El robo del siglo: así era la Bahía de Santander antes de ser devorada
El entorno de la Bahía de Santander es uno de los marcos más representativos del Cantábrico, tanto por su proximidad íntima con la ciudad como por la silueta imponente que proyecta sobre el horizonte. No es casualidad que hasta hace pocas décadas diera nombre a toda la provincia, hoy convertida en comunidad autónoma.
Si ahora su belleza es incuestionable, resulta difícil imaginar su esplendor en siglos pasados, antes de que la revolución industrial, en su voracidad por el avance, desmembrara en apenas siglo y medio un orden natural que había perdurado por milenios. La minería, el ferrocarril y las necesidades del puerto transformaron de manera irreversible un ecosistema que garantizaba la vida y la riqueza, en ese equilibrio que hoy denominamos biodiversidad.
De la marisma al asfalto: la amputación de una bahía
El daño no fue casual ni aislado. En todas partes, y con el beneplácito de los poderes públicos, la industrialización se cebó con los ecosistemas más ricos: las marismas. Consideradas insalubres por los sanitarios y un estorbo por los políticos, fueron entregadas a contratistas y promotores, quienes las cubrieron con millones de toneladas de residuos mineros y escombros de obra. Mientras tanto, los poetas guardaban silencio y la gente sencilla aceptaba resignada las promesas de modernidad.
Santander no fue una excepción. En 1840, la carta marina del brigadier Antonio Arévalo estimaba la extensión bruta de la bahía en 4.500 hectáreas. Solo unas décadas después, comenzó la estrategia de ganar terreno al mar, primero con cientos de quintales de relleno, luego con miles, hasta que la transformación fue irreversible. Se buscaba solucionar un doble problema: eliminar los excedentes mineros y, a la vez, crear suelo llano para infraestructuras y prados.
A día de hoy, se estima que 950 hectáreas han sido transformadas en suelo urbano, mientras que otras 500 han quedado dañadas en su dinámica estuarina. En total, un tercio de la bahía original ha desaparecido bajo el hormigón y el asfalto.
Un puerto en constante dragado, una ciudad que no quiere ver
A esta pérdida se suman las alteraciones que causan los dragados continuos, necesarios para que el puerto de Santander siga compitiendo en un comercio global insostenible. Cada vez se requieren calados más profundos para recibir embarcaciones de gran tonelaje, lo que destruye los fondos marinos y altera las corrientes naturales.
Pese a este panorama, la bahía sigue siendo una joya paisajística. En una mañana de viento sur y visibilidad impecable, nadie imaginaría la magnitud del daño. Aun así, persisten los vestigios de lo que fue:
- Museo Marítimo del Cantábrico, que recoge la historia naval y la riqueza biológica del entorno.
- Palacio de Festivales de Cantabria, donde la cultura dialoga con el mar.
- Palacete del Embarcadero, testigo de la historia portuaria.
- Grúa de Piedra, símbolo del pasado industrial.
- Muelle de Puertochico, un antiguo puerto pesquero convertido en espacio de recreo.
- El paseo en barco hasta la playa del Puntal, la mejor manera de contemplar la bahía desde dentro.
Los Raqueros: la memoria que resiste
Si hay un símbolo que aún recuerda el pasado de la bahía, es la escultura de Los Raqueros, cuatro niños de bronce situados en el Paseo Pereda. Representan a los niños más pobres de Santander en los siglos XIX y XX, que pasaban los días en los muelles, esperando a que los transeúntes les lanzaran monedas al agua para recogerlas buceando.
Son, quizás, una metáfora perfecta de la bahía misma: un espacio que ha sido explotado, transformado y empobrecido, pero que sigue en pie, aferrado a la memoria y a la nostalgia de lo que fue.

