lo que el Estado compromete. Cuando el gasto crece más rápido que la economía real, la dependencia de financiación externa aumenta.

Al mismo tiempo, persisten tensiones visibles: dificultades de acceso a la vivienda, presión sobre el sistema sanitario, salarios que pierden poder adquisitivo y una productividad que avanza con lentitud. Todo ello alimenta la percepción de que el crecimiento no se traduce plenamente en bienestar tangible.

El debate no debería reducirse a consignas partidistas. Ni a la confrontación ideológica entre “escudo social” y “ajuste fiscal”. Lo que está en juego es la sostenibilidad de un modelo que requiere planificación a largo plazo, reformas estructurales y consenso político amplio.

Las matemáticas presupuestarias no son opinables. Pueden gestionarse con mayor o menor habilidad, pero terminan imponiendo límites.

La cuestión clave no es alarmar, sino anticiparse. Un país puede convivir con deuda elevada si existe una estrategia clara para reducirla progresivamente. Lo preocupante sería normalizar indefinidamente el recurso a fondos extraordinarios para cubrir obligaciones permanentes.

España necesita un debate sereno, técnico y transparente sobre sus cuentas públicas. Porque la estabilidad social no se construye solo con gasto, sino con crecimiento sostenible, productividad y credibilidad fiscal.

Las cuentas, tarde o temprano, siempre acaban cuadrando. Y conviene que lo hagan por decisión propia y no por imposición externa.


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