Cole, el radical de izquierdas que intentó matar a Trump

No nació del vacío: alguien llevaba tiempo diciéndole quién era el enemigo.
No nació del vacío: alguien llevaba tiempo diciéndole quién era el enemigo.

No basta con decir que era un loco. No basta con cerrar el caso en la cómoda etiqueta del desequilibrio mental y pasar página. Porque cuando alguien intenta asesinar a un presidente convencido de que está haciendo lo correcto, el problema no es solo individual: es también político y moral.

Cole Allen no actuó como un criminal común. Su manifiesto lo deja meridianamente claro: se veía a sí mismo como un ejecutor de justicia, como alguien obligado a actuar frente a lo que él consideraba un mal absoluto. Y esa percepción no surge en el vacío.

La siembra del odio político

Durante años, una parte de la izquierda estadounidense ha construido un relato donde Donald Trump no es un adversario, sino una amenaza existencial para la democracia. Se le ha llamado fascista, se le ha comparado con Hitler, se ha insistido en que su mera existencia política pone en peligro la convivencia.

Cuando se repite una mentira lo suficiente, alguien termina creyéndola. Y cuando se presenta al adversario como un monstruo, alguien termina pensando que eliminarlo es una obligación moral.

De la palabra a la violencia

El salto no es automático, pero tampoco es casual. La violencia política necesita antes un lenguaje que la legitime. Necesita una narrativa que convierta al enemigo en algo desprovisto de derechos, en un obstáculo que debe ser eliminado.

Eso es exactamente lo que refleja el manifiesto de Allen: la deshumanización total del objetivo y la convicción de que cualquier daño colateral es aceptable.

Una izquierda sin límites

El problema no es la crítica política. Es la irresponsabilidad. Hablar de “guerra”, pedir que “rueden cabezas” o afirmar que millones de personas viven bajo el terror de un líder político no es retórica inocente. Es gasolina sobre un terreno ya inflamable.

Y cuando esa gasolina prende, nadie quiere asumir la responsabilidad.

La lección que nadie quiere ver

Hoy ha sido Trump. Ayer fue Charlie Kirk. Mañana puede ser cualquiera. Porque cuando la política deja de ver al adversario como rival y empieza a verlo como enemigo, la democracia entra en zona de peligro.

No, no basta con decir que era un loco. Era un radical. Y como todo radical, actuó convencido de que tenía razón.

Ese es el verdadero problema. Y ese es el riesgo que muchos siguen sin querer reconocer.

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