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Venezuela vota sin elegir: Maduro escenifica otra farsa electoral bajo represión y silencio internacional

Venezuela abre las urnas para cerrar el paso a la democracia: nuevo simulacro electoral bajo el régimen de Maduro
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. / EP
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. / EP

Este 25 de mayo de 2025, Venezuela vuelve a celebrar elecciones. O más bien, a escenificar otra farsa electoral bajo el control absoluto del régimen de Nicolás Maduro. En esta ocasión, el Gobierno bolivariano convoca unos comicios regionales y legislativos con el propósito evidente de lavar la imagen internacional del chavismo, mantener su fachada institucional y reforzar un aparato de poder sostenido por la represión y la ilegalidad.

Lejos de tratarse de un proceso genuinamente democrático, la cita con las urnas supone un nuevo intento del régimen por blindar su permanencia en el poder, tras años de persecución política, manipulación institucional y colapso económico.

En juego están 569 cargos públicos: 285 escaños de la Asamblea Nacional, 24 gobernaciones y 260 curules en los parlamentos regionales. Sin embargo, la comunidad internacional, la oposición venezolana y buena parte de la población del país coinciden en que se trata de una maniobra para legitimarse a través de instituciones que ya han sido vaciadas de contenido democrático.

Redadas, exilio y miedo: el verdadero contexto electoral

La jornada electoral se celebra en un clima de intimidación, persecución y exilio forzado. En los días previos a la votación, el régimen ha llevado a cabo una nueva oleada de detenciones contra dirigentes opositores, activistas y periodistas críticos. Uno de los casos más notorios es el de Juan Pablo Guanipa, ex vicepresidente de la Asamblea Nacional y número dos de la Plataforma Unitaria Democrática (PUD), quien fue arrestado en una operación considerada arbitraria por organismos internacionales de derechos humanos.

Asimismo, María Corina Machado, ganadora de las primarias opositoras y símbolo de la resistencia democrática, permanece en la clandestinidad. Sabe que su captura por parte del SEBIN —el temido servicio de inteligencia del régimen— es solo cuestión de tiempo si se deja ver en público. El presidente legítimamente electo, Edmundo González Urrutia, sigue exiliado en Madrid tras haber sido impedido de asumir el cargo para el que fue elegido el 28 de julio de 2024 en unas elecciones reconocidas por diversos actores internacionales, pero desconocidas por el chavismo.

La resistencia del dictador y la impotencia internacional

Nicolás Maduro, en el poder desde 2013 tras la muerte de Hugo Chávez, ha sobrevivido a todo: crisis humanitarias, hiperinflación, escándalos de corrupción, sanciones internacionales, aislamiento diplomático, denuncias por crímenes de lesa humanidad y un éxodo masivo que ya supera los 7,5 millones de personas según cifras de ACNUR. Su permanencia en el poder ha desafiado incluso a quienes fueron sus aliados ideológicos en el continente.

Líderes como Lula da Silva, Gustavo Petro o Gabriel Boric, todos ellos próximos en algún momento al proyecto bolivariano, han pedido sin éxito que el régimen reconozca la victoria opositora del año pasado. Pero Maduro se aferra a su manual de supervivencia, basado en el control total del aparato estatal, la represión organizada, la cooptación institucional y el miedo.

Estados Unidos: entre Chevron y los principios

La posición de Estados Unidos también refleja tensiones internas. Mientras el Departamento de Estado, bajo la voz de Marco Rubio —secretario de Estado y firme crítico del régimen— condena la represión y se reúne con opositores refugiados, otros actores dentro de la administración Trump han enviado mensajes confusos. Richard Grenell, negociador con Caracas, anunció recientemente un posible acuerdo para que Chevron continúe operando en Venezuela, lo que generó críticas por lo que algunos interpretan como una concesión económica a una dictadura sin reformas ni garantías.

Rubio ha intentado corregir el rumbo y ha mostrado su respaldo al exilio venezolano. Esta misma semana recibió a cinco opositores que estuvieron más de un año refugiados en la embajada de Argentina en Caracas, destacando su "valentía frente a la implacable represión y tiranía de Maduro".

Votos bajo vigilancia y urnas sin legitimidad

El régimen no escatima en medidas para garantizar su "triunfo". Más de 412.000 efectivos de las fuerzas de seguridad han sido desplegados en todo el país, según cifras del propio Ministerio del Interior. Se han cerrado los vuelos procedentes de Colombia y se han lanzado advertencias públicas de "atentados terroristas" y "saboteos al sistema eléctrico", en una retórica que busca justificar la militarización del proceso electoral y amedrentar a la población.

Mientras tanto, los venezolanos enfrentan la jornada con resignación. Muchos dudan de la utilidad de acudir a las urnas. La participación será, previsiblemente, baja. No hay ilusión. No hay confianza. Solo la certeza de que el resultado ya está escrito.

Un país sin salida a la vista

Con una oposición fragmentada y en el exilio, con una comunidad internacional que oscila entre la condena retórica y la realpolitik, y con una población devastada por la pobreza, la inseguridad y el hambre, Venezuela vuelve a celebrar unas elecciones que no cambiarán nada. Un ritual vacío, sin credibilidad, en el que los únicos vencedores vuelven a ser los que controlan las armas, los tribunales y los medios de comunicación.

Maduro consolida una vez más su dominio autoritario a través de un sistema electoral controlado, y el país se hunde un poco más en la anomia institucional y la desesperanza colectiva. La democracia, por ahora, sigue siendo un proyecto secuestrado.

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