pueblos de cantabria

El castillo más desconocido de Cantabria está en este municipio de menos de 600 habitantes

Senda fluvial en Herrerías. / A.H.
Entre el río Nansa y la cueva de El Soplao se esconde uno de los municipios con más identidad del occidente cántabro

Situado en el occidente cántabro, al abrigo de los valles del Nansa y a un paso de la frontera con Asturias, el municipio de Herrerías es uno de esos rincones donde la historia, la naturaleza y la tradición se entrelazan con fuerza. Aunque hoy su población apenas supera el medio millar de habitantes, su legado y su entorno lo convierten en un destino repleto de identidad.

Su nombre no es casual. Proviene de las numerosas ferrerías que durante siglos aprovecharon el cauce del río Nansa para mover martillos hidráulicos y forjar hierro. Este pasado industrial ha dejado huella, especialmente en lugares como la ferrería de Cades, hoy rehabilitada como centro de interpretación. Junto a ella, la Panera de Cades, un hórreo tradicional cántabro, sigue esperando su declaración como Bien de Interés Cultural (BIC), protegiendo con su silueta las memorias de un tiempo en que el hierro y la madera eran motores de vida.

El río Nansa, eje vertebrador del municipio, lo atraviesa de sur a norte, regalando paisajes de ribera y cotos de pesca de trucha y salmón. En sus márgenes florecen encinares, bosques mixtos, plantaciones de repoblación y praderías, conformando un entorno natural que forma parte de la Reserva del Saja. En ella se conserva una rica fauna ibérica y un destacado espacio cinegético, el lote de Cuesta el Táladro, que atrae a aficionados a la caza mayor.

Uno de los grandes tesoros subterráneos de Cantabria también nace en este municipio: la cueva de El Soplao, declarada Lugar Natural de Interés Cultural. Aunque la mayoría de su recorrido se extiende bajo Valdáliga y Rionansa, su entrada por Rábago la vincula profundamente a Herrerías. El Soplao, además de sus formaciones geológicas únicas, conserva restos de explotaciones mineras de galena y blenda, que dotan al lugar de una doble lectura: la de la naturaleza caprichosa y la del esfuerzo humano.

El patrimonio monumental de Herrerías se completa con edificaciones como la Torre de Cabanzón, una construcción defensiva medieval de gran robustez, catalogada como Bien de Interés Cultural. A ella se suma el retablo mayor de la iglesia de Bielva, la capital del municipio, y la pequeña necrópolis medieval anexa. En el plano religioso y festivo, los pueblos que integran Herrerías conservan vivas sus celebraciones tradicionales, como la Fiesta del Ramu en Casamaría, San Juan en Cades, San Román en Camijanes o el popular Cristo de los Remedios en Bielva, cada una con sus ritos, procesiones y comidas populares que mantienen el espíritu comunitario del valle.

Desde un punto de vista administrativo, Herrerías forma parte del partido judicial de San Vicente de la Barquera y de la comarca de Saja-Nansa. Su historia se remonta a la Edad Media, cuando muchas de sus localidades eran behetrías —pueblos cuyos vecinos elegían libremente a su señor—, y desde entonces ha tenido una trayectoria marcada por los cambios territoriales y la evolución demográfica. Hoy, su población vive principalmente de la agricultura, ganadería, la industria maderera y el turismo rural, con una distribución bastante equilibrada entre el sector primario, secundario y terciario.

Pero Herrerías no es solo un lugar que mira al pasado. Su localización, su arquitectura tradicional, su riqueza natural y su apuesta por la conservación convierten al municipio en una puerta de entrada al patrimonio paisajístico y cultural del occidente cántabro. Desde sus miradores, como el del Poeta, es posible contemplar la cuenca del Nansa y vislumbrar los ecos de una Cantabria profunda, laboriosa y bella.

Aquí, entre encinas y ferrerías, la historia sigue latiendo. Y aunque sin costa, el agua está en su alma. El río, la cueva, el embalse… Y junto a ellos, pueblos que conservan con orgullo el sabor de lo auténtico. Herrerías, en efecto, es mucho más que un nombre: es memoria forjada en hierro, naturaleza viva y hospitalidad montañesa.