Gastronomía

Este es el restaurante más exótico de Santander

Pocos lo conocen la primera vez. Nadie lo olvida después. Está en pleno centro de Santander, pero su ambiente, su ritmo y su forma de recibirte parecen sacados de otra parte

Algunas de las opciones que ofrece el restaurante. / A.E
Algunas de las opciones que ofrece el restaurante. / A.E

En pleno centro de Santander, entre las fachadas que miran al Cantábrico y el ritmo pausado del norte, se encuentra La Mano de Fátima, un restaurante que desde 2020 ha conseguido algo que pocos logran: transportar al comensal a otro lugar del mundo con cada plato, cada aroma y cada detalle de su decoración. Aquí, la tradición del Magreb se fusiona con una presentación refinada y una hospitalidad que habla el lenguaje de la cultura árabe: generosidad, sabor y calidez.

El proyecto nace del impulso de Nabil Bour-qaiba, chef de origen marroquí, que tras formarse en diferentes cocinas de su país y especializarse en turismo, decidió abrir en Santander un espacio donde compartir los sabores auténticos de su tierra natal. La Mano de Fátima no solo es un restaurante, es un pequeño viaje gastronómico por el norte de África, con parada en tajines, cuscús, mezzes, tés especiados y dulces aromáticos que evocan los zocos, los patios escondidos y las cocinas tradicionales de Rabat, Fez o Marrakech.

El sabor de Oriente, plato a plato

La carta está pensada como una experiencia que empieza con el pan y termina con el té. Los aperitivos fríos, como el clásico hummus, el mutabbal (crema de berenjenas), el refrescante tzatziki, o la intensa muhammara con pimientos y nueces, son ideales para compartir, igual que su surtido de mezzes. Entre las ensaladas, destacan combinaciones como la de halloumi a la parrilla con naranja y rúcula, o el colorido fattoush con pan crujiente y melaza de granada.

Los entrantes calientes permiten seguir descubriendo texturas y aromas: desde la tradicional sopa Harira, densa y especiada, hasta el crujiente y dorado falafel casero. También destacan los arayes de kofta —pan libanés relleno de carne especiada— o el arroz árabe con frutos secos, fideos y agua de azahar, un acompañamiento que por sí solo justifica la visita.

Tajines, cuscús y brasas: los pilares del Magreb

Las grandes joyas de la carta llegan servidas en barro cocido y cocinadas con paciencia: los tajines. El de pollo con limón confitado y aceitunas verdes, el de ternera con ciruelas y almendras, el de bacalao con tomate y verduras, o el de kofta con huevo y salsa especiada, son platos llenos de identidad, cocinados a fuego lento para que cada ingrediente cuente su historia.

No falta el cuscús, emblema de la cocina norteafricana. Desde la versión con cordero, cebolla caramelizada y almendras, hasta el vegetal, lleno de colores, legumbres y ciruelas, o el de brochetas de pollo: todos combinan sémola esponjosa, contrastes dulces y salados y aromas profundos.

En la parrilla, se sirven pinchos morunos de cordero, el shish taouk de pollo marinado en yogur y especias libanesas, o la sabrosa hamburguesa de kofta con queso de cabra y cebolla caramelizada. Cada propuesta viene acompañada de arroz aromático, pan libanés y guarniciones tradicionales, en porciones generosas y pensadas para compartir.

Los dulces del desierto

Para cerrar la experiencia, La Mano de Fátima ofrece una selección de postres tradicionales árabes: desde la clásica baklawa de pistacho bañada en sirope de azahar, hasta el cremoso muhalabia, el turrón de sésamo (halawa) o las sorprendentes trufas especiadas con cardamomo y azafrán. También destacan dulces como la bassbousa de almendras y coco, que conquista por su textura húmeda y su aroma envolvente.

Té con alma, café con historia

El restaurante también es un lugar perfecto para disfrutar de una buena infusión o un café especial. Su carta de tés morunos, rooibos, mezclas aromáticas y cafés con cardamomo convierte la sobremesa en un ritual. El Té Mil y Una Noches, el Té Medina Azahara o el Pakistani chai con leche y especias son ejemplos del mimo con el que se trabaja cada bebida. También se pueden degustar cervezas árabes como Almaza o Beirut, que complementan con acierto los sabores de la carta.

Un ambiente cuidado y un servicio cercano

La Mano de Fátima cuida tanto el plato como el entorno. La decoración, inspirada en el artesonado árabe, las cerámicas, los tejidos y la luz tenue de Oriente, crea una atmósfera envolvente, ideal para cenas íntimas, celebraciones especiales o simplemente para desconectar de la rutina.

La atención es cercana y amable, con explicaciones detalladas para quienes se acercan por primera vez a esta cocina. La carta está pensada para todos los públicos, con opciones vegetarianas y adaptaciones suaves para paladares menos atrevidos, sin perder la esencia.

La experiencia

La Mano de Fátima no es solo un restaurante, es una propuesta cultural, sensorial y gastronómica. Es un homenaje a los sabores del Magreb con productos de calidad y técnica impecable. Un lugar donde el pan se comparte, el tajín se cuece a fuego lento y el té se bebe con calma, tal y como manda la hospitalidad árabe.

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