El desprecio de Rosalia que se normaliza

El desprecio de Rosalia que se normaliza
El desprecio de Rosalia que se normaliza

En tiempos donde la imagen lo es todo, resulta paradójico que quienes viven de ella desprecien a quienes la hacen posible. Lo ocurrido recientemente con Rosalía y los fotoperiodistas durante su paso por España no es un episodio aislado ni una simple anécdota de gira: es el síntoma de un problema estructural en la industria cultural.

Exigir a profesionales con décadas de experiencia que presenten un “book” previo para decidir si son dignos de cubrir un evento no es, en sí mismo, el problema. La selección forma parte de cualquier proceso profesional. El problema surge cuando esa exigencia se convierte en un filtro arbitrario, opaco y humillante. Cuando nombres con trayectorias consolidadas son descartados sin criterio aparente, lo que queda al descubierto no es un estándar de calidad, sino una lógica de favoritismos.

El fotoperiodista no es un mero espectador privilegiado ni un invitado incómodo. Es un intermediario esencial entre el hecho y la sociedad. Su trabajo construye memoria, relato y contexto. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia se le relega a una posición secundaria, casi prescindible, como si la narrativa visual pudiera improvisarse o, peor aún, controlarse desde los departamentos de comunicación de los artistas.

Lo más preocupante no es la decisión en sí —al fin y al cabo, cada artista tiene derecho a gestionar su evento como considere—, sino la forma. Obligar a profesionales a invertir tiempo y esfuerzo en preparar material que, según se sabía de antemano, probablemente no sería considerado, no es solo una falta de respeto: es un ejercicio de poder innecesario. Confirmar o denegar acreditaciones a última hora no es logística; es desprecio.

Este tipo de prácticas no surgen en el vacío. Se alimentan de una cultura que ha ido desplazando el valor del periodismo en favor del control absoluto de la imagen. En la era de las redes sociales, donde los artistas pueden comunicarse directamente con su público, el papel del periodista —y especialmente del fotoperiodista— parece diluirse. Pero esa aparente irrelevancia es engañosa. Sin mirada crítica, sin diversidad de enfoques, lo que queda es propaganda.

Aceptar estas dinámicas sin cuestionarlas es abrir la puerta a un modelo donde la información se somete al capricho del poder, ya sea político, económico o cultural. Y en ese escenario, los primeros en caer son siempre los más vulnerables: los profesionales independientes, los que no pertenecen al círculo de confianza, los que aún creen que su trabajo tiene una función pública.

No se trata de demonizar a una artista ni de convertir un caso concreto en una caza de brujas. Se trata de señalar una tendencia peligrosa. Hoy son los fotoperiodistas; mañana puede ser cualquier otro eslabón de la cadena informativa. La dignidad profesional no debería ser negociable ni depender del humor de quien ostenta el foco.

Porque cuando se normaliza el desprecio, lo que realmente se degrada no es solo una profesión, sino el derecho de todos a una información libre, plural y honesta.

 

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