¿Broma o realidad? Estos pueblos cántabros tienen los nombres más insólitos del país
Cantabria, además de su espectacular naturaleza, su costa salvaje y su gastronomía inconfundible, guarda un secreto tan encantador como hilarante: una toponimia que no deja indiferente a nadie. Viajar por esta región puede ser, a veces, un ejercicio de contención de la risa, especialmente si uno se fija en los nombres de sus pueblos, valles, ríos o aldeas. Son nombres que parecen sacados de un cómic de humor, pero que forman parte real del mapa, de la historia y de la identidad cántabra.
Uno de los más comentados, sin duda, es el río Polla, un afluente del Ebro que nace en el puerto de Pozazal. Su nombre ha dado pie a toda clase de comentarios y chistes en redes sociales, pero para los lugareños no es más que otro elemento natural de su tierra. Lo que para muchos es motivo de carcajada, aquí se menciona con total naturalidad, como quien habla del Deva o el Pas. Así es Cantabria: natural, directa y sin filtros.
Y si seguimos por la toponimia provocadora, llegamos a Obeso, una localidad del municipio de Rionansa. El contraste entre el nombre y su apacible vida rural es tan grande que no se puede evitar al menos una sonrisa. Obeso no es más que uno de los muchos ejemplos de pueblos cántabros que, por su nombre, parecen pedir una mención especial.
Pero la lista no se detiene ahí. Cabezón de la Sal, por ejemplo, puede sonar a personaje de novela o a apodo burlón, pero es una de las villas más conocidas y visitadas de Cantabria. También tenemos Ajo, que además de pueblo, es una palabra que despierta comentarios por su doble sentido culinario y olfativo, especialmente después de aquel comentario de Victoria Beckham sobre que "España huele a ajo". ¿Pasó por Cantabria?
En Camaleño, otra de esas joyas escondidas de Liébana, encontramos el pueblo de Llaves. Solo tenía 27 habitantes en 2008, según el INE, pero es uno de esos lugares que no se olvida, aunque sea solo por su curioso nombre.
Y qué decir de Correpoco, un lugar que parece sacado de una historia infantil, donde los vecinos nunca tienen prisa. O de Limpias, que suena más a anuncio de lejía que a pueblo real. Y sí, ambos existen. También existen Barriopalacio, Palacio, Corral, La Cueva, La Rabia, El Bosque, Montehano, Francos, Hermosa, Sobremazas, La Pared, Casavieja, Pilas, Matarrepudio, Sobrepenilla, Rocamundo… la lista es extensa y deliciosa.
Cada uno de estos nombres cuenta una historia, tiene un origen —muchas veces etimológico, otras mitológico, otras absolutamente incierto— y es reflejo de una identidad local que abraza lo suyo con orgullo, incluso cuando lo suyo suena divertido o extraño. Es ese tipo de magia que tiene Cantabria: puede hacer que lo insólito se vuelva entrañable.
Y si crees que esto solo pasa aquí, hay otros lugares en España que también compiten en esta liga toponímica, como Villapene, en Lugo. Pero es en Cantabria donde el fenómeno se vuelve casi norma. Un mapa cántabro es, al mismo tiempo, una guía geográfica y un poema de realismo mágico.
Así que la próxima vez que recorras esta tierra, además de mirar al horizonte para contemplar los Picos de Europa o el Cantábrico bravo, mira las señales de carretera. Tal vez pases por Marrón, Vozpornoche o incluso por Seminario Pontificio (sí, existe, aunque sin habitantes). Y cuando leas esos nombres, sonríe. Porque en Cantabria, hasta la toponimia tiene sentido del humor.