Así es el rincón de Cantabria que acaba de ser reconocido por la UNESCO
Cantabria suma un nuevo tesoro natural y científico a su extenso patrimonio: el Geoparque Costa Quebrada ha sido oficialmente incluido en la Red Mundial de Geoparques de la UNESCO, marcando un antes y un después para la comunidad en su reconocimiento internacional como destino de naturaleza, ciencia, sostenibilidad y turismo responsable.
Esta distinción, otorgada tras una rigurosa evaluación en la 221ª sesión del Consejo Ejecutivo de la UNESCO, sitúa a Costa Quebrada en un selecto grupo de 213 territorios distribuidos por 48 países que combinan valor geológico, conservación del medio ambiente y desarrollo sostenible. Se convierte así en el primer geoparque de Cantabria y en uno de los dieciocho de España que ostentan este reconocimiento.
Un paisaje forjado por el tiempo y el mar
Ubicado en el centro de la costa cántabra, el Geoparque Costa Quebrada se extiende a lo largo de 345 kilómetros cuadrados de territorio entre áreas terrestres y marinas, abarcando ocho municipios: Santander, Santa Cruz de Bezana, Piélagos, Miengo, Suances, Santillana del Mar, Polanco y Camargo. Su historia geológica se remonta a más de 240 millones de años, un recorrido en el tiempo que ha sido esculpido por oscilaciones del nivel del mar, movimientos tectónicos, sedimentaciones y una erosión constante que ha dejado huella en cada acantilado, domo salino, playa fósil o curva de la costa.
Es precisamente esa riqueza y diversidad geológica la que ha convertido a Costa Quebrada en una auténtica joya natural. Su incorporación como geoparque no solo reconoce esta singularidad, sino también la labor de décadas por parte de científicos, divulgadores, instituciones y entidades locales comprometidas con la educación ambiental, la protección del paisaje y el fomento de un turismo respetuoso con el entorno.
Más que un paisaje: una apuesta por la sostenibilidad
El reconocimiento de la UNESCO no es solo simbólico. Como ha destacado la presidenta de Cantabria, María José Sáenz de Buruaga, se trata de un impulso “para catapultar el prestigio de Cantabria como una región con un gran patrimonio natural”. La distinción, subrayó, es un premio al esfuerzo colectivo y a una visión compartida de futuro que pone en el centro la sostenibilidad, la cohesión social y la descentralización de la actividad turística.
Ese modelo se ha basado en la cooperación entre administraciones y sociedad civil, y tiene como principal referente a la Asociación Costa Quebrada, promotora incansable de este proyecto. Su secretaria, Lucía Dirube, ha destacado que este es solo el comienzo de una nueva etapa para seguir trabajando en la calidad de vida de los habitantes, el equilibrio entre conservación y uso público, y la educación de quienes visitan este enclave.
Un legado que se proyecta hacia el futuro
En el fondo de este logro también hay una historia de visión y de constancia. La figura de Jesús Mojas, impulsor de la idea original en los años 60, ha sido recordada por su papel pionero en imaginar lo que hoy es una realidad: que los acantilados de Portio, los estratos de La Arnía o los estuarios del río Pas sean reconocidos en todo el mundo por su valor científico, educativo y turístico.
Este reconocimiento impulsa al geoturismo en Cantabria y convierte a Costa Quebrada en una referencia internacional de cómo es posible proteger el patrimonio geológico sin renunciar al desarrollo local. Además, fortalece la red de espacios protegidos en la región, que ya cuenta con joyas como el Parque Natural de las Dunas de Liencres, las cuevas de El Pendo y Peñajorao, o los espacios marinos de la Red Natura 2000.
Con su nuevo estatus como Geoparque Mundial, Costa Quebrada no es solo un enclave para geólogos o expertos. Es un aula viva al aire libre para escolares, senderistas, familias, fotógrafos, artistas, científicos y viajeros de todo tipo que quieran descubrir cómo se cuenta la historia de la Tierra en las huellas del mar sobre la roca.
En palabras de los promotores, es también una invitación a explorar sin dañar, a aprender sin olvidar y a convivir con un patrimonio natural que no pertenece a una generación, sino a todas.