La ruta por Santander que toda persona debería hacer al menos una vez en la vida
Hay días que se saborean, que se quedan para siempre. El cielo limpio, la brisa salada del Cantábrico y la mejor compañía: amigos de toda la vida, redescubriendo Santander. Con el verano por bandera y muchas ganas de disfrutar, nos lanzamos a recorrer esos sitios que son más que restaurantes: son momentos. Una ruta gastronómica y emocional que te hará querer volver una y otra vez.
1. Empezamos fuerte: tortilla jugosa en Rúa
Si hay un comienzo perfecto para cualquier plan en Santander, es una tortilla de patata con cebolla en Rúa. Súper jugosa, sabrosa y recién hecha, la sirven acompañada de un vermut de grifo que marca el ritmo del día. El local, acogedor y siempre animado, es perfecto para iniciar la jornada entre risas y sabores de siempre. ¿Eres de cebolla o sin? Aquí puedes probar ambas… y mucho más.
2. Tapas marineras en Plaza Cañadío
Después del primer brindis, rumbo a la plaza Cañadío, el corazón de las tardes santanderinas. En Taberna Cachalote nos apetecía algo de mar: rabas crujientes y chipirones a la plancha. El ambiente es informal pero con ese encanto de los bares donde el tiempo no importa. Ideal para picar algo de pie, entre charlas y sol en la cara.
3. Más tortilla en uno de los templos del sabor
Seguimos con una parada en uno de esos lugares que ya han cruzado fronteras: la tortilla del bar Cañadío. Famosa en Madrid, imprescindible en Santander. Melosa, equilibrada, con el punto justo de huevo y patata. No hace falta decir más: quien la prueba, repite. Si tienes suerte de encontrar mesa, siéntate. Si no, disfruta como tantos otros en la barra. La espera siempre merece la pena.
4. Un matcha diferente en Atypique
Para dar un giro al plan, hicimos parada en Atypique, una cafetería recién abierta que mezcla lo clásico con lo moderno. Allí probamos un matcha latte suave y refrescante, perfecto para digerir lo anterior y reponer energías. El espacio, bonito y tranquilo, es ideal para una pausa relajada antes de seguir descubriendo la ciudad.
5. Y de postre... helado en Regma, como manda la tradición
Porque ninguna visita a Santander está completa sin un helado de Regma. Frente al mar, con la ría de fondo, eligiendo entre sabores infinitos (y bolas gigantes). Nosotras nos decantamos por los clásicos: nata, turrón, chocolate. Aunque lo importante no era el sabor, sino el momento. Caminar con el helado en mano, viendo cómo la ciudad se tiñe de luz dorada, es un pequeño lujo que no falla.
Esta ruta no solo tiene sabor, tiene alma. Es una forma de decir que Santander no solo se visita, se vive. Cada parada fue un reencuentro: con amigas, con recuerdos, con la ciudad que nos vio crecer. Y lo mejor es que siempre queda algo por descubrir. Así que ya sabes: si vienes a Santander, ven con hambre... de todo.