HISTORIA DE SANTANDER

Entre la luz y la niebla: las historias que guardan los faros de Santander

Vista aérea de Santander, donde se ve el faro. / A.S.
En lo alto de los acantilados de Santander, una torre de piedra sigue iluminando el Cantábrico como lo hacía en 1839

Cuando la niebla cubre los acantilados de Cabo Mayor, el haz de luz del faro recorta la oscuridad como una constante que resiste al tiempo. En lo alto del promontorio, esta torre de 1839 no solo ha guiado a marineros, sino que ha marcado el ritmo vital de generaciones de fareros y ha sido testigo de algunos de los episodios más desconocidos de la historia de Santander.

Cabo Mayor: más de 180 años iluminando la costa cántabra

El Faro de Cabo Mayor fue inaugurado el 15 de agosto de 1839, convirtiéndose en el primer faro de Cantabria. Se construyó bajo la dirección del ingeniero Felipe Bauzá, y desde su torre de 30 metros de altura se proyecta una luz visible hasta 30 millas náuticas en noches despejadas.

Su emplazamiento, en la entrada norte de la bahía, fue elegido por su visibilidad y su función estratégica: evitar los continuos naufragios que se producían en esta zona del Cantábrico. Durante más de un siglo, el faro fue operado manualmente por fareros que residían en el edificio anexo, hoy convertido en centro cultural.

La vida del farero: un oficio en extinción

Hasta mediados del siglo XX, los fareros vivían en el propio faro, junto a sus familias. Encendían manualmente la linterna, primero alimentada con aceite, más tarde con gas y finalmente con electricidad. Su tarea incluía el mantenimiento del sistema óptico, la limpieza de los cristales y el seguimiento meteorológico diario.

En documentos del Ministerio de Fomento y Puertos del Estado, se recogen registros de fareros activos en Santander hasta finales de los años 80. Desde entonces, el sistema está completamente automatizado, aunque sigue supervisado remotamente por la Autoridad Portuaria.

Cabo Menor: entre lo militar y lo simbólico

Menos conocido, pero con interés propio, el Faro de Cabo Menor se ubica a apenas 1 km al este. De menor altura y alcance, su estructura actual data de mediados del siglo XX, aunque la zona ya tenía usos estratégicos desde antes. Durante la Guerra Civil española, Cabo Menor fue parte del sistema de vigilancia del litoral: aún se conservan restos de baterías militares, búnkeres y trincheras.

A diferencia de Cabo Mayor, en Cabo Menor no hubo residencia de fareros, ya que su estructura no estaba pensada para larga estancia. Aun así, se integró dentro del sistema de señales costeras del norte peninsular.

El faro como espacio cultural: del oficio a la inspiración

Desde el año 2001, el antiguo edificio anexo al faro de Cabo Mayor alberga el Centro de Arte Faro Cabo Mayor (CAFCM), gestionado por la Autoridad Portuaria en colaboración con la Fundación Santander Creativa. Su colección permanente incluye obras del artista Eduardo Sanz, quien dedicó buena parte de su vida a retratar faros de todo el mundo, con especial foco en el cántabro.

Este espacio busca preservar la memoria del faro como símbolo y como herramienta, y es hoy uno de los pocos ejemplos en España donde un faro activo convive con una institución cultural pública.

Una luz que sigue girando

A pesar de los cambios tecnológicos, la linterna del Cabo Mayor sigue encendiéndose cada noche. Su haz, que gira a intervalos de 5 segundos, continúa siendo una referencia para embarcaciones en tránsito.

Según datos de la carta náutica 401 del Instituto Hidrográfico de la Marina, el faro está clasificado como AY-170 y es considerado de primer orden, con un alcance nominal de 30 millas y una elevación focal de 91 metros sobre el nivel del mar.

Hoy, miles de personas visitan los alrededores del faro cada año. Pasean por sus acantilados, toman fotografías y contemplan el mar. Pero pocos conocen que allí vivieron familias enteras, que hubo tormentas históricas documentadas en los registros del faro, o que las señales del Cabo Mayor evitaron decenas de naufragios en el siglo XIX.

En un tiempo donde casi todo es automático y visible, los faros de Santander nos recuerdan lo invisible: el trabajo callado, la espera, el deber de permanecer alerta incluso cuando nadie mira.