El mito de beber dos litros de agua diarios pierde respaldo científico
Durante años, la recomendación de beber ocho vasos de agua diarios, equivalentes a dos litros, se ha difundido como una pauta general de salud. Sin embargo, esta cifra no responde a un criterio científico universal. La evidencia actual señala que las necesidades de hidratación varían según factores fisiológicos y contextuales, lo que cuestiona la validez de una norma fija.
El origen de esta creencia se sitúa en una recomendación de 1945 del Food and Nutrition Board de Estados Unidos, revisada posteriormente por el doctor Heinz Valtin en 2002. El documento sugería una ingesta total de líquidos de unos 2,5 litros diarios, incluyendo los aportes procedentes de los alimentos, un matiz que fue omitido y dio lugar a la conocida regla “8x8”.
Las principales instituciones científicas mantienen hoy una interpretación distinta. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) fija ingestas adecuadas de agua total en 2 litros para mujeres y 2,5 para hombres, mientras que el Instituto de Medicina de Estados Unidos (IOM) eleva esas cifras a 2,7 y 3,7 litros, respectivamente, siempre considerando el conjunto de bebidas y alimentos.
Estudios recientes refuerzan esta visión. Una investigación publicada en Science en 2022, basada en el análisis del recambio hídrico de más de 5.600 personas, mostró una amplia variabilidad individual y situó las necesidades habituales entre 1,5 y 1,8 litros diarios en personas sedentarias y climas templados. Ese mismo año, otro trabajo en Scientific Reports estimó consumos medios de bebida de 1,6 litros para mujeres y 2 litros para hombres, en función de características personales.
La fisiología actual respalda la sed como mecanismo regulador principal de la hidratación. Salvo en colectivos concretos, como personas mayores o deportistas de alto rendimiento, no existe evidencia que justifique forzar la ingesta de líquidos por encima de esa señal.
Aun así, el aumento del consumo de agua puede resultar beneficioso en situaciones específicas, como la prevención de cálculos renales, la reducción de infecciones urinarias o, con resultados variables, el control de la saciedad en procesos de pérdida de peso. En conjunto, la hidratación se define como un proceso dinámico condicionado por la dieta, la actividad física y el entorno.