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Francisco rompe con la tradición: su tumba no estará en San Pedro, así será su funeral

Misa Arquidiocesana Nia en el Estadio Rock Park de Lugano, oficiada por el Cardenal Jorge Bergoglio y presenciada por 15.000 jóvenes de la capital. / Maxie Amena

Su último gesto no será una homilía ni una encíclica, sino una tumba silenciosa | En el templo donde comenzó cada misión, Francisco ha querido acabar su camino

El último deseo del Papa Francisco ha confirmado su ruptura con las tradiciones no por rebeldía, sino por coherencia espiritual. Frente a la imponente solemnidad de la Basílica de San Pedro, donde descansan la mayoría de los papas modernos, Francisco ha optado por la sencillez, por lo simbólico, por la devoción. Su lugar de reposo eterno será la Basílica de Santa María la Mayor, un gesto profundamente personal y profundamente teológico. Su muerte marca el fin de uno de los pontificados más significativos y reformistas de la historia reciente de la Iglesia Católica. Pero también marca el inicio de un funeral que, lejos de los fastos tradicionales, se desarrollará siguiendo las instrucciones sencillas y profundamente simbólicas que él mismo dejó establecidas.

Un Papa mariano hasta el final

Desde su primera mañana como pontífice, Jorge Mario Bergoglio acudió a Santa María la Mayor para postrarse ante la imagen de la Salus Populi Romani, patrona de Roma y testigo silenciosa de sus decisiones más íntimas. Antes y después de cada viaje, cada misión diplomática, cada momento crítico, regresaba allí. No era una devoción esporádica; era una relación espiritual constante, una especie de confidencia cotidiana con la Madre.

Por eso, en diciembre de 2024, anunció públicamente que ya estaba preparada la capilla en la que sería enterrado, en la nave izquierda de la basílica, cerca del icono mariano. Un lugar discreto, lejos del mármol solemne y las tumbas imperiales de los predecesores. El Papa de los pobres, del silencio, de los gestos que hablan más que las encíclicas, eligió el rincón donde había llorado, rezado y confiado su alma.

Un rito milenario, adaptado a una visión pastoral

El funeral de un Papa es, por tradición, uno de los acontecimientos religiosos más solemnes del catolicismo. Consta de una serie de rituales litúrgicos, decisiones administrativas y gestos históricos que buscan honrar la figura del pontífice fallecido y preparar la elección de su sucesor. Sin embargo, el Papa Francisco reformó este protocolo en vida para despojarlo de todo elemento de ostentación innecesaria, en coherencia con su visión de una Iglesia más pobre, más cercana y más fiel al Evangelio.

El anuncio oficial y la primera decisión: romper el Anillo del Pescador

La muerte ha sido certificada por el camarlengo, el cardenal Kevin Farrell, quien a las 7:35 de la mañana ha declarado que “el obispo de Roma, Francisco, ha regresado a la casa del Padre”. Como marca el protocolo, el camarlengo ha tomado posesión simbólica de la Iglesia durante el período de sede vacante y ha procedido a la destrucción del Anillo del Pescador, sello pontificio que simboliza la autoridad del Papa y cuya rotura impide cualquier posible uso fraudulento.

Sin catafalco ni triple ataúd: la elección de la sencillez

A diferencia de sus predecesores, el Papa Francisco no será expuesto en un catafalco en la Basílica de San Pedro. Su cuerpo no será objeto de una exhibición pública prolongada. En lugar de los tres féretros tradicionales (de ciprés, plomo y roble), será depositado directamente en un sencillo ataúd de madera, sin símbolos de poder, como él mismo solicitó en la reforma del Ordo Exsequiarum Romani Pontificis aprobada en 2024.

Esta decisión rompe con una tradición que data del siglo XVII y pretende expresar una verdad fundamental que el Papa repitió muchas veces: "la muerte nos iguala a todos".

¿Romper la tradición? No del todo

Aunque la imagen popular asocia a todos los papas con las Grutas Vaticanas, la historia es mucho más diversa. Menos de un tercio de los papas han sido sepultados en San Pedro. Durante siglos, era común que los pontífices eligieran templos de Roma con los que tuvieran vínculos personales o pastorales.

León XIII descansa en San Juan de Letrán. Pío IX, en San Lorenzo Extramuros. Clemente XIV, en los Santos Apóstoles. Incluso Gregorio XI y Clemente V están enterrados en Francia. La elección de Santa María la Mayor, por tanto, no es una ruptura histórica, sino una vuelta a la tradición más auténtica: la de la coherencia personal y espiritual.

Un entierro con mensaje

Francisco no sólo será recordado por dónde predicó, sino por cómo quiso morir y dónde quiso descansar. Su decisión expresa una preferencia por la humanidad frente al poder, por la intimidad frente al protocolo, por lo esencial frente a lo espectacular.

En vida, reformó la Curia para acercarla a los laicos. Permitió que las mujeres accedieran a cargos reservados durante siglos a los obispos. Abrió las puertas a los que vivían en "situaciones irregulares". Criticó la rigidez doctrinal sin abandonar la ortodoxia. Promovió una Iglesia sinodal, descentralizada, fraterna. Y ahora, en la muerte, renuncia a ser otro mármol en las grutas de Pedro, para reposar donde vivió su oración.

La Virgen como brújula

Cuando dijo que quería ser enterrado “donde he rezado toda mi vida”, Francisco expresó en pocas palabras la totalidad de su pontificado. Como escribió una vez: “María es la estrella de la nueva evangelización”. Desde su juventud en Buenos Aires, donde visitaba la basílica de San José de Flores, hasta su despedida final en Roma, María fue la madre que lo sostuvo en el ministerio más pesado del mundo.

Santa María la Mayor no será solo su tumba. Será el eco de su alma. Allí resonará su voz —a veces quebrada, pero siempre firme— diciendo una y otra vez: “Recen por mí.

Elegir su lugar de descanso no ha sido una decisión administrativa, sino un acto de teología vivida. En ese rincón, entre las piedras gastadas y la presencia constante de la Virgen, descansará el hombre que quiso ser más pastor que príncipe, más hermano que monarca, más Francisco que pontífice.