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La calle con más historia de Santander ¿La conocías?

Es el corazón urbano de la memoria santanderina, una galería viva donde la ciudad recuerda quién fue y hacia dónde sigue caminando

Una zona del paseo Pereda en Santander. / A.S.
Una zona del paseo Pereda en Santander. / A.S.

El Paseo de Pereda no es simplemente una calle con vistas al Cantábrico. Es, desde el siglo XIX, el escaparate urbano de Santander, su cara más elegante, literaria y representativa.

Situada entre la Bahía de Santander y el Centro Botín, y flanqueada por una hilera de edificios decimonónicos de gran valor arquitectónico, esta calle ha sido testigo de la transformación de la ciudad, desde su apertura comercial al mundo hasta su renacimiento tras incendios y guerras.

Su trazado actual data del siglo XIX, cuando el antiguo muelle y zona portuaria comenzaron a transformarse en un espacio urbano destinado al paseo, el comercio y la representación social de las clases acomodadas. Antes, la zona estaba ocupada por almacenes, barracones y estructuras de carga, ligados al intenso tráfico marítimo de carbón, sal, lana y bacalao.

¿Quién fue Pereda y por qué da nombre al paseo?

La calle toma su nombre del escritor José María de Pereda (1833–1906), nacido en Polanco, muy cerca de Santander, y considerado uno de los grandes novelistas del realismo español.

Pereda retrató como pocos la vida rural y marinera de Cantabria, con obras como Sotileza, Peñas arriba o El sabor de la tierruca, que muestran la dureza, el orgullo y la belleza del mundo tradicional montañés.

El monumento en su honor, erigido en 1911 en uno de los extremos del paseo, es obra de Lorenzo Coullaut Valera. No es casual que esté allí: el escritor solía pasear por esa zona, y su figura quedó para siempre ligada al Santander que miraba con orgullo al mar, pero también con melancolía hacia su tierra interior.

Arquitectura burguesa, cafés literarios y ventanas a la bahía

Los edificios del Paseo de Pereda forman una de las fachadas urbanas más coherentes y elegantes de toda Cantabria. Construidos en su mayoría entre 1850 y 1920, reflejan el auge de una burguesía comercial, ilustrada y modernizadora, que deseaba vivir de cara al mar y participar de la nueva estética europea.
Entre sus fachadas de piedra clara, sus balcones de forja y sus miradores de cristal, se esconden antiguas viviendas, consulados, sedes de navieras y oficinas de exportación.

Aquí se ubicaban algunos de los primeros cafés literarios de Santander, donde se reunían escritores, políticos, comerciantes y periodistas. El Ateneo de Santander, ubicado a pocos metros, complementaba esa vida intelectual, reforzando el carácter cultural y social del paseo como centro neurálgico de la ciudad culta.

Sobrevivir al fuego: el incendio de 1941

Cuando el incendio de febrero de 1941 arrasó buena parte del centro histórico de Santander, el Paseo de Pereda sobrevivió milagrosamente.
Su cercanía al mar y la acción del viento evitaron que las llamas lo devoraran, a diferencia de calles vecinas como Isabel II, los Escalantes o San Francisco.

Esa supervivencia le dio, desde entonces, un estatus simbólico de resistencia. Mientras el resto de la ciudad era rediseñada por el urbanismo franquista, el Paseo de Pereda se mantuvo como ancla de la Santander anterior al desastre, como memoria visible de lo que fue y de lo que resistió.

Una calle que evoluciona sin renunciar a su alma

En las últimas décadas, el Paseo de Pereda ha seguido transformándose:
— Se ha hecho peatonal en buena parte.
— Ha ganado conexión directa con el Centro Botín (inaugurado en 2017), que ha redibujado su relación con los Jardines de Pereda.
— Ha visto cambiar sus comercios: bancos, joyerías y librerías tradicionales han dado paso a franquicias, sin perder del todo su carácter señorial.

Y sin embargo, sigue siendo una de las postales vivas de Santander, tanto en los días de viento sur como en los atardeceres de calma, cuando el sol cae sobre la bahía y los cristales reflejan una ciudad que nunca deja de mirarse en el mar.

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