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El pueblo de menos de 20 habitantes que guarda una de las joyas ocultas de Cantabria

La playa “salvaje”, las dunas únicas y la silueta pétrea de “la ballena” hacen de este rincón un museo natural al aire libre

Vista de la playa de Sonabia. / A.M.
Vista de la playa de Sonabia. / A.M.

Entre acantilados, rías moldeadas por la marea y un monte que guarda secretos mineros y leyendas, Sonabia —una pequeña localidad costera del norte de Cantabria— ofrece una de las postales más singulares del litoral español. Dunas vírgenes, formaciones rocosas con forma de ballena y una colonia de buitres leonados sobrevolando el cielo convierten este enclave en un verdadero mirador natural entre el mar y la montaña.

Un litoral esculpido por la marea

Sonabia se encuentra encajada entre las poblaciones de Oriñón e Islares, en el entorno del monte Candina, a poco más de 40 kilómetros de Santander. A pesar de que aquí viven menos de 20 habitantes, su riqueza geográfica y ecológica es inmensa. La ría del Agüera, que aquí desemboca, divide el paisaje en dos: una playa que cambia de forma con cada marea y un entramado de marismas que cuentan historias de antiguos intercambios comerciales.

Durante la bajamar, el cauce se repliega y deja al descubierto un largo arenal de más de un kilómetro que conecta con la playa de Arenillas, en Islares. En cambio, con la pleamar, el agua regresa con fuerza, recuperando su espacio natural y redibujando el contorno de la costa.

Una playa salvaje entre dunas únicas

En el extremo occidental del pequeño barrio de Sonabia, protegido por la ermita de la Virgen del Refugio, se abre paso un espacio natural poco habitual en esta parte del Cantábrico: una playa naturista, virgen y con un sistema dunar excepcional. Conocida popularmente como "la salvaje", este pequeño tramo de costa —que técnicamente pertenece al municipio de Liendo— alberga distintos tipos de dunas: desde cordones hasta formaciones barjanes, pasando por dunas longitudinales y una duna transversal completamente aislada.

Este fenómeno es el resultado de la particular orografía del monte Candina, que desvía los vientos y crea condiciones idóneas para la acumulación de arena y la proliferación de vegetación adaptada al entorno costero. El resultado: un paisaje que parece haber sido pintado a mano, cambiante, crudo y magnético.

La ballena de piedra y su leyenda

Uno de los puntos más reconocibles del entorno es el conocido como Cabo Cebollero, apodado localmente “la ballena” por su inconfundible silueta pétrea que emerge del mar como si fuera un cetáceo petrificado. Antiguamente, esta lengua de roca era un campo de cultivo de cebollas, de ahí su nombre oficial.

Este cabo tiene su propio mito moderno: en 1997, una ballena real quedó varada en la playa de Oriñón, sellando el simbolismo entre forma y realidad. Hoy en día, acceder hasta su extremo requiere precaución: las mareas pueden cortar el paso y las formaciones rocosas son escarpadas. Pero el esfuerzo se ve recompensado con una de las vistas más asombrosas del Cantábrico oriental.

Los Ojos del Diablo: ventanas naturales al abismo

Quienes se atrevan a ascender por las sendas del monte Candina, encontrarán más que restos de antiguas minas. Aquí se conservan los Arcos de Llanegro, conocidos popularmente como Ojos del Diablo: dos aperturas naturales en la roca caliza que enmarcan el horizonte marino como si fueran ventanas esculpidas por gigantes.

A casi 500 metros de altitud, el Candina es además el hogar de la mayor colonia de buitres leonados de toda la costa cantábrica, y la más cercana al mar de Europa. Estas majestuosas aves, de casi tres metros de envergadura, planean sobre las corrientes térmicas mientras el caminante avanza entre antiguos caminos de carretas, ruinas de explotaciones mineras y vistas que roban el aliento.

Un rincón que guarda el mar y sus secretos

Sonabia es uno de esos lugares donde la naturaleza se muestra sin filtros, donde el paisaje aún no ha sido domesticado por el turismo masivo. Aquí, el mar habla en varias lenguas: en la sal de las olas, en el silencio de las dunas, en el vuelo rasante de los buitres y en los ecos de los mineros que excavaron el monte.

El atardecer es el momento consagrado. Desde lo alto del Candina, los rayos del sol iluminan el monte Buciero y su faro del Caballo, mientras la playa de Oriñón y los acantilados de Liendo se tiñen de cobre y violeta. Un espectáculo para los sentidos que confirma que este rincón de Cantabria no es un simple destino: es una experiencia geológica, histórica y emocional.

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