obituario

Fallece Fernando Lázaro, referente del periodismo de investigación en España

Fernando Lázaro se ha ido, pero deja una estela luminosa de compromiso, excelencia y humanidad | El periodismo pierde una de sus voces más valientes. Y España, uno de sus cronistas más fieles
Fernando Lázaro durante una entrevista en EsRadio. / X
Fernando Lázaro durante una entrevista en EsRadio. / X

El periodismo español despide a una de sus figuras más emblemáticas. Fernando Lázaro, periodista de investigación y redactor de El Mundo durante más de tres décadas, falleció el pasado 14 de junio en Madrid a los 59 años, víctima de un linfoma MALT contra el que luchó con tenacidad desde 1999. Su nombre está ligado de forma inseparable a algunas de las exclusivas más importantes de la historia reciente del país, y su legado profesional es ya parte del ADN del periodismo de investigación en España.

Nacido en Logroño en abril de 1966, Lázaro comenzó su carrera en Diario 16, donde desde muy joven mostró un olfato y una energía poco comunes. En 1989 se unió al equipo fundador de El Mundo, donde empezó como redactor de noche y rápidamente se convirtió en un referente en la sección de Nacional, especializado en Interior, Seguridad, Terrorismo y Tribunales.

Su firma fue sinónimo de exclusivas. Desde los atentados de ETA y los crímenes de los GAL, hasta las investigaciones que destaparon la corrupción del caso Gürtel, el escándalo del bar Faisán, la evasión de capitales de los Pujol en Andorra o, más recientemente, las fotografías exclusivas de Delcy Rodríguez en Barajas, cada una de sus piezas reflejaba su compromiso inquebrantable con la verdad.

Una de sus informaciones más recordadas fue la portada que mostraba los féretros acumulados en el Palacio de Hielo de Madrid durante los días más trágicos de la pandemia de COVID-19. Una imagen de enorme impacto que Lázaro consiguió con esfuerzo y sensibilidad, y que él mismo nunca quiso firmar por respeto. A pesar de ello, la Fundación Jiménez-Becerril, la Conferencia Episcopal, Dignidad y Justicia, y otras entidades premiaron su trabajo con diversos galardones que reconocieron su impacto en la conciencia colectiva del país.

A lo largo de su carrera, Lázaro supo ganarse la confianza de fuentes clave en el seno de las Fuerzas de Seguridad, el Poder Judicial y la política, lo que le permitió acceder a información de primer orden. Su estilo directo, su rigor profesional y su intuición periodística lo convirtieron en uno de los reporteros más influyentes de su generación. El respeto que le profesaban tanto compañeros como rivales, así como su enorme capacidad de trabajo, consolidaron su figura como un periodista de raza, comprometido con la verdad y la ética informativa.

Pero más allá del periodista, Fernando Lázaro fue una persona profundamente humana, generosa, leal y alegre. En la redacción de El Mundo era conocido por su sentido del humor, sus bromas habituales, su capacidad para levantar el ánimo de sus compañeros incluso en los días más difíciles. Muchos recuerdan con cariño su eterna camiseta del Real Madrid colgada en su mesa y su saludo habitual: “¿Quién está de sheriff?”, que anticipaba una nueva exclusiva.

Durante años vivió bajo la amenaza de ETA y soportó presiones de todo tipo, pero nunca permitió que el miedo o la conveniencia dictaran su línea editorial. Esa integridad, unida a su calidad humana, dejó una marca indeleble en sus colegas y discípulos, muchos de los cuales reconocen haber elegido esta profesión inspirados por su figura.

También desempeñó una importante labor como formador en diversos másteres de periodismo, donde transmitía a las nuevas generaciones su pasión por la información, su visión crítica del poder y su convicción de que el periodismo, cuando se ejerce con honestidad, es una herramienta esencial para la democracia.

Hasta sus últimos días, Fernando Lázaro siguió trabajando, escribiendo artículos y participando en tertulias de radio y televisión. Su última publicación en El Mundo es del pasado febrero, y permaneció activo en redes sociales casi hasta el final. Su fortaleza personal y profesional, así como su amor por el oficio, fueron más fuertes que la enfermedad que lo acompañó durante más de dos décadas.

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