Cuba, la entropía de una utopía a oscuras
Miren fijamente la fotografía que ilustra esta página. No es un error de imprenta. No es un fallo en el fotomecánico ni un negativo mal revelado en los sótanos de la redacción. Lo que tienen ante sus ojos es una captura satelital de la cuenca del Caribe a medianoche. Donde debería vibrar el arco luminoso de una de las joyas continentales, solo hay un vacío absoluto, una mancha de alquitrán devorada por el océano.
Eso es Cuba hoy: la geografía del silencio; el mapa de la nada.
Para un astrofísico, el universo se rige por la implacable Segunda Ley de la Termodinámica: todo sistema cerrado tiende inevitablemente al caos, a la pérdida de energía, a la muerte térmica. El comunismo real, ese gigantesco experimento de laboratorio social que congeló el tiempo en esta isla caribeña, ha alcanzado finalmente su punto de máxima entropía. No es una crisis coyuntural, es el colapso sistémico de una maquinaria que solo supo producir burocracia, vigilancia y propaganda. El comunismo no evoluciona; el comunismo se apaga. Su estación de destino siempre fue esta: la miseria pura.
La física del colapso: De la utopía al desguace
La isla pervive en la penumbra. Las imágenes de los satélites meteorológicos se limitan a mostrar una negritud densa donde antaño titilaban las bombillas de los barrios habaneros, los neones pálidos de los hoteles estatales y la actividad de un pueblo condenado a la supervivencia. Hoy, los apagones ya no se miden en horas, sino en días enteros que arrastran consigo el agua potable, la refrigeración de los pocos alimentos disponibles y la paciencia de una ciudadanía exhausta.
El colapso es total y sus vectores avanzan sin freno:
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Combustible a precio de oro: Con los subsidios extranjeros evaporados en el sumidero de la historia, los precios de los carburantes se han disparado a niveles astronómicos. Conseguir un galón de gasolina requiere un milagro o una fortuna en el mercado negro.
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Alerta sanitaria internacional: La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya ha encendido las alarmas ante la precariedad de unos hospitales donde los cirujanos operan bajo la luz de teléfonos móviles y las plantas de generación eléctrica fallan por falta de mantenimiento. La "potencia médica" se desangra sin gasas, sin antibióticos y sin corriente.
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Tensión en el asfalto: La noche cubana ya no es alegre ni musical; es un polvorín. El descontento civil crece en la misma proporción en que bajan los voltajes. El rumor de las cacerolas y el grito ahogado de libertad rompen el toque de queda invisible del miedo.
"Hijo, aquí la oscuridad no es solo la falta de luz en la bombilla; es que no ves el futuro ni a un palmo de tus ojos", me confesaba ayer un anciano en el Malecón, barriendo con la mirada un horizonte sin faros.
El coste humano: El átomo familiar fracturado
Como cronista, uno aprende que la peor destrucción no es la de las plantas termoeléctricas obsoletas, sino la de la estructura misma de la sociedad. El verdadero crimen de la dictadura no se mide en megavatios, se mide en almas.
Durante seis décadas, la diáspora ha sido la única válvula de escape de un régimen asfixiante. Miles de familias han quedado fracturadas, con sus miembros esparcidos por el mundo como fragmentos de una supernova que estalló hace tiempo. Madres que despiden a sus hijos en balsas de fortuna; hermanos que no volverán a cruzarse; una sangría demográfica constante que ha envejecido el país y lo ha vaciado de talento, de juventud y de esperanza. Cada exiliado es una línea de luz que se apaga en la isla y se enciende en otra parte.
La física nos enseña que la luz tarda miles de años en escapar del núcleo de una estrella para llegar a nuestros ojos. La luz de la libertad cubana lleva el mismo tiempo intentando romper la densa capa de plomo de un sistema autoritario que prometió el paraíso y solo ha entregado un apagón generalizado.
Cuba se hunde en la noche, observe la foto de nuevo. Así termina el sueño de la razón de los planificadores centrales: en una oscuridad cósmica donde solo queda el eco de un pueblo que se resiste a desaparecer.