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Caos, errores y desorden: el Racing pierde la confianza y revive fantasmas

El empate agónico ante un Eldense sin nada en juego retrata a un equipo que no sabe sentenciar, que no sabe resistir y que vuelve a vivir al borde del abismo
Los jugadores del Racing se acercan a la afición tras el partido. / RRC
Los jugadores del Racing se acercan a la afición tras el partido. / RRC

El Racing ha convertido el “casi” en una maldición. Cuando todo parecía a punto de sellarse, cuando el play-off estaba virtualmente en el bolsillo, el equipo de José Alberto volvió a cometer el pecado que viene arrastrando toda la temporada: no cerrar los partidos. No sentenciar. No imponerse cuando toca. Y ahora, tras el agónico 3-3 ante un Eldense ya descendido, todo se reduce a un último baile en El Sardinero. Una final encubierta contra el Granada por no tirar por la borda el trabajo de una temporada entera.

El déjà vu de una angustia conocida

Como si fuera un guion maldito, la historia del Racing vuelve a repetirse con una fidelidad que roza lo cruel. Hace un año fue Villarreal B. Ahora, Elda. Mismo escenario emocional: la zozobra. Mismo pecado: no saber gestionar la ventaja. Mismo desenlace parcial: jugárselo todo en la jornada 42.

El empate no habría sido del todo dramático en otras circunstancias. Pero lo que descompone al racinguismo no es el resultado en sí. Es la forma. Es haber encajado un gol en el minuto 104. Es haber visto cómo se escapaban dos puntos que aseguraban el billete al play-off. Es tener que esperar a la última jornada para confirmar algo que hace tres meses parecía garantizado.

El caos táctico y emocional

La alineación de José Alberto fue una sacudida al tablero. Entraron Rober González, Sangalli y Meseguer, salieron Vicente, Vencedor y Pablo Rodríguez. Cambios que, más que rotación, parecieron desesperación. Ni el dibujo ni la actitud inicial del equipo acompañaron. El Racing salió encogido, temeroso, sin autoridad. Y lo pagó caro.

El Eldense, que no se jugaba nada más que el honor, encontró en los balones parados su mina de oro. Tres goles. Todos evitables. Todos reflejo de un Racing que ha perdido agresividad, contundencia, intensidad. Si a eso se le suma que Ezkieta volvió a generar dudas por alto, el cóctel fue el de siempre: ventaja regalada y drama asegurado.

Chispazos que no bastan

Aún con todos los errores, el Racing encontró momentos de inspiración. Karrikaburu, con un gran gol, igualó el primer tanto de Dumic. Arana, entrando desde el banquillo, volvió a aportar desmarques, agresividad y un gol que parecía decisivo. Andrés Martín, por fin algo más activo, transformó un penalti provocado por Mario García. Íñigo Vicente, en minutos limitados, volvió a ser el motor creativo del equipo.

Pero el fútbol no vive de chispazos. Vive de constancia, de convicción, de temple. Y al Racing le falta todo eso cuando el contexto se tensa.

Una defensa endeble, un equipo frágil

La defensa volvió a naufragar. Javi Castro acabó jugando con un gorro de piscina tras un choque, Mantilla regaló el córner del empate, Ezkieta transmitió nerviosismo cada vez que salía del área pequeña. Y a eso se sumó una gestión pésima del tiempo añadido. El equipo no supo leer el contexto, no supo amarrar el partido, no supo defender con el balón. Una vez más.

Y es ahí donde los dedos apuntan también al banquillo. Porque el equipo no solo juega con errores individuales. Juega sin jerarquía colectiva. Juega sin plan para resistir. Y eso, en mayo, cuesta partidos. Y ascensos.

El playoff se convierte en un examen final

El Racing aún depende de sí mismo. Le basta con empatar ante el Granada para entrar en el play-off. Pero el problema no es matemático. Es emocional. El equipo está tocado. No está roto, pero sí con la moral baja. Las señales son preocupantes: cinco puntos perdidos en los últimos tres partidos, una sangría en defensa, falta de acierto en los metros finales y decisiones cuestionadas desde el banquillo.

Y lo más alarmante: una sensación persistente de que cuando llega la hora de la verdad, los jugadores no creen del todo. O no pueden. O no quieren. Y eso es lo que más desconcierta a la afición, que ha vuelto a responder —en Elda, en Almería, en Santander— con un compromiso admirable.

La última bala

El Sardinero vivirá una final no anunciada el próximo fin de semana. Ante un Granada que llega lanzado. Y con una grada que no admite dudas, ni pasividad, ni excusas. El Racing no puede salir a especular. Porque salir a empatar es salir a perder. Porque todo lo que no sea competir con alma será traicionar el esfuerzo de toda una temporada.

El equipo lo sabe. José Alberto lo sabe. El racinguismo lo presiente.

Y si no quieren que la historia de Villarreal se repita con otro nombre, si de verdad quieren que el sueño de volver a Primera siga vivo, el domingo toca darlo todo. No solo por un resultado. Por dignidad. Por orgullo. Por no volver a ser el equipo que siempre se queda a medio camino.

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