el agujero del comunismo

El Helicoide.«Lo peor es ver a tus compañeros torturados y no poder hacer nada»

Esta cárcel de tortura estuvo abandonado durante décadas, hasta que en 1984 comenzó a ser utilizado como sede de varias instituciones de los sucesivos ejecutivos. 

Torturas y hacinamiento: el Helicoide, la cárcel de Venezuela ideada como centro comercial.
Torturas y hacinamiento: el Helicoide, la cárcel de Venezuela ideada como centro comercial.

No hay nadie en Caracas, y por extensión Venezuela, que no conozca el Helicoide. Todo el mundo ha oído hablar de él y de lo que sucede dentro de sus muros. Es el mayor centro de torturas y la peor prisión del país, por donde han pasado numerosos reos políticos encarcelados por el régimen chavista de Nicolás Maduro, algunos de los cuales nunca han salido con vida de allí.

Human Rights Watch, Foro Penal y otras ONG han documentado episodios de tortura, descargas eléctricas, violencia sexual, asfixia con bolsas, palizas y confinamientos. Pero en su origen, no fue concebido para el uso que desempeña. El Helicoide fue diseñado en la década de 1950 como un moderno centro comercial con forma helicoidal. Se erigió en tiempos de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez como una construcción modernista con el objetivo de prestar un lugar de ocio a los habitantes de la capital. Nunca se terminó y nunca tuvo ese uso.

El Helicoide estuvo abandonado durante décadas, hasta que en 1984 comenzó a ser utilizado como sede de varias instituciones de los sucesivos ejecutivos. Fue en aquellos años en los que Miguel Rodríguez Torres dirigía los organismos de seguridad cuando se creó el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), en 2010, y se le adjudicó este edificio como sede administrativa. Gobernaba Hugo Chávez, que usó el centro como una prisión contra la disidencia.

Tras la muerte del comandante Chávez, Nicolás Maduro lo convirtió en 2014 en un centro de torturas institucionalizado, un espacio en el que los disidentes son trasladados y encerrados durante semanas o meses sin poder ver a sus familiares y sin contacto con el exterior.

Pasó de ser un depósito de archivos a un centro de detención política, en el que opositores, periodistas, defensores de derechos humanos y manifestantes son recluidos sin debido proceso. Este edificio, con sus rampas helicoidales y sótanos improvisados, facilita el aislamiento y el control total sobre los reclusos.

Dentro del Helicoide, como documenta la misión de la ONU y recoge el medio venezolano El Estímulo, los detenidos son confinados en celdas colectivas o individuales de dimensiones mínimas, con frecuencia menos de dos metros cuadrados por persona, sin ventilación adecuada, iluminación natural o acceso a saneamiento básico. La reclusión allí, en sí misma, constituye un maltrato.

El informe de 2023 describe celdas húmedas y fétidas, infestadas de roedores e insectos, donde el agua potable es un lujo racionado y las comidas consisten en porciones insuficientes de arroz y lentejas, contaminadas por la falta de higiene. Durante semanas o meses, los reclusos quedan incomunicados, sin visitas familiares ni acceso a abogados, lo que agrava el deterioro mental.

Allí se han documentado prácticas medievales de tortura: golpes con objetos que causan hemorragias y cicatrices para toda la vida, picanas eléctricas aplicadas en genitales y encías, simulacros de ahogamiento con bolsas plásticas o agua, y «el helicóptero», que consiste en la suspensión forzada de extremidades que disloca hombros y rodillas.

Víctor Navarro (1998), periodista venezolano que tuvo que salir de Venezuela por obligación, relató a THE OBJECTIVE en 2023 cómo fue su paso por el Helicoide, donde estuvo encarcelado cinco meses. Le colocaron una pistola cargada en la boca cuando solo tenía 22 años y fue presionado para delatar a compañeros disidentes. Se negó. El agente le exigió que se disculpara por haberle enfadado al no colaborar. Víctor lo hizo entre lágrimas.

Víctor recuerda que no hacía falta estar metido en política para ser enviado al Helicoide. Cuando lo detuvieron, era un joven periodista y educador social. A las 4:30 de la madrugada, le obligaron a salir de la cama y le empujaron hasta la prisión, donde pasó cinco meses sin ver el sol.

La celda en la que fue encerrado tenía unos 15 o 20 metros de largo por menos de siete de ancho. Recuerda haber convivido con 16 personas al mismo tiempo, aunque algunos le aseguraron que habían llegado a ser 35, todos hacinados.

Los presos no tenían agua para ducharse. Solo podían asearse con la poca que quedaba en la cisterna del retrete, que acumulaban en botellas. Al olor corporal había que sumar el de las heces, depositadas en envases de comida, envueltos en bolsas de plástico para contener el hedor.

A veces, ante lo nauseabundo del olor, uno de los presos se subía a hombros de otro y quemaba papel en una lámpara para intentar cubrirlo. No siempre funcionaba.

«Lo peor no son los golpes –relataba–: lo peor es ver a tus compañeros torturados y no poder hacer nada».

 

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