Trump impone la fuerza que el mundo no se atreve
La cuenta atrás del ególatra presidente de Estados Unidos antes de “destruir la civilización de Irán” ha mantenido al mundo al borde del abismo. Se llegó a especular con el uso de armas nucleares para una operación de aniquilación sin precedentes. Finalmente, la mediación de China y Pakistán ha propiciado un acuerdo que, aunque conveniente para todos, nace marcado por una fragilidad extrema que podría romperse en cuestión de semanas, especialmente si Donald Trump percibe que su base de apoyo MAGA comienza a resquebrajarse.
Son sus intereses personales, y solo ellos, los que parecen marcar el rumbo de una guerra ilegal donde, como siempre, mueren los inocentes. El desatino de este segundo mandato obligaría a una profunda reflexión sobre la capacidad real de las democracias occidentales para frenar los desvaríos de los nuevos caudillos del siglo XXI. Las elecciones legislativas de medio mandato en Estados Unidos no bastan para destituir a un líder megalómano y errático.
Mientras tanto, la Unión Europea, la OTAN y otros organismos internacionales observan con un silencio vergonzoso sus amenazas, insultos y mentiras. La posible salida de Viktor Orbán del poder en Hungría podría abrir la puerta a una mayor cohesión europea, imprescindible para dejar de mirar con estupor y miedo al antiguo aliado estadounidense. Europa necesita rearmarse, moral y militarmente, sin olvidar que Putin continúa, con discreción y brutalidad, su guerra contra Ucrania.
En este contexto global tan inestable, resulta llamativo que la política española esté atrapada en un lodazal de escándalos de corrupción. Sin restar gravedad a ver a dos exministros en el banquillo, a las polémicas en torno a José Luis Ábalos o a las investigaciones sobre la financiación irregular del PP, todos estos asuntos están ya en manos de la Justicia.
Por ello, en lugar de lanzarse reproches y fango, los dos grandes partidos llamados a gobernar deberían alcanzar acuerdos en política exterior y seguridad. El riesgo de una escalada global exige altura de miras, unidad y responsabilidad de Estado.
Porque cuando el mundo se acerca al precipicio, el sectarismo político deja de ser una estrategia para convertirse en una irresponsabilidad histórica.