Este sí es el Racing que mantiene viva la ilusión
Santander volvió a vibrar, a creer, a estallar. El Racing selló su pase al playoff de ascenso a Primera División con una victoria inolvidable ante el Granada (2-1), en un partido que condensó toda la emoción, el sufrimiento y la pasión de una temporada que ha sido una auténtica montaña rusa. Fue un encuentro con tintes de leyenda, con goles, VAR, remontada, un héroe inesperado, y sobre todo, una afición que volvió a dejar claro que El Sardinero no es solo un estadio: es un lugar sagrado.
El partido comenzó con un mazazo. Apenas habían pasado 48 segundos cuando el Granada se adelantó en el marcador, aprovechando un error grosero de Aldasoro que regaló un balón en el área. Rebbach no perdonó y el silencio se apoderó de las gradas. Un silencio de esos que duelen, que recuerdan noches oscuras del pasado. Pero este equipo ya no es el de antes. Este Racing ha crecido, ha madurado, ha aprendido a levantarse.
Y se levantó.
Tan solo diez minutos después, Arana, con la sangre fría de los grandes delanteros, cruzó el balón ante Luca Zidane tras un pase magistral de Andrés Martín. Era el empate, pero era mucho más que un gol: era el síntoma de que el equipo tenía alma, carácter, orgullo. El Sardinero rugió como en las grandes tardes. Y desde ese instante, el Racing fue otro.
El primer tiempo fue de dominio claro para los de José Alberto López. Se sucedieron las ocasiones, los goles anulados, los penaltis reclamados... El VAR fue protagonista, pero también lo fue el juego de un equipo que volvió a parecerse al Racing valiente, ofensivo y dominante del primer tramo de la temporada. Andrés, Íñigo Vicente, Rober González… todos enchufados, con la presión de saber que no había un mañana sin un buen resultado.
La segunda mitad comenzó con un cambio clave: la expulsión de Carlos Neva por cortar una ocasión manifiesta de gol dejó al Granada con uno menos justo antes del descanso, y eso allanó el camino para el Racing. Sin embargo, el gol de la victoria no llegaba. Pasaban los minutos, el Granada resistía con dignidad y el empate seguía siendo insuficiente para garantizar la tranquilidad. El partido se convertía en una partida de ajedrez bajo una tormenta emocional.
Fue entonces cuando entró en escena el héroe inesperado. Marco Sangalli, que apenas llevaba minutos en el campo, cazó un balón suelto en campo propio tras un error de Luca Zidane. No se lo pensó. Desde el centro del campo, lanzó un disparo preciso y certero que se coló en la portería vacía. Minuto 96. Gol de leyenda. Gol de liberación. Gol de playoff.
El Sardinero se vino abajo. Lágrimas. Gritos. Abrazos. Incredulidad. Catarsis.
Este gol no solo sellaba la victoria. Cambiaba el destino. El Racing acababa quinto y se citaba en semifinales con el Real Oviedo. Pero lo más importante no era el rival, ni el resultado. Era la sensación de que el equipo estaba vivo. De que había carácter. De que la ilusión sigue intacta.
José Alberto, que había sido señalado tras la derrota en Elda, respondió con una alineación valiente. Apostó por los suyos: Mantilla, Javi Castro, Meseguer, Aldasoro, Vicente, Arana. Confiar en el grupo dio sus frutos. Porque este equipo, cuando se siente respaldado, responde. Y respondió con juego, con garra, con personalidad. Con fútbol y con lo que hace falta en estas citas: coraje.
El Sardinero estuvo lleno hasta la bandera. Más de 22.000 almas llevaron en volandas al equipo, demostrando una vez más que la afición del Racing es una de las más fieles y apasionadas del país. Gritaron, creyeron, empujaron y celebraron. Porque esta victoria también es suya. Han estado ahí en las duras, y ahora están en las maduras.
Y lo que viene ahora es puro fútbol. Un playoff de ascenso que empieza con ilusión, con el respaldo de una ciudad y con un grupo que, si bien ha mostrado altibajos, llega con una inyección de moral incuestionable. Ya no importa lo que pasó en febrero, ni las dudas de abril. Lo que cuenta es el ahora. Y el ahora es que el Racing está en la pelea. En la lucha. En el sueño.
Este sí es el Racing. El que no se rinde. El que pelea hasta el final. El que vuelve a soñar con ser de Primera.

