El manantial que desaparece sin avisar: ¿milagro o maldición en Cantabria?
Cantabria, tierra de leyendas, montañas verdes y paisajes que parecen salidos de un cuento, esconde en su corazón un manantial mágico y misterioso, conocido como La Fuentona de Ruente. Situada en pleno Parque Natural de Saja-Besaya, el mayor en extensión de la región con más de 24.000 hectáreas de naturaleza virgen, esta surgencia de agua es mucho más que un simple capricho geológico: es un símbolo de lo inexplicable, de lo ancestral, y del vínculo profundo entre la tierra y el mito.
Un manantial que aparece y desaparece... al capricho de un hada
La Fuentona no es una fuente común, a pesar de su nombre. Se trata en realidad del nacimiento del río Ruente, un manantial que brota del pie de una pared caliza y que tiene la particularidad única de interrumpir su caudal de forma súbita y esporádica. Lo curioso es que cuando esto ocurre, el cauce queda completamente seco durante minutos u horas, sin previo aviso. Aunque la ciencia ha intentado explicarlo –relacionándolo con bolsas de aire subterráneas o con variaciones meteorológicas que alteran el flujo del acuífero–, la población prefiere creer otra cosa.
Según la mitología cántabra, en el interior de la cueva donde nace el manantial vive una anjana, una de esas hadas bondadosas que protegen a los enamorados, a los viajeros perdidos y a quienes viven con honestidad. Esta criatura, de cabello trenzado y piel luminosa, juega con el agua y decide cuándo ocultarla del mundo. Así, el fluir y desaparecer de la Fuentona se convierte en un acto de voluntad mágica, no de procesos naturales.
Una historia de leyendas y muerte
Algunos eruditos locales y visitantes aventuran que esta fuente podría ser una de las míticas “Fuentes Tamáricas” descritas por Plinio el Viejo en el siglo I, famosas por un presagio oscuro: quien las hallara secas, estaría cerca de la muerte. En Ruente, esta creencia aún resuena en susurros, aunque el fenómeno solo se ha registrado oficialmente una docena de veces en todo el siglo XX. La tradición, sin embargo, habla de estos “vaciamientos” como algo que sucede desde tiempos remotos.
Una utilidad que sigue viva
La magia no está reñida con la funcionalidad. Durante siglos, las aguas de la Fuentona movieron batanes, molinos harineros y hasta una fábrica eléctrica llamada “La Deseada”. Hoy, sigue abasteciendo de agua potable a diversas localidades del valle del Saja. Mientras fluye por el pueblo, el río se desliza bajo un impresionante puente medieval de nueve arcos, acompañado de chopos, alisos y sauces, antes de fundirse con el río Saja.
A su alrededor, un pequeño parque con zona de merendero y sombra natural invita al descanso, al picnic y al recogimiento. Todo ello con el murmullo del agua, cuando decide dejarse ver, como único sonido de fondo.
Ruente, el guardián del manantial
El pueblo de Ruente, que da nombre al manantial, es una villa montañesa con apenas 300 habitantes, organizada en tres barrios: Gismana, Monasterior y Ruente. Su arquitectura tradicional de piedra es un fiel reflejo de la identidad rural de Cantabria. Entre sus calles se alzan la casona barroca de la Nogalera (1786), la Casa de Cos y Terán, y el Palacio de Mier, declarado Bien de Interés Cultural en 1992, mezcla de neoclásico y tradición popular.
En lo alto, la Iglesia de Santa Magdalena, construida sobre un antiguo monasterio, custodia una cruz de madera policromada con escenas de la Pasión, y en sus límites aún se conserva un humilladero medieval, símbolo de protección y recogimiento.
Un puente hacia la historia
El ya mencionado puente de nueve ojos no solo es una imagen de postal, sino que tuvo una función crucial: facilitaba el paso del llamado “Camino Real”, también conocido como la Ruta de los Foramontanos. Este era el trayecto de repoblación tomado por los cántabros hacia Castilla tras la Reconquista, cargado de historia, pasos y esperanzas.
Ruente y su Fuentona no son solo un destino natural: son una puerta a lo mágico, a lo inexplicable y a la historia viva de Cantabria. Visitar este rincón es sumergirse en una leyenda que respira en cada gota de agua, en cada silencio del cauce seco, y en cada mirada hacia la cueva de la anjana. Porque en Cantabria, la naturaleza nunca es solo naturaleza... siempre tiene un alma escondida.

