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Lo que tu hijo lleva en el móvil parece inofensivo… hasta que sabes lo que realmente hace

Los expertos en salud mental alertan: la geolocalización constante puede dañar la autoestima y la confianza
Una menor con su teléfono enviando mensajes. / EP
Una menor con su teléfono enviando mensajes. / EP

El desarrollo de nuevas tecnologías ha traído consigo múltiples herramientas que facilitan nuestro día a día. Una de ellas, la geolocalización en tiempo real, permite conocer en todo momento la ubicación exacta de una persona a través de su teléfono móvil. Lo que nació como una función útil para padres preocupados, servicios de emergencia o plataformas de reparto, se ha normalizado hasta el punto de ser usada masivamente por niños y adolescentes... y eso podría no ser tan inofensivo como parece.

Especialistas en salud mental y desarrollo infantil han lanzado una alerta sobre el uso indiscriminado de la geolocalización entre menores, una práctica que cada vez se extiende más entre grupos de amigos jóvenes. Lo que muchos padres consideran una herramienta de seguridad, los expertos lo ven también como una fuente potencial de dependencia emocional, presión social e incluso vulnerabilidad.

El móvil como rastreador constante

Hoy en día, aplicaciones como WhatsApp, Snapchat, Google Maps o Find My Friends permiten compartir ubicación en tiempo real con una o varias personas. Entre adolescentes, esta función se ha convertido en una especie de “pulsera digital” que refuerza los lazos del grupo... pero también puede generar comportamientos tóxicos o intrusivos, según advierten los expertos.

«Estamos normalizando conductas que en realidad deberían preocuparnos», alerta María Salmerón, presidenta de la Sociedad Española de Medicina de la Adolescencia, en declaraciones a Antena 3 Noticias. “Los menores están en un momento clave del desarrollo de su personalidad. Si introducimos desde tan temprano la idea de que es normal saber dónde están tus amigos todo el tiempo, les estamos enseñando una falsa noción de control y dependencia.”

Un hábito con efectos emocionales

Salmerón insiste en que el peligro no es solo técnico —aunque existe, especialmente si un tercero accede a esos datos de ubicación—, sino también emocional y psicológico. “Cuando se convierte en norma que un amigo o pareja comparta su ubicación en tiempo real, se genera una expectativa. Si alguien se niega o se desconecta, puede ser motivo de conflicto. Se interioriza como una ofensa o señal de desconfianza, y eso puede afectar la autoestima y las relaciones.”

Además, añade la experta, el uso constante de esta función puede minar valores fundamentales como la confianza, la autonomía y el respeto a la privacidad. “No es necesario tener a alguien localizado 24/7. Lo que deberíamos enseñar es a confiar en la otra persona, no a seguirle el rastro digital.”

Seguridad sí, pero con sentido común

El uso de la geolocalización no es en sí negativo, y puede ser útil en contextos específicos, como cuando un menor sale por primera vez con sus amigos, viaja al extranjero o se encuentra en una situación de emergencia. El problema radica en la normalización de su uso como herramienta social y en la ausencia de límites claros sobre cuándo es apropiado activarla.

«Compartir la ubicación puede ofrecer tranquilidad en momentos puntuales, pero no debe convertirse en una rutina diaria ni en un requisito para la amistad», subraya Salmerón. “En muchos casos, no se trata de seguridad, sino de control”.

Consejos para padres y educadores

Ante esta realidad, los especialistas en salud digital recomiendan a padres, madres y educadores que dialoguen abiertamente con sus hijos sobre el uso de esta función. No se trata de prohibir, sino de educar. Aquí algunos consejos clave:

  • Hablar sobre la privacidad: Explicar a los menores que tienen derecho a su intimidad, incluso en el mundo digital.

  • Fomentar la confianza mutua: Si los padres sienten la necesidad de activar la geolocalización, debe hacerse con el conocimiento y consentimiento del hijo, y solo en situaciones concretas.

  • Establecer límites: Acordar en qué circunstancias se usará la localización, y durante cuánto tiempo.

  • Estar atentos a señales de presión social: Si un menor comparte su ubicación con amigos por obligación o miedo al rechazo, es momento de intervenir.

Una generación vigilada

En pleno 2025, los niños y adolescentes crecen con una exposición digital sin precedentes. La tecnología avanza más rápido que la capacidad de adaptación de las familias y sistemas educativos. Por eso, más que nunca, es crucial acompañar, guiar y proteger, sin caer en la sobreprotección ni en la vigilancia constante.

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