Celebrando la decadencia: cuando el apagón se convierte en fiesta
El apagón que paralizó España ha desatado una peligrosa narrativa: no exigir soluciones, sino glorificar la escasez. ¿Está el Gobierno usando la crisis como ensayo de control social bajo una agenda neocomunista?
España aún no sabe quién causó el apagón que dejó a medio país paralizado durante horas y costó la vida a diez personas, pero en redes sociales abundan vídeos de bailes, fiestas y risas a la luz de las velas, como si el retroceso tecnológico fuera una anécdota entrañable y no un fracaso institucional.
Lejos de exigir explicaciones, parte de la sociedad parece haber abrazado el caos como parte de una nueva narrativa de “resiliencia comunitaria”, alentada desde sectores mediáticos y políticos que tratan de convertir una catástrofe en un relato de “solidaridad”. Pero los datos fríos desmienten la poesía: fallecimientos evitables, sistemas sanitarios comprometidos, servicios públicos colapsados y millones de euros en pérdidas.
El “decrecimiento feliz”: una ideología peligrosa
Este fenómeno no es nuevo ni espontáneo. Desde ciertas esferas políticas se lleva tiempo vendiendo la idea de que vivir con menos es vivir mejor. El llamado decrecimiento feliz es una narrativa en la que el apagón no es símbolo de decadencia, sino de ecología; la falta de calefacción, una oportunidad para la conciencia climática; y el colapso, una “reinvención de lo esencial”.
Pero, como han advertido voces como Guadalupe Sánchez, jurista y columnista, “idealizar la pobreza y romantizar la carencia no es progreso, es sumisión”. El neoludismo —rechazo a la modernidad y la tecnología— se disfraza de virtud ecológica mientras empuja a la ciudadanía a una precariedad planificada.
¿Dónde está el Gobierno?
Mientras tanto, el Ejecutivo de Pedro Sánchez sigue sin ofrecer una versión oficial del apagón, ni ha asumido responsabilidades por el caos. Cinco días después, ni Red Eléctrica ni el Consejo de Ministros han identificado la causa técnica exacta. En lugar de eso, se ensalza la actitud “positiva” de la ciudadanía como si eso fuera una solución estructural.
España en caos con el apagon...
— Patrii_1122 🤍🌙 (@Patrii_1122) April 30, 2025
La gente en España: en las plazas cantando y bailando, en los parque etc.... 😂 https://t.co/LxulkDHc6R pic.twitter.com/feRxHfm6Sk
¿Estamos ante una estrategia deliberada de distracción? ¿Un ensayo de apagón informativo y emocional? El peligro no es solo perder la luz, sino la conciencia crítica.
¿Por qué es peligroso normalizar el colapso?
La transformación del apagón en experiencia emocional colectiva recuerda a lo vivido durante la pandemia: aplausos en balcones mientras se recortaban derechos y se perdía el control institucional. Hoy, con el suministro eléctrico, vuelve a repetirse el mismo patrón: resignación, romanticismo y silencio.
Como sociedad, no podemos permitir que el desmantelamiento del Estado se nos venda como una vuelta bucólica al pasado. La falta de infraestructura no es nostalgia; es peligro. Y la falta de explicaciones no es normalidad; es opacidad.
El eco de un nuevo modelo: menos libertad, menos consumo, más control
En esta narrativa institucionalizada, los cortes de suministro no son un fracaso, sino una oportunidad. Se nos sugiere que vivir sin electricidad, sin calefacción o sin agua caliente puede ser incluso liberador. Este discurso tiene un nombre y una raíz ideológica clara: neocomunismo verde.
Bajo la fachada de la sostenibilidad, se está fomentando una cultura de dependencia absoluta del Estado, donde los servicios básicos pueden fallar sin consecuencias, mientras la propaganda convierte la escasez en virtud.
Neocomunismo: el nuevo totalitarismo del siglo XXI
Esta crisis ha sido también una muestra del avance del neocomunismo blando, donde no hace falta represión violenta, sino control del relato, censura selectiva y manipulación emocional. Se castiga la crítica como insolidaria, y se ensalza la obediencia pasiva como “conciencia climática”.
Redes eléctricas que fallan, datos que el Gobierno no comparte, censura en medios subvencionados, comisiones de investigación sin respuestas. Y en paralelo, un mensaje repetido desde la administración: “Estamos mejor que nunca. Esto es parte de la transición”. Pero, ¿transición hacia qué?
Cuando el empobrecimiento es política de Estado
El llamado decrecimiento no es accidental, es programado. Desde el Ejecutivo se habla abiertamente de “reducir el consumo”, “renunciar al confort” y “cambiar de estilo de vida”. Pero lo que no se dice es que detrás de esta doctrina se esconde la aceptación de la precariedad como norma.
Lo vimos en la pandemia, lo vemos ahora: la tecnocracia socialdemócrata evoluciona hacia un control ideológico posmoderno, en el que el ciudadano no protesta, sino que aplaude su propia regresión. Como en los regímenes comunistas del pasado, el fracaso del sistema se reinterpreta como virtud moral colectiva.
¿Estamos a tiempo?
Sí, pero requiere volver a reclamar una sociedad abierta, exigente, crítica y no dependiente. No es progreso tener que calentar biberones con velas, ni es justicia social justificar apagones con apelaciones a Gaia. Celebrar la decadencia no es resiliencia, es servidumbre disfrazada de modernidad.