Cinco bosques de postal para perderte en Cantabria
Robles milenarios, tejos sagrados, secuoyas colosales y abedules junto al río componen la espectacular paleta natural de Cantabria. Con la llegada del otoño, estos paisajes despliegan todo su esplendor, ofreciendo postales irrepetibles. Si buscas escapar de la rutina y fundirte con la naturaleza, te proponemos cinco bosques cántabros de ensueño que parecen sacados de un cuento.
Robles milenarios en Valderredible: ecos celtas bajo las copas
En los alrededores de Bustillo del Monte, donde el horizonte se corona con el Monte Hijedo, los ecos de los celtas siguen resonando entre los árboles. Aquí, robles milenarios hunden sus raíces en la historia, en un paisaje que aún conserva la esencia de tiempos paganos, previos a la romanización.
Vecinos y viajeros pasean entre árboles bautizados como La Piruta, El Viejo o El Roble de las Brujas, testigos mudos del paso de generaciones. Hayas y tejos completan este mosaico vibrante de color y vida, que invita a caminar con la sensación de adentrarse en un lugar mágico.
Y si quieres prolongar la experiencia, a pocos kilómetros se encuentra la Cascada del Tobazo, un rincón natural de gran belleza en Villaescusa de Ebro, donde el agua desploma su fuerza sobre la roca en un entorno casi místico.
Braña de los Tejos: el santuario celta de Cantabria
Subir hasta la Braña de los Tejos, en el municipio de Peñarrubia, es mucho más que una ruta de montaña: es una peregrinación espiritual. Este bosque de tejos milenarios, especie sagrada para los antiguos celtas, parece haber detenido el tiempo. Bajo sus copas se celebraban concejos, reuniones y ritos.
La ruta circular que parte de Cicera atraviesa valles ganaderos y ofrece vistas únicas del mar Cantábrico y localidades como San Vicente de la Barquera o Comillas. La energía que desprende este pequeño santuario natural justifica sobradamente el esfuerzo de sus 16 kilómetros de recorrido.
El Monumento Natural de las Secuoyas: gigantes de otro continente
A un paso de Comillas, en el Monte Cabezón, se alza un bosque que parece trasplantado directamente desde California: el Monumento Natural de las Secuoyas. Plantadas en los años 40 como ensayo forestal, hoy crecen más de 850 secuoyas de hasta 50 metros de altura.
Recorrer sus senderos de madera, intentando abrazar sin éxito sus colosales troncos, es una experiencia fascinante para todas las edades. Este bosque es el más grande de Europa de su especie, y su atmósfera, con la luz filtrándose entre los árboles, resulta especialmente mágica en otoño.
Senda Fluvial del Nansa: el bosque que corre junto al río
Si prefieres caminar con el sonido del agua como banda sonora, la Senda Fluvial del Nansa te espera. Un recorrido de 14 kilómetros entre Muñorrodero y Cades, que bordea el río Nansa a través de bosques de abedules, acebos y hayas.
Gracias a sus pasarelas de madera y puentes rústicos, es una ruta accesible para todos los públicos. Además, en el camino se descubren joyas históricas como la Ferrería de Cades y la central hidroeléctrica de Trascudia, ejemplos de cómo antaño el hombre aprovechaba la fuerza de la naturaleza.
Castañar del Habario: el refugio de los castaños milenarios
Muy cerca de Pendes, en pleno corazón de Liébana, encontramos uno de los bosques más entrañables de Cantabria: el Castañar del Habario. Este antiguo bosque de castaños centenarios no solo fue fuente de alimento y madera, sino también escenario de leyendas y celebraciones.
Es un lugar ideal para un pícnic bajo las hojas doradas, sobre todo en otoño, cuando la luz tamizada crea una atmósfera de ensueño. De hecho, su belleza ha inspirado incluso a la industria del cine, sirviendo de localización para recrear las montañas suizas en películas.
En cada sendero, en cada árbol, Cantabria guarda un relato milenario. Visitar estos bosques es mucho más que una excursión: es una invitación a conectar con la naturaleza, la historia y la magia de un territorio donde el tiempo se mide en siglos y las raíces profundizan en la memoria.

